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A solas en el sex shop

VibradorIpodA solas en el sex shop. Yo seguía mirando a mi alrededor, cuando vi movimiento tras el mostrador. Me acerqué. El mostrador era tan alto que desde fuera no se podía ver que había alguien sentado al otro lado. Privacidad para los clientes, y privacidad para el empleado. Un chico moreno con el pelo corto estaba completamente concentrado con la pantalla del ordenador, donde dos rubias con las tetas operadas se comían la boca en una piscina. El chico tenía los auriculares puestos. “Para escuchar mejor el diálogo”, pensé.

Se sobresaltó al verme. Se llevó un susto de muerte. No creo que tenga mucha clientela, pero seguro que no entran muchas chicas. Y menos todavía mujeres de mi edad. Él también se puso rojo, quizás por ser descubierto mirando porno en horas de trabajo. Pero es normal, es como si el frutero se come una manzana a la merienda. Se quitó los cascos como un rayo, y minimizó el porno en la pantalla.

-       Perdone… ¿puedo ayudarla?

Me quedé un poco atontada. Por un lado, me molestó que me tratara de usted. Ni que tuviera la edad de su madre… Y por otro, no sabía si podía ayudarme. Recordé que estaba en un sex shop, rodeada de pornografía y títulos donde las palabras “polla” y “putas” eran de lo más suave, a punto de hablar con un dependiente que casi tenía edad para ser alumno mío. Pero me sorprendió que el chico parecía muy educado, y me trató de usted. Estúpidamente, yo esperaba que me atendiesen a base de insultos, o ver a alguien con cara de enfermo sexual. Pero el chico tenía pinta de ser muy agradable, y bastante tímido. Y desde luego, muy educado. No tenía la polla en la mano, pese a estar viendo porno, lo cual también me llamó la atención.

-       Pues no lo se… – bajé la voz en tono de confidencia – ¿tienes vibradores?

-       Ah… – puso cara de “ah, claro, vibradores… ahora me lo explico” – Sí, en el piso de arriba.

“El piso de arriba” sonaba a que el último vibrador se lo habían vendido a Escarlata O’Hara. Se levantó, y le seguí. Comprobé que había otro cliente más, mirando porno al fondo de la tienda, viendo una caja donde me pareció ver una fotografía de un caballo. No quise saber más, y subí la escalera detrás del dependiente. Fue muy caballeroso pasando delante: los verdaderos caballeros pasan delante, porque los que sólo fingen ser caballeros dejan a la mujer delante para mirarle el culo.

Arriba, había de todo. Muñecas hinchables bastante feas, algunos juguetes más cómicos que eróticos, y cuatro puertas, tres de ellas cerradas. Pensé, tonta de mi, que eran cuartos de baño. Pero nadie tiene cuatro retretes, y luego me di cuenta de que debían ser para ver películas dentro. Novata…

-       ¿Qué tipo de consolador estaba buscando?

-       La verdad, no lo sé. Soy nueva. – puse una de mis sonrisas encantadoras, y el chico también sonrió.

-       Yo también soy nuevo… Quiero decir, que nunca he vendido un consolador a una chica – el también sonrió. Me gustó, porque cuando pasas de los treinta te encanta que te llamen “chica”, y no “mujer” o “señora”.

-       Ah, claro. ¿Llevas poco trabajando en la tienda? – yo lo tuteaba.

-       Dos años – se me quedó mirando.

-       Ah… Entonces es que entran pocas mujeres.

-       Es usted la primera que he visto. Y no creo que el dueño haya visto muchas más. – se le fueron los ojos un poco hacia mi escote, pero se rehizo con rapidez – Bueno… esto es lo que tenemos.

Nos paramos delante de una estantería llena de falos plastificados y estuchados. Había un par fuera de las cajas, uno con aspecto muy realista. Se me fue la mano y lo cogí. Con la mano derecha, la mano en que llevo el anillo de casada. El chico se fijó en ese detalle. Estaba tan sorprendido que ya no se fijaba en mi escote. Seguramente pensaba en una cámara oculta o una broma de su jefe.

Con aquella polla de látex en la mano, y el chico mirándome, la excitación que me había producido el encuentro con mi vecino volvió. Me di cuenta de que la situación era muy extraña, morbosa, y bien pensado, era bastante caliente. Era obvio que al chico le daba morbo vender un vibrador a una rubia casada de buen ver. Se lo iba a contar a todos sus amigos: “ayer entró en la tienda una rubia con unas tetas…”. Mi vena juguetona se despertó.

-       A lo mejor es una pregunta tonta pero… ¿se pueden chupar? – le pregunté, agitando el vibrador.

-       ¿Ahora? – abrió los ojos como platos.

-       ¡No hombre!, me refiero a si se pueden meter en la boca sin peligro. Si la pintura es venenosa, o algo así. Como los juguetes de los niños, que algunos llevan pinturas tóxicas…

-       Ah, vale… – respiró, aliviado – Si, son totalmente seguros. – respondió, pensando que aquel pito de látex no parecía un juguete.

-       Bien… Es que estoy pensando en comprarme dos. Uno que vibre, y otro como este, con forma de polla, para metérmelo en la boca y chuparlo mientras me masturbo con el vibrador.

Supongo que fue demasiado. Una rubia treintañera y pija, con minifalda y escote, explicando que piensa meterse un consolador en la boca mientras se masturba, es mucho para cualquiera. El chico no podía estar más rojo, y yo no podía estar más cachonda.

-       Es que me gusta chupar mientras me corro…

Esa frase la dejé en el aire, con cara de total inocencia. Como si estuviese diciendo que me encanta la tarta de fresas, “anda mamá, déjame otro trocito”. El chico tardó unos cuantos segundos en decir algo. No creo que estuviese pensando qué decir: creo que no estaba pensando en nada.

-       Ah… claro…

-       Sí – sonriente, segura, y muy descarada – de soltera me chiflaban los tríos, pero desde que me casé… bueno, mi marido es muy clásico.

Yo mantenía la normalidad de la conversación, como si no fuese nada. El dependiente trataba de recuperar la normalidad, o algo parecido, pero se daba cuenta de que yo se lo ponía muy difícil con mi conversación, y además seguía teniendo la polla de goma en la mano. Trató de fingir, también él, que la conversación era totalmente normal. El frutero y la clienta hablan de peras y manzanas, pues el sex-shoper y la clienta hablan de orgasmos y tríos. Y ese intento de normalidad fue su error, porque se puso a tiro para enredarlo más en mi juego. Y yo estaba juguetona.

-       Vaya, pues que pena, ¿no? – preguntó, como si yo le estuviera hablando de que mi marido roncaba, en vez de decirle que a mi marido no le apetecía que me follasen otros.

-       ¡Buf! Imagínate… ¿Tú has hecho tríos? – como quien pregunta si tienes mascota.

-       Nooooo, que vaaaa – “qué más quisiera yo”, se leía en sus ojillos vidriosos.

-       Pues no sabes lo que te pierdes. Yo estaba enganchadísima. Hasta la boda, claro – “claro, claro, faltaría más”, él ponía cara de circunstancias – Y la verdad es que lo echo mucho en falta. No hay nada como tener dos pollas para ti, chupar como una loca…

Notaba que el chaval se estaba haciendo una composición mental, conmigo como protagonista. Le estaba dando tema para su próximo millar de pajas. Sus ojos estaban perdidos, imaginándome desnuda y con dos tíos. Se sinceró. Entró al trapo.

-       Pues a mi me encantaría – dijo, tajantemente.

-       Tienes que probarlo, sí.

-       No, no… Digo… Bueno, que si tuviera una novia que le gustaran los tríos, yo estaría encantado de la vida. – “y si fuera como tu…”, se le notaban las ideas.

-       Eso dicen todos, pero luego los hombres os volvéis muy posesivos. – le sonreí, muy coqueta – O más bien, yo creo que tú piensas en un trío con dos chicas. Como la película que estabas viendo. ¿No?

-       ¡Buenóooo! Eso ya sería la hostia – confesaba, con cara de “si hago eso puedo morir en paz”.

-       Es muy caliente. A mi me encantaba compartir a un chico…

-       ¿Pero también hacías tríos con otras chicas? – me interrumpió, cada vez más interesado en mí.

-       Si, claro. Pero es más fácil encontrar dos tipos con ganas de echarte un polvo, que una chica que te de morbo hacértelo con ella y compartir a un hombre. Aunque… – pausa dramática antes de soltar la bomba – tengo que decir que nunca he gemido tanto como cuando me lo ha comido otra mujer… ¡Y mira que yo grito mucho cuando me corro!

-       ¿Sí?

-       Uf… ¡te lo juro! Grito como una loca. Sobre todo cuando me follan a cuatro patas. Normalmente en esa posición, me tienes que tapar la boca, porque sino se entera media ciudad.

-       Bufff… – resoplando, tragó saliva, como reconocimiento de que se empezaba a poner muy caliente con la conversación – A mi me encantan las tías que gritan mucho.

-       ¿Ah, sí? –sonrisa amable y natural – Pues chico, si me oyes te encantaría. Por eso tengo que llevar dos vibradores. Si tengo una polla en la boca mientras me corro, hago menos ruido, ¿sabes?

Me reí bastante de mi propia barbaridad, pero el chico ya estaba lívido. No le corría la sangre. Pensé que ya era suficiente de hacerlo sufrir. Cogí un par de vibradores, empaquetados. Me llevé uno finito, de color rosa metalizado, y otro con forma de polla, de buen tamaño. Me despedí del dependiente con una sonrisa. Estaba segura de lo que pasaría en cuanto salí de la tienda: el chico iba a dar buen uso de una de las cabinas del piso de arriba, pensando en mí. Todavía me sorprende que no se olvidase de cobrarme. Un buen empleado.

Tengo que reconocer que después de la visita al sex shop, gasté la pila del vibrador pensando en el coqueteo con el dependiente, en cómo lo había puesto a tono con mi conversación un poco descarada. Porque, la verdad, no fui demasiado atrevida. Podría haber sido mucho peor. Los días siguientes, cada vez que había intimidad en casa, encendía el vibrador, me tumbaba, y recordaba la conversación, la mirada nerviosa del chico en mis pechos, los ojos como platos en mi mano con la polla de látex, los suspiros cuando me imaginaba con dos hombres a la vez. Y también imaginaba que, mientras coqueteaba con él, mi vecino Paco estaba delante, con un DVD porno en la mano, oyéndome decir todas esas cosas descaradas, calentándose también. Y también imaginaba una conversación aún más subida de tono, más caliente y evidente.

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