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Mamá en la ducha

A veces el cuerpo pide una ducha, porque es un pretexto para disfrutarse.

Obviamente, no hablo de sólo higiene. Pero tampoco estoy hablando de sexo o masturbación. Sólo del puro placer que una mujer y su cuerpo sienten cuando se regalan una ducha con tiempo, sin relojes, teléfonos ni apuros. Sin salidas del colegio ni extraescolares, simplemente el agua, los jabones, la espuma y el cuerpo.

Tengo al menos una hora y media.

Me descalzo los tacones de la calle. La primera sensación primaria son las plantas descalzas y cálidas contra la madera del suelo tibia. Me encanta estar descalza y la sensación de libertad que te ofrece. Después el cinturón y los vaqueros, que se quedan en el cesto de la colada. En braguitas y camisa preparo el ritual. Hay tantos tipos de mujeres como cantidad de toallas usamos para la ducha. Yo soy del raro club de las Tres Toallas, por costumbre familiar: cuerpo, pelo y piernas. Suavizante, cremas, champú y jabones, como el recetario de una brujita hermosa.

Como esta ducha la voy a escribir para vosotros… me permito el gesto de dejar la camisa en el suelo de la habitación después de desabrocharla. Es un gesto para la galería. Normalmente esa camisa se iría al cesto, con los vaqueros, pero esta ducha os la dedico y brindo con mi camisa en el suelo. Las braguitas y el sujetador, sobre la cama, como señal de Mujer Duchándose en el código internacional de Señales Textiles. Desnuda, pero con las joyas, camino hacia el baño.

La joyería se queda en una bandeja, en la pila del baño. También un leve aire de sombra de ojos y un suave lápiz de labios se quedan frente al espejo, antes de entrar en la ducha. Un gesto especialmente erótico, morbo doméstico, es el paso de piernas, cuando estando totalmente desnuda pasas sobre el borde de la bañera para entrar bajo el agua. Mi marido lo hace todo a lo grande y, por eso, tenemos una bañera enorme y un teléfono de ducha de tamaño cabina. No criticaré su gusto por el lujo en este caso, porque la sensación de ducharse bajo una enorme cascada de agua cálida es maravillosa, aunque los lectores ecologistas torcerán el gesto al leer esto.

Primer contacto con el agua caliente. Escalofríos dulces, el agua resbala por la piel, se cuela entre los pechos, baja por el ombligo, barre suavemente la espalda y se vierte entre las nalgas y las piernas. Cara hacia arriba, boca abierta, manos echando hacia atrás el pelo… el ritual universal. Todas las mujeres empezamos así la ducha, aunque no es necesario. Y es por culpa del cine, porque todas nos sentimos Janet Leigh en la ducha, aunque afortunadamente Norman Bates no suele aparecer tras la cortina.

La silueta erótica que se pinta en más ocasiones de una ducha femenina es la del cuidado capilar. No creo que a los hombres les interesen mucho las puntas abiertas, pero les seduce en lo más profundo el perfil de una mujer con sus dos manos en la cabeza. Por suerte para ellos, los jabones y cremas capilares son la parte más metódica de la ducha. Si os asomáis a la ducha de cualquier chica, seguramente la cogeréis enjabonando el pelo. Cuando me enjabono la cabeza cierro el flujo de agua. Como la bañera es muy grande, tiene una mampara baja de forma que durante toda la ducha me veo reflejada en el gran espejo del baño. Desnuda, con las manos en la cabeza. Indudablemente, una posición sugerente, que dura unos cuantos minutos y se repite, en mi caso, cuatro veces. Los dedos acarician la cabeza, a veces también la nuca, y el vapor relaja los músculos, dejándote en un dulce estado de embriaguez no alcohólica.

Terminado el pelo, sigue el cuerpo. Cuello, con las dos manos, y resbalando hacia los pechos. No puedo evitar una sonrisa pensando en explicaros cómo me enjabono los pechos. En la mayor parte de los días, los pechos no se llevan mucha atención. Son una parte del cuerpo firme, turgente, sin pliegues, de manera que se enjabonan con facilidad y se aclaran con todavía mayor simpleza. Pero para los hombres, espuma en los pechos es un grito de guerra primario. Hoy, por vosotros, me miro en el espejo mientras me enjabono las tetas, por el escote, canalillo, bordes y, al final, la parte inferior y los pezones. Con el calor, los pezones están en la ducha normalmente en su mayor tamaño, suaves y delicados.

Abdomen con manos abiertas, hasta la cadera, abrazando por la cintura muy estrechamente para llegar a la espalda y entrar en el territorio de las nalgas. Sigo viéndome al espejo, colocándome de perfil para ver cómo el jabón conquista mis nalgas y mi mano llega a mi culo, mientras la otra se ocupa de mi pubis, que siempre está más caliente que la ducha. En una ducha íntima, este sería el primer momento ideal para dar rienda suelta al autosexo, pero hoy sólo hablamos de una ducha.

Me parece especialmente erótico enjabonarme las piernas. Apoyo cada pie en el borde de la ducha, que es bastante alto. A mi marido le gusta verme hacerlo, desde la puerta, donde tiene un panorama estupendo de mis piernas separadas y mi sexo abierto. Me imagino que a vosotros también os gustaría estar en mi puerta ahora mismo. Al terminar con todo el jabón, con la manguera, despacio, dejo correr el río de agua caliente por todo mi cuerpo, allí donde hay espuma, para que vuelva a asomar mi piel. A menudo, al borrar la espuma de mis pechos, los pezones están un poco más apretados que cuando los enjabonaba. Hoy, por vuestra culpa, están realmente duros, porque sé que me estáis mirando.

Me resisto a masturbarme, porque hoy sólo hablamos de una ducha. Sin duda, los manguerazos calientes de agua limpia son el mejor momento para autosatisfacerse, con o sin el agua. Me encanta verme en el espejo con el agua resbalando por todo mi cuerpo. Podéis reíros, pero siempre me dedico una última mirada al espejo, de varios segundos, antes de cerrar la llave de paso.

Melena a un lado, escurriéndola sobre mi hombro derecho. Me dejo el pelo mojado apoyado en ese hombro mientras recojo la toalla. Así, desnuda con la melena mojada, es como más excita a mi marido verme. Sin toallas. La primera de las tres se hace turbante en mi pelo, la segunda envuelve mi torso, como un minivestido. Mientras tanto, la tercera acaricia mis piernas, otra vez con un pie apoyado en el borde de la bañera. En esa posición, con el calor de la ducha, puedo notar el leve frescor del aire que se cuela por la puerta entre mis piernas, templando mi vulva. Vestida sólo con la toalla, en esa estampa que es puro erotismo universal, salgo del baño y voy al vestidor, para escoger la ropa. Elijo un tanga transparente de color granate, a juego con el sujetador, también transparente y los llevo sobre mi cama.

La ducha no termina cuando las toallas acaban su trabajo. Primero un poco de crema para el pelo. Al subir las manos la toalla os quiere dar un regalo y se suelta, dejándome desnuda. Esto no siempre ocurre, pero hoy la suerte está de vuestra parte. Me ahorra desnudarme, porque tras la crema para el pelo llega la hidratación para el cuerpo, mi parte favorita de la ducha. Con una hidratante fresca, me acaricio los hombros, la espalda, los pechos y abdomen, las caderas y, con un cuidado especial, dedico otra vez tiempo a hidratar mis piernas.

La mejor forma de que la piel absorba la hidratación es aguardar desnuda. Normalmente es una espera breve, dentro del baño o en el dormitorio. Hoy estoy sola en casa y me dedico un paseo desnuda hasta el vestidor, donde escojo el vestido azul, corto y de escote cuadrado, bien entallado, que favorece mi escote, especialmente con la lencería que he escogido.

La ducha se termina al vestirse. Primero la braguita, ajustando la blonda transparente en las nalgas. Luego el sujetador, sosteniendo una visión elegante. Por encima el vestido y unas sandalias. Sin joyas, porque no tengo tiempo: me he entretenido tanto que mi hijo sale de sus actividades en sólo veinte minutos.

Pero esta ducha para vosotros ha valido la pena.

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Dedicado a Trotamundo, por la sugerencia.

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VERANO 2009 (5ª parte): vacaciones en familia, 20 de agosto

6El plan básico de toda esa semana para mí era aprovechar para estar fuera de casa con Lucas. Por la mañana el peque se pega a la Wii con pegamento. Así que la forma de separarle de ella es comer muy pronto y pasar toda la tarde en la playa. Él con sus amiguetes y yo de charla con las madres de ellos, tomando el sol. Aparte de algunas miradas, desde lejos, al grupo de madres, y de notar que una de ellas me odia por tener el culo que tengo, poco espacio para más. Son momentos de aprovechar y ser madre al 100%, y de paso dejar a mi marido que se vaya a pescar con su padre y su hermano José Luis.

Días de paz. Supuestamente.

*La merienda

El jueves tardamos más en comer de lo normal, y llegamos tarde a la playa. No encontramos a sus amiguetes, así que estuvimos un rato jugando a las raquetas y otro rato en el agua. Es un niño que se porta muy bien, y como llevaba toda la semana sin dar un problema, le di un premio: la PSP de su hermana Tere, el objeto que más codicia. Le dejé jugar a la consola mientras yo leía al sol, hasta la hora de darle la merienda: bocadillo y fruta.

Me incorporé y saqué la merienda de la bolsa. El que tiene hijos sabe que, cuando están con los videojuegos, pueden perder totalmente de vista el mundo que les rodea. Así estaba Lucas, con la PSP y los auriculares puestos: podría haber una explosión y no se enteraría. Decidí transigir, en premio a su comportamiento durante todas las vacaciones, y me preparé para darle la merienda con paciencia, de rodillas sobre la toalla, cortándole a trocitos su bocadillo favorito: doble de Nocilla en pan de molde grande, que el iba comiendo sin apartar sus sentidos de la pantalla. Justo al empezar, vi dos sombras pasar justo detrás de mi espalda, desde la derecha, y escuché, claramente:

-¡Joder, qué culito!

Las mujeres sabemos perfectamente cuando una frase de ese tipo va dirigida a nosotras. Tenemos un radar para ello, y esa frase no hablaba de un “culito” cualquiera, sino de “mi culito”. Me puse tensa, porque mi hijo estaba al lado, aunque como los auriculares y yo sabía que no escuchaba nada. Con el rabillo del ojo seguí las sombras alejándose por mi izquierda, y, al tenerlos en mi campo de visión, vi que eran dos chicos muy jovencitos. Por la edad, podrían perfectamente ser alumnos míos. Venían de darse un baño, y noté que me miraban directamente, así que disimulé y seguí con la merienda de Lucas, fingiendo ignorarles.

Para mi sorpresa, se pararon a unos cinco metros, sin dejar de mirarme, y se sentaron en la arena. Mirando directamente hacia mí. Ahora me veían de frente, y a la distancia podía escucharles sin dificultad:

-¡Pues mira vaya tetas, joder, qué tetas más ricas!

Los chavales, sin pizca de vergüenza, se habían sentado delante de mí para ver el espectáculo. Yo, de rodillas en la toalla, con mi bikini blanco, las dos manos ocupadas en la merienda, les daba la visión ideal. Y encima, con comentarios. Hablaban bajo, pero no tanto para no oír cada cosa que decían. Estaba muy nerviosa. Pensaba en irme de allí, cuando empezó el debate:

-Debe ser la hermana mayor…

-(Susurros) ¡Qué dices, coño! Es la madre.

-¿Cómo va a ser la madre, tío? Es muy joven.

-Que sí, hazme caso. No ves que el niño se parece a ella.

-(Burla) Mira que listo. Si es su hermana también se parece a ella…

-¿Tu hermana de daba la merienda así? ¡Que no, coño! Es joven, pero es la madre.

-¡Joder! (susurros) Pues está buenísima, yo quiero una madre así.

-No seas cerdo. Es mejor que sea la madre de otro…

-¡Wow! Yo tengo una madre así y me mato a pajas…

Ellos pensaban que no les escuchaba. Quizás al ver los cables de los auriculares pensaban que los llevaba puestos. El caso es que, aunque hablaban bajo, yo les escuchaba. Y desde luego, me sentí halagada porque me vieran tan joven. Cuando eres madre, que te consideren una madre que “está buenísima” es el mejor piropo del mundo, con diferencia. Seguí fingiendo que no les escuchaba, dándole la merienda a mi concentradísimo hijo.

-¡Mira qué tetas tiene!

-Las debe tener durísimas…

-(Susurros) Mira, tío, se le marcan los pezones un huevo…

Noté que era cierto. Miré de reojo, mientras cortaba otro trozo de pan de molde con Nocilla para dárselo a Lucas, y vi que mis pezones estaban más duros que antes.

-¡Wow! Los tiene oscuritos…

-Claro, después de preñadas se les ponen más grandes y oscuros. ¿Ves como es la madre?

-Coño, pues las madres de mis amigos no eran así.

-Ya me gustaría que me diera a mí el bocadillo…

-(Susurros) Pues a mí me gustaría meterle la polla entre las tetas…

Estaba realmente nerviosa. Y muy excitada. Era extraño, nunca me había sentido excitada con mi hijo tan cerca, y menos por algo parecido. Pero ahora lo estaba. Y al saber que él, concentrado en la PSP, no se enteraba de lo que decían de su madre, el morbo iba a más.

Con el calor, y los nervios que estaba pasando, la Nocilla derretida me había pringado los dedos. En un movimiento reflejo, empecé a chuparme los dedos para limpiarla, y escuché a los chicos resoplar. Les excitaba ver como me chupaba los dedos con chocolate. Lógico. Algo en mi interior me empujó a hacerlo un poco más despacio, dándoles el gusto.

-(Susurros) Coño, me estoy poniendo malo.

-Yo le dejaba chupármelo todo.

-(Susurros) ¡Calla, tío, que se me está poniendo dura!

-Ya, ya… Pero imagínate ponerla a chupar…

Con las manos temblorosas por lo que acababan de decir, terminé con el bocadillo. Estaba realmente temblando, de una rara mezcla de nervios y morbo. Y empezaba a notarme humedecer. Sin saber bien qué hacer con las manos, de forma refleja me coloqué bien el bikini. Primero la braguita y luego el sujetador.

-¡Joder, qué tetas tiene la muy zorra!

-Lo va a reventar…

Azorada, solté el bikini. Quizás de forma demasiado brusca. Seguía tratando de disimular. Lo mejor era terminar con la merienda. Y el postre de la merienda era un plátano. Los dobles sentidos venían hechos. Lo saqué y lo pelé, para dárselo a Lucas. A partir del primer trozo no quiso más, y yo no estaba precisamente para convencerlo en ese momento. Me lo comí yo, y eso les dio más material para comentar.

-Mira, mira, mira…

-Joder, no puede ser… Yo también tengo un plátano para que me lo coma.

-(Susurros) Coño, para mí que nos oye y lo hace aposta.

-(Susurros) ¡Qué dices! Hay que ser muy puta para oírnos y seguir ahí.

Con eso me remataron, definitivamente. Me notaba muy mojada, y apenas podía seguir disimulando. Le puse la camiseta a Lucas para marcharnos, y luego me até el pareo.

-Qué pena, se van…

-Lástima, me gustaría verle las tetas…

-(Susurros) ¡Coño, sí! Y a mí, no te jode…

No pude evitarlo. Quería hacerlo. Saqué de la bolsa la parte de arriba del bikini naranja. Siempre llevo bikini de repuesto, y necesitaba urgentemente una excusa. Todavía de rodillas en la toalla, no me lo pensé. Si me lo pensaba, no lo hacía.

Me quité sin prisa el sujetador, y dejé mis tetas al aire para que las pudieran ver. Tenía los pezones muy duros y en punta. Sin prisa, pero sin pausa, me puse la parte de arriba del otro bikini. Fueron sólo unos diez segundos de mis tetas al aire, pero sabía que esos chicos tenían para hacerse pajas toda su vida.

Al hacer aquello, seguramente confirmé sus sospechas de que les escuchaba.

“Hay que ser muy puta para oírnos y seguir ahí”, dijeron.

Pero no pude evitarlo.

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VERANO 2009 (4ª parte): vacaciones en familia, del 17 al 19 de agosto

coffee*Amigos de Teresa y Beatriz

Llegó la segunda semana de vacaciones. Mis cuñados (salvo José Luis) se volvieron a su casa, pero llegaron los amigos de Tere y Bea: María y Zoraida, dos amigas encantadoras de mi hijastra pequeña, que iban a dormir en su cuarto, y Jennifer, Malena, Mikel y Fernando, cuatro amigos de la mayor que se acomodaron en las habitaciones de los cuñados que acababan de irse, las chicas compartiendo una y los dos chicos en las otras dos, como marqueses. Jennifer y Malena son las dos amigas inseparables de la mayor. No creo que tenga muchas más amigas: yo también sé lo que es pasar la juventud siendo atractiva y perdiendo amistades.

A Mikel ya le conocía de haberlo visto alguna vez por casa. Un chico con cara de inteligente, muy amigo de Bea, quizás sea su chico. Al otro chico, Fernando, el hermano de Malena, era al único que no conocía. Se notaba que era algo más joven que los otros, por su actitud, más callado y tímido. En el momento que llegaron yo estaba tomando el sol con mi bikini amarillo. Los dos chicos me miraron bastante. Mikel nunca me había visto en bikini, y me hizo el reconocimiento completo, y Fernando era la primera vez que me veía. Sé que les causé impacto, porque luego sus amigas se metieron con ellos al respecto cuando pensaban que yo no les oía. Con ellos hubo pocos roces, porque se pasaron todos los días fuera de casa, y yo también, ejerciendo de madre. Pero era indudable que, aunque se mantenían a cierta distancia, les gustaba cada vez que me encontraban por la casa en bikini.

*Café

A Juanjo le encanta aparentar, sobre todo cuando trata con gente relacionada con su trabajo. Desde que restauramos la casona, siempre invita a amigos o socios del sector, para presumir de su casa y su status, porque muchos de ellos veranean en esa misma zona. Este año reservó una tarde para traer a unos nuevos socios a tomar café al jardín, de forma más íntima.

Yo ya llevaba muchos días con el morbo cotidiano, los roces de mis cuñados, las miradas de mi suegro y las indirectas de José Luis. Con todo ello, viendo que mi marido lo consideraba normal, me apetecía dar un paso más, ver hasta dónde llegaba en su gusto por exhibirme. Sus colegas eran perfectos, él nunca querría quedar mal delante de ellos.

La casona estaba vacía, porque Juanjo había pedido a todos que salieran a pasear para que no estuvieran en casa al llegar sus invitados. Todo por aparentar. Yo esperé en la cocina, como siempre, de manera que mi marido no pudo saber que yo me había cambiado de ropa, para ponerme mi diminuto bikini negro de tanga. No  lo supo hasta que me vio salir a servirles el café a los cinco en la mesita del jardín. Y con ellos presentes, yo sabía que no diría nada.

Allí estaba yo, en tanga delante de amigos de mi marido. Con minitanga y sirviéndoles el café en una mesita baja. Al agacharme, más de una vez llegué a temer que los pechos se salieran del pequeño bikini. Cuando me incorporaba notaba que el que estaba detrás de mí en cada momento siempre tenía los ojos desorbitados de haber estado perdiéndose en mis nalgas desnudas. Porque, realmente, con un tanga las nalgas están totalmente desnudas.

-Esta es mi mujer, Julia – me presentó mi marido, titubeando un poco, pero disimulando.

Se incorporaron para saludarme adecuadamente. Alguno de ellos, con problemas, porque bajo sus pantalones de verano se sospechaba cierta actividad. Fui dando dos besos a cada uno, contoneándome sin rubor, excitadísima por la situación, leyendo en su mirada una frase muy nítida: “Joder con la mujer de Juanjo”. Eso decían los ojos de cada uno de ellos. Y yo encantada. Terminé la ronda de saludos, y me despedí, quedando a su servicio:

-Si necesitáis alguna otra cosa, estaré dentro – dije, antes de irme, meneando mis nalgas.

Hice tres visitas más, para llevarles pastas, unos canapés, y más café. Cada vez mi marido se ponía más azulado. Pero luego, cuando ellos se fueron, no me dijo absolutamente nada. Y eso a pesar de que, por segunda vez en mi vida, se había puesto celoso.

Y ambas veces con el mismo bikini como culpable principal. Todo un éxito estadístico.

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ESTRENOS (2ª parte): mi primera paja

3108478Sobre mi primera paja, ya he comentado anteriormente:

¿A quién le hiciste tu primera pajilla? -Pues tardé lo mío. Yo tenía 16 años ya, el chico era algo mayor, 19 creo que tenía ya. Era más experto que yo, pero me dijo que verme novata le había excitado. No sé si lo dijo por ayudar, o sería verdad.

http://diariodeunaadultera.wordpress.com/2009/01/29/un-test-subido-de-tono

Como dije en otro momento, a los dieciséis años “yo ya era una verdadera cabrona. Estaba encantada de conocerme. Mi cuerpo y yo irritábamos bastante. A las otras chicas, porque si yo estaba presente, no ligaba nadie. A los chicos, porque no era una chica facilona, así que se morían de ganas. A mis profesoras, porque era suficientemente mayor para que me tuvieran ya algo de envidia, y encima era buena estudiante. A mis profesores, porque les hacía plantearse su ética profesional el hecho de intentar no mirarme, y además me tenían que poner buenas notas. A mi hermana mayor, porque su novio me comía con los ojos al llegar a casa. A mi hermano menor, porque sus amigos venían a casa con cualquier excusa, pero no para verle a él. A mi padre, porque sus amigos también me miraban cuando venían de visita. Y a mi madre, porque mi hermana pequeña, de mayor, quería ser como yo. Y todas esas cosas me encantaban”.

Con esa edad, yo ya estaba totalmente reconciliada con mi físico, no me daba vergüenza ninguna que los hombres se fijasen en mí cuerpo con deseo, ni notar que mis tetas protagonizaban la atención de los que me rodeaban. Empezaba a pensar que podía ser divertido manejarse con mi atractivo, jugar con él. Era una chica decidida y envidiada.

Mis padres no eran especialmente antiguos, pero cuando salía por ahí les daba una (falsa) sensación de tranquilidad que lo hiciera con Noemí, mi hermana mayor. Ella no es mucho mayor que yo, realmente sólo nos llevamos dos años, pero, lógicamente, ella alcanzó primero que yo esos legendarios “18” que, en España, cuando eres adolescente parecen la frontera entre ser una niña y hacer lo que te da la gana, pero que para los padres suponen una sensación de tranquilidad y garantía en los actos de su hija “adulta”. Siempre pasábamos las vacaciones en la playa, en el pueblo familiar, donde yo solía aburrirme bastante porque no había gente de mi edad en el grupo de amistades y vecinos, de modo que, por tratar de entretenerme, y porque mis padres se quedasen tranquilos, solía “acoplarme” con mi hermana Noemí y su grupo de amistades.

Cuando yo tenía 12, y ellos estaban entre 14 y 18, yo era la “enana”, o “Julita”. No les molestaba, pero tampoco les hacía gracia tenerme todo el día con ellos. Pero la cosa fue cambiando, poco a poco, a medida que yo crecía y me desarrollaba. Con 15 años la mayor parte de los amigos de mi hermana empezaban a pensar “caramba con la niña”, y estaban siempre muy pendientes de mi, pero el verano que yo tenía 16 ya estaba prácticamente desarrollada, era muy coqueta, me gustaba mi cuerpo y empezaba a saber usarlo. Eso, supongo, me convertía en una constante tentación para ellos.

No era casualidad que los chicos del grupo, todos ellos tres o cuatro años mayores que yo, propusiesen “ir a la playa” todas las mañanas, como plan ideal para ocupar el tiempo. Mi hermana y sus amigas empezaban a darse cuenta de que, para sus amigos, yo empezaba a ser una atracción, porque siempre había voluntarios para jugar a las raquetas o bajar al agua conmigo. Al fin y al cabo, a ellas ya las tenían más conocidas, más vistas, y yo era la novedad, recién salida del horno, con aquel bikini rosita de nudos que empezaba a quedarme un poco ajustado de más.

La mayor parte de los días, íbamos a la casa de uno de ellos, “Manu”, que vivía en una finca junto a la playa, un poco alejada del resto del pueblo. Era un sitio tranquilo, con un jardín para estar en pandilla y una pequeña piscina hinchable para refrescarse. Manu era un chico de ojos claros, guapo, muy alto y bastante tímido, que había estado saliendo con mi hermana el año anterior, y con Sara, otra amiga del grupo. No era el líder pero todos le querían, además de otras cosas, porque su casa era el “local social” del grupo. A mi me caía muy bien porque era más parecido a mí, callado y estudioso. Normalmente estábamos en su jardín y su piscina mientras él aprovechaba un poco para estudiar para los exámenes de septiembre en su cuarto, y luego bajaba a estar con nosotros. Entre semana, estaba solo, porque sus padres (que no sabían que en su casa se reunía el grupo de amigos) solamente venían al pueblo los sábados y domingos desde la ciudad.

El día en cuestión fue un domingo. Mi hermana y sus amigas propusieron salir de marcha al pueblo cercano, donde celebraban una Fiesta de la Espuma en la playa. Noemí fue muy hábil, comentando detalles sobre la fiesta en la comida, con toda la familia delante, así que mis padres decidieron que yo no iría, porque ellos tenían edad para esa fiesta pero yo era una adolescente. No me molestó demasiado quedarme sin fiesta, ya me imaginaba que el plan no sería interesante para mí. Cogí mi toalla, me puse mi bikini rosa y un short blanco, y bajé sola a la playa, muy temprano después de comer. Tomé un poco el sol y me di un paseo. Mientras caminaba, vi a Manu despidiéndose de sus padres en la puerta de su finca. Entendí que no había ido con la pandilla a la fiesta de la espuma porque sus padres debían estar en casa, y como el chico me caía realmente bien, esperé a que sus padres se fueran y me acerqué a su casa, a hacerle una visita.

Se sorprendió al abrir la puerta y verme allí. Supongo que esperaba que fueran sus padres, que se habían subido al coche apenas hacía dos minutos. Hicimos algunos comentarios sobre la fiesta, el me explicó que no había ido porque estaban sus padres, y me invitó a pasar. Yo me sentía bastante excitada y nerviosa. No sabía coquetear, mucho menos con universitarios tres años mayores que yo, y muchísimo menos todavía con un amigo de mi hermana que me conocía desde que yo era una niña. A pesar de los nervios, acepté su invitación y entré.

Me quité el pantaloncito y me quedé en bikini, tomando el sol con él en su pequeño jardín. Era muy excitante para mi estar allí, a solas con él, donde normalmente estábamos con el grupo entero. Hablamos con mucha sinceridad, nos reíamos mucho. Él era realmente muy amable y divertido, y yo notaba que su mirada se le perdía a veces en mi cuerpo. Especialmente en mis tetas. Era muy halagador, me gustaba pensar que mientras hablaba no podía evitar mirarme los pechos, así que de vez en cuando me colocaba el bikini para provocarle, aunque notaba el calor del rubor en mis mejillas al hacerlo. Creo que fue la primera vez que utilicé ese recurso tan efectivo, y funcionó muy bien, porque no tardó mucho en proponer que nos diéramos un baño en su piscina, para disimular el bulto de sus bermudas. La piscina hinchable era muy pequeña. Es curioso que en ese tipo de piscinas no hay espacio suficiente para nadar, pero cuando te metes en una, siempre “haces como si nadases”. Como era muy poco el sitio para los dos, estábamos realmente muy cerca, chocábamos y nos rozábamos los pies todo el rato.

Al salir del agua, con el cuerpo mojado, yo estaba bastante salida. Digamos que yo también le miraba a él, los abdominales, el trasero, incluso el paquete. Era un chico mayor, estaba muy bien físicamente, y me gustaba mucho. Me duché con una manguera de goma que tenía en el jardín, y le pedí que me sostuviese la toalla mientras me quitaba la empapada braguita del bikini y me ponía solamente el short. Me ayudó, pero se le veía temblar con la tensión. Como no se decidía a entrarme, con la absurda excusa de que tenía que poner a secar el bikini, me quité la parte de arriba, quedándome con los pechos al aire, apenas a unos centímetros de él. Lo hice temblando de miedo y vergüenza, pero el acto fue lo suficientemente surrealista y absurdo como para que Manu captase la indirecta. Todavía sujetando la toalla alrededor de mi cintura, se acercó a mi boca y me besó.

Yo estallé. Le empecé a comer la boca como sólo se hace en la adolescencia. Nos sentamos en una tumbona y nos empezamos a “enrollar”. No tenía yo una gran experiencia besando, pero me había dado algún lote en el instituto. Mi estilo, un poco brusco y adolescente, le excitaba, pero sobre todo se volvió loco cuando le pedí que me tocase las tetas: parecía que estaba esperando mi permiso para hacerlo. Lo hacía con mucho cuidado pero de forma muy apasionada, y yo me puse muy húmeda. Notaba sus manos abarcando mis pechos y acariciando mis pezones, que estaban ya durísimos.

Cuanto más me tocaba, más dura se le ponía la polla. Yo tenía muchas ganas, y mucho miedo, porque no sabía qué hacer con ella. Me armé de valor y metí mi mano por debajo de su bermuda. Me encontré con algo caliente y durísimo. No había imaginado que fuese tan dura, pero la calidez me sorprendió mucho más. Él también estaba sorprendido, porque no esperaba tanto atrevimiento por mi parte, y empezó a gemir. Le dije que nunca lo había hecho, y si quería que siguiese. Él me dijo que siguiese, lógicamente, y que no me preocupase. Temblorosa y tratando de hacerlo lo mejor posible, según yo me lo imaginaba, empecé a hacerle una paja. Manu estaba como paralizado, sólo susurraba “más fuerte” de vez en cuando. Yo, que era una ignorante, tenía miedo de hacerle daño o algo por el estilo.

Así, mientras nos seguíamos comiendo la boca, y a él le faltaban manos para tocarme las tetas, yo le hice una paja, bastante corta. Él empezó a ponerse tenso y de repente noté el semen caliente salpicando mi mano y parte de mi cuerpo, mientras él jadeaba como si se estuviera muriendo. Yo, preocupada, le pregunté si lo había hecho bien, y él me dijo que sí, que había estado de maravilla. Yo seguía muy excitada, y más después de haberle hecho la paja, porque estaba muerta de vergüenza, de haber llegado hasta ahí.

Manu se incorporó un poco, empezó a besarme con más empeño, y noté como metía su mano dentro de mi short. El primer contacto de sus dedos con mis labios húmedos me dio un estallido eléctrico por toda la espalda. El placer era excesivo. Me quedé paralizada. Sólo sabía gemir. Ni siquiera respondía a sus besos, porque me había cogido por sorpresa. No recuerdo cuanto tardé, pero sé que me corrí en seguida, pensando que era mucho mejor que cuando me lo hacía con mis propias manos.

ad.ultera@ymail.com

Mis pechos siempre están invitados

tetazas

Mis pechos siempre están invitados. Para mí, una parte de mi cuerpo con su propia personalidad. Me han cambiado. Con ellos tuve que aprender a vivir, y son los responsables de mi carácter, y también de mi éxito. Quizás a mis pechos les debo tener un marido con dinero. Es posible.

Soy delgadita, pero de pechos grandes. Eso serviría como resumen básico. El tamaño también es algo genético. Son grandes, muy naturales, pero también son muy redondos y firmes. Algún médico se ha pensado que eran de goma, pero no. Los tengo duritos, muy altos, y eso hace que el canalillo sea muy apetecible. Me gustan los escotes atrevidos, pero no me gusta abusar de ellos siempre. Al fin y al cabo, mis pechos destacan también sin escote. Siempre han sido llamativos, desde que empezaron a crecer. Y desde que decidí que me gustaba llamar la atención, y empecé a disfrutar mostrándolos, todo va como la seda.

Después del parto se hicieron más sensuales. Ganaron una forma más natural, porque antes eran más redondeados. Sobre todo cambiaron mis pezones. Siempre fueron abultados. Por eso dejé de hacer ballet: hasta la profesora se escandalizaba de mis pezones a través de la lycra del tutú. Después de ser madre, la aureola aumentó un poco y se oscureció más, y el pezón se mantuvo grueso y respingón. Con mis pechos puedo cazar a cualquier hombre, pero los que han llegado a ver mis pezones suelen recordarlo. Aunque la mayoría sólo pueden imaginárselos a través de la ropa.

Las mujeres tenemos zonas erógenas, y la mía son mis pechos. Era obvio, así tenía que ser. Cuando me los acarician, me humedezco muy rápido. Sentir una lengua caliente suavemente en ellos me hace enloquecer. Incluso cuando me los toco yo misma me excito. Un cosquilleo suave que me hace mojarme. Muchas de mis duchas diarias terminan masturbándome. Me encanta mi cuerpo, y me encanta masturbarme.

Me resigné con mi físico

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Me resigné con mi físico. Y todo empezó a cambiar. Las molestias eran menos, y las soportaba mejor. Dejé de llevar el suéter del uniforme más flojo que podía, y empecé a usar uno mas ceñido. La falda de cuadros también se hizo más corta, aunque todavía no las llevábamos como las chicas de los dibujos japoneses. Desde los catorce empecé a reconciliarme con mis pechos, y a los quince ya nos llevábamos bastante bien. Pero hasta los dieciséis no empecé a notar su poder. El poder de los pechos, el poder del culo, el poder del ombligo, el poder de las piernas. Aunque lo de las piernas era diferente. Siempre me gustaron mis piernas, y nunca tuve complejo. Estaba desde niña en el grupo de ballet del colegio, y con el tutú se te ven tanto los muslos que pierdes todo el pudor.

A los quince yo seguía en el grupo de ballet, pero para entonces mis muslos ya tenían club de fans. Nunca fui buena bailarina. Era muy delgada y demasiado alta. Demasiado tetona también, claro. Pero si yo bailaba, los alumnos del centro venían a ver la función de fin de curso sin protestar. Así fue como empecé a comprender el poder del cuerpo: con aquel tutú rosa, luciendo muslos, incapaz de tapar el trasero debajo del tul, y tratando de meter en el body mis pechos, que habían seguido creciendo desde los doce. El sujetador quedaba feo bajo la lycra, así que allí estaba yo, moviéndome con un body finísimo con mis pechos debajo. Incluso mis profesores me miraban. Eran buena gente. No lo buscaban. Pero no podían evitarlo. Hombres al fin y al cabo. Las madres de los alumnos estaban sorprendidas del repentino interés de sus maridos por la función escolar. Todo el mundo iba a ver como se transparentaban mis pezones en la lycra rosa.

Con dieciséis yo ya era una verdadera cabrona. Estaba encantada de conocerme. Mi cuerpo y yo irritábamos bastante. A las otras chicas, porque si yo estaba presente, no ligaba nadie. A los chicos, porque no era una chica facilona, así que se morían de ganas. A mis profesoras, porque era suficientemente mayor para que me tuvieran ya algo de envidia, y encima era buena estudiante. A mis profesores, porque les hacía plantearse su ética profesional el hecho de intentar no mirarme, y además me tenían que poner buenas notas. A mi hermana mayor, porque su novio me comía con los ojos al llegar a casa. A mi hermano menor, porque sus amigos venían a casa con cualquier excusa, pero no para verle a él. A mi padre, porque sus amigos también me miraban cuando venían de visita. Y a mi madre, porque mi hermana pequeña, de mayor, quería ser como yo. Y todas esas cosas me encantaban.

Yo iba por libre. Y quería una moto, para ser todavía más libre. Era 1990, si no tenías una moto, un caballo o un velero, en mi colegio para “niñas bien” no eras nadie. – Trabaja en verano y te la compras” -, me dijo mi padre, que era casi rico. No dijo en qué. Di clases, porque era una chica lista, pero las madres de mis alumnas temían mi mala influencia, y las madres de los alumnos temían que sus hijos se rompieran la mano en el WC pensando en mi minifalda. Vi un anuncio en la parada del autobús, y me presenté a un casting: “Chicas de 16 a 24 años”. Cumplía la edad. Cumplí la estatura, y les gusté bastante. Ropa deportiva y de playa de una cadena de moda joven local. Cuando me vieron con el bikini, ya no dudaron. Mis pechos otra vez haciendo de las suyas… Gané el dinero, y gané poder presumir de haber sido modelo.

Acabó el verano. Al siguiente curso, con diecisiete, no podían odiarme más. Nuevo crecimiento de pecho, casi el definitivo. Nuevo ciclomotor, de color verde ácido. Y mis fotos en algunas marquesinas, autobuses, anuncios en el periódico local y cuatro escaparates de la ciudad. Bueno, también estaba en las carpetas de varios de mis compañeros. Además de ser rubia, tetuda y gilipollas, ahora era modelo. Las únicas chicas que me hablaban era aquellas que tampoco tenían complejos con su cuerpo, es decir Ana, una gran amiga que era hippie, y dos amigas más, Noelia y Laura, que eran las otras dos chicas populares del último curso. Entendí porqué las mujeres atractivas se amigan entre ellas: por necesidad. Ellas dos eran morenas, así que seguí siendo “la rubia de las tetas”. Noelia era delgada y no muy tetuda, pero era alta y tenía una cara preciosa, así que no me envidiaba. Laura era más bajita, y casi tan dotada de pecho como yo, así que estábamos en familia. Ana era hippie, y aunque no era fea, tampoco era guapa, y no le importaba que la conocieran por ser mi amiga. Acabé la enseñanza secundaria siendo realmente famosa. Y me encantaba.

Desde entonces nunca he dejado de cuidar mi cuerpo. Hago ejercicio todos los días, y por eso estudié Ciencias del Deporte en la universidad. No soy una obsesionada, no me mato en las máquinas. Lo hago porque me gusta, me da un placer especial el deporte. Y además me permite mantener mi cuerpo en buena forma, mejor que cuando era más jovencita.

Me gusta mi cuerpo

6petitaMe gusta mi cuerpo. Bueno, la verdad es que me encanta mi cuerpo. No creo que sea malo, ni que deba ser una estúpida sólo porque tengo un buen cuerpo y me gusta. Ya soy tonta por ser rubia, o eso dicen. Así que no puedo ser dos veces tonta. De niña llamaba la atención porque era rubia, tenía los ojos claros y tenía pecas. Me llamaban “la alemana”, la “rusa”, “la sueca”… Aprendían geografía para ponerme los motes. Cuando era una chavalita, llamaba la atención además porque era más alta que las demás. Estaba acostumbrada a llamar la atención.

Y entonces, me crecieron los pechos. No crecieron de golpe, pero con doce años yo tenía pechos, cuando la mayoría de mis amigas y no tan amigas no tenían nada. Ahí empezó la envidia. Por ser alta no me envidiaban. Tampoco por ser pecosa. Ni siquiera por ser rubia, porque las mujeres no empezamos a querer un color de pelo diferente al nuestro hasta la adolescencia. Pero si me envidiaron por tener tetas. Y encima era alta, así que mis nuevos pechos quedaban a la altura de la cara de las otras chicas. Y también de los chicos, claro. Tardaron poco en darse cuenta. Pocos sabían que mi nombre es Julia, pero todo el mundo en el colegio sabía quien era “la niña rubia de las tetas”.

Al principio las odiaba. Hablo de mis tetas. Mis amigas no me creían, porque también querían tenerlas. Pero yo no. No llegaba con las molestias del desarrollo, ese dolorcillo molesto que los hombres nunca han conocido. Ellos solo ven la cara positiva de los pechos, porque ellos no tienen que aguantar las molestias cuando crecen. Pero además de las incomodidades, la cosa se ponía seria por las envidias. “Envidia de pechos”. Dejé de tener amigas, y empezó a ser difícil tener amigos, porque yo ya no era una persona: era “la de las tetas”. Los chicos no me dirigían más de una sílaba: “ummmmm” y “buuuuufff” eran las más habituales. Si me decían más de eso, sus amiguetes empezaban a reírse por lo bajo.