Me gusta mi cuerpo. Bueno, la verdad es que me encanta mi cuerpo. No creo que sea malo, ni que deba ser una estúpida sólo porque tengo un buen cuerpo y me gusta. Ya soy tonta por ser rubia, o eso dicen. Así que no puedo ser dos veces tonta. De niña llamaba la atención porque era rubia, tenía los ojos claros y tenía pecas. Me llamaban “la alemana”, la “rusa”, “la sueca”… Aprendían geografía para ponerme los motes. Cuando era una chavalita, llamaba la atención además porque era más alta que las demás. Estaba acostumbrada a llamar la atención.
Y entonces, me crecieron los pechos. No crecieron de golpe, pero con doce años yo tenía pechos, cuando la mayoría de mis amigas y no tan amigas no tenían nada. Ahí empezó la envidia. Por ser alta no me envidiaban. Tampoco por ser pecosa. Ni siquiera por ser rubia, porque las mujeres no empezamos a querer un color de pelo diferente al nuestro hasta la adolescencia. Pero si me envidiaron por tener tetas. Y encima era alta, así que mis nuevos pechos quedaban a la altura de la cara de las otras chicas. Y también de los chicos, claro. Tardaron poco en darse cuenta. Pocos sabían que mi nombre es Julia, pero todo el mundo en el colegio sabía quien era “la niña rubia de las tetas”.
Al principio las odiaba. Hablo de mis tetas. Mis amigas no me creían, porque también querían tenerlas. Pero yo no. No llegaba con las molestias del desarrollo, ese dolorcillo molesto que los hombres nunca han conocido. Ellos solo ven la cara positiva de los pechos, porque ellos no tienen que aguantar las molestias cuando crecen. Pero además de las incomodidades, la cosa se ponía seria por las envidias. “Envidia de pechos”. Dejé de tener amigas, y empezó a ser difícil tener amigos, porque yo ya no era una persona: era “la de las tetas”. Los chicos no me dirigían más de una sílaba: “ummmmm” y “buuuuufff” eran las más habituales. Si me decían más de eso, sus amiguetes empezaban a reírse por lo bajo.