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Test Morboso de los Lectores – DIANA (Segunda Parte)

ÍNTIMO

UNA FANTASÍA CLÁSICA QUE TE EXCITA – Desde que vi una película de chavala, me pone la idea de estar presa en una cárcel de mujeres llena de tías buenas muy duras y malotas que se aprovechan de mí por ser la última interna en llegar. Es una fantasía muy películas, pero me pone cachondísima.

¿HARÍAS UN STRIPTEASE CON GENTE VIÉNDOTE? – Sí, he hecho de stripper.

¿TE GUSTA QUE TE ESPÍEN? – Me pone.

¿FOLLARÍAS CON “PÚBLICO”? – Si no participan, prefiero que no miren.

CUENTA EL “ESPECTÁCULO” MÁS LLAMATIVO QUE HAYAS MONTADO EN PÚBLICO – Un día de verano salí en pelotas al balcón en casa de mis abuelos. Es una zona donde pega mucho solete y se está muy rico tomando allí el sol, así que lo hacía más veces lo de tomarlo desnuda allí porque como viven en el ático de una torre alta, nadie te ve. A veces ya salía directamente desnuda al balcón, si estaba a solas en casa. Esta vez fue así y salí desnuda, coloqué la tumbona, me preparé algo de beber, me eché las cremas. Cuando me tiré al sol fue cuando me di cuenta de que estaban techando el edificio. Había como tres albañiles renovando la teja, mirándome desde unos cuatro o cinco metros de distancia y sin decir nada. Y yo en pelotas tomando el sol con las piernas abiertas. Me volví para adentro muy cortada. Creo que tenía 17 o 18 años entonces. Si fuese ahora a lo mejor me quedaba a tomar el sol de todas formas en pelotas delante de ellos. Muchas veces he fantaseado con qué habría pasado.

¿TE HAN PILLADO HACIÉNDOLO? – Sí. Mi abuela. Cuando estaba de vacaciones en el piso de mis abuelos, los veranos, hacía muchas cosas, aparte de tomar el sol en pelotas. Me guardó el secreto.

¿TÚ HAS PILLADO A ALGUIEN? – Nunca.

LA PRIMERA VEZ QUE TE EXCITASTE EN TU VIDA – Pues no me acuerdo.

¿HAS SIDO UNA LOLITA? – No, era más bien grunge.

¿QUÉ MADURO FUE EL PRIMERO EN DARTE MORBO? ¿CON QUÉ EDAD? – Nunca me había fijado en los hombres más mayores que yo. Osea, unos pocos años sí, pero no hombres maduros que me sacasen diez años o más. Cuando abrí la peluquería empecé a tener muchos clientes de más de 40 años y empecé a notar que más de uno me excitaba por cómo me miraban.

¿Y TU PRIMER ROCE CON UN MADURO? – Pues un cliente de 50, muy elegante. Es un habitual, un tipo que viene todas las semanas. Un día me pidió de favor personal que le cortase el pelo en su casa al echar el cierre. Fui. No le corté el pelo, pero follamos hasta la noche.

¿QUÉ MADURO TE EXCITA AHORA? – Varios clientes.

¿Y QUÉ JOVENCITOS TE DAN MORBO AHORA? – No me ponen los niñatos.

¿BESASTE ALGUNA VEZ A UNA CHICA? – Muchas.

¿A QUIÉN LE HAS TOCADO LOS PECHOS? – Varias amigas. Cuando me iba a poner tetas, con la excusa, le pedí a muchas amigas que me las enseñasen y también toqué bastante. Luego cuando me lío con una tía siempre le toco las tetas, claro.

CONFIESA A QUÉ CONOCIDOS TUYOS DESEAS ACTUALMENTE. – Además de esos tres o cuatro clientes que me atraen, lo típico: algún novio de alguna amiga o conocida y eso.

¿ALGÚN PARIENTE? – Mi cuñado está buenísimo, pero es fiel a mi hermana.

¿ALGUNA CHICA? – No voy a decir nombres, pero tengo algunas amigas que sí que me ponen bastante y me gustaría hacerlo con ellas. Lo que pasa que no son tan abiertas a experimentar como yo.

¿QUIÉN DE TUS AMIGAS TE PARECE MÁS GUAPA? – Mi hermana. Es un bombón.

¿Y MÁS SEXY? – Mi mejor amiga. No soy objetiva, pero me parece supersexy y preciosa. Es morena con ojazos y unas tetas preciosas.

¿DESEAS AL NOVIO/MARIDO DE ALGUNA AMIGA TUYA? – Dos o tres.

¿TIENES NOVIO/MARIDO? – Estoy recién casada.

¿QUÉ OPINAS DE LA INFIDELIDAD? –Me cuesta ser fiel, pero de momento…

¿QUÉ PARTE DE TU CUERPO TE ENLOQUECE QUE TE TOQUEN? – El culo.

¿PALABRAS FUERTES QUE TE EXCITA QUE TE DIGAN MIENTRAS FOLLAS? – Todas. Me ponen los tíos muy cerdos en la cama que me hagan sentir cerda.

SEXO

EN EL SEXO, ¿CÓMO TE DEFINIRÍAS CON UNA SOLA PALABRA? – Guarra.

¿MANDONA O SUMISA? – Sumisa.

PRIMER ORGASMO ¿RECUERDAS LA PRIMERA VEZ QUE TE MASTURBASTE? – Con un vibrador de mi hermana, lo probamos mi mejor amiga y yo por ver como era. Flipamos.

¿CUÁL ES LA POSTURA Y EL SITIO PERFECTOS PARA MASTURBARTE? – No me masturbo mucho. Follo mucho y me va muy bien así.

¿TIENES/USAS JUGUETES SEXUALES? – Bolas y diferentes vibradores. Además esposas, fustas, pinzas…

¿CUÁNDO Y A QUIÉN LE HICISTE TU PRIMERA PAJA? – Con 13 a un compañero de clase, en el baño durante la pausa.

¿Y CON QUÉ EDAD CHUPASTE POR PRIMERA VEZ? – Fue la misma vez. Le hice la paja y se la chupé.

¿TE GUSTA CHUPAR? – Más tragar que chupar.

¿LO MEJOR QUE TE HAS LLEVADO A LA BOCA? – Un marroquí que tiene un kebab en el barrio donde tengo la pelu, que es una auténtica barbaridad.

EJEM!… ¿TRAGAS EL SEMEN? – Sí.

¿TU SITIO FAVORITO PARA EL SEXO? – Me pone cachonda follar en el coche.

¿Y EL MÁS EXTRAÑO? – La silla de peluquería. Antes de abrirla, la tenía en casa y a mi chico de entonces le excitó la idea de estrenarla follando.

¿POSTURAS FAVORITAS? – Me gusta él sentado y yo encima.

¿TU MEJOR POLVO? – La primera vez que me puso las pinzas en los pezones. Me corrí como una loca y menos mal que estaba amordazada.

¿EL MÁS MORBOSO? – Ese mismo.

RECORD DE POLVOS Y ORGASMOS – Algún día que perdí la cuenta.

¿CÓMO SON TUS RUIDOS SEXUALES? – Hablo mucho e insulto, gimoteo y cuando me azotan grito fuerte.

¿PRACTICAS EL SEXO ANAL? – Sí.

¿QUÉ EDADES TENÍAN EL MÁS JOVEN Y EL MÁS MAYOR CON LOS QUE HAS TENIDO SEXO? – Los más jóvenes pues cuando era adolescente y ellos también lo eran, sobre 15 o 16. Los mayores, alrededor de 50.

¿HAS ESTADO CON DOS O MÁS HOMBRES? – Desde dos hasta siete.

¿TRÍO CON OTRA CHICA? – Con tres chicas diferentes.

¿Y HAS ESTADO CON ALGUNA MUJER? – A solas ella y yo, sólo dos veces.

¿HAS FOLLADO CON EL NOVIO/MARIDO DE ALGUNA AMIGA TUYA? – Exnovios sí me he follado a uno, pero siendo novios de ellas nunca.

¿HAS HECHO SEXO PARA CONSEGUIR ALGO A CAMBIO? – No.

¿HAS COBRADO DINERO POR HACER SEXO? – Cuando hice strip alguna vez me ofrecieron un plus por follar. Una de las veces los tíos me daban morbo y acepté. Luego no les quise cobrar y casi se enfadan conmigo.

¿TE GUSTA QUE TE AZOTEN? – Con fusta, me gusta que me marquen las nalgas. Lo que más me pone es escuchar la fusta en el aire justo antes de sentirla.

¿CÓMO SERÍA TU FOLLADA PERFECTA? – Encadenada a un potro con dos o tres pollones enormes usándome a su antojo.

DI UNA PERVERSIÓN CON LA QUE HAYAS FANTASEADO O TE DE CURIOSIDAD – A veces sigo atendiendo clientes después de la hora oficial de cierre. Bajo las persianas para que no me pongan una multa por no respetar el horario y sigo dentro cortando el pelo. Es morboso muchas veces quedarse a solas con el cliente a puerta cerrada. Fantaseo mucho con que algún cliente aprovecha que estamos encerrados para violarme.

LA MAYOR PERVERSIÓN EN QUE HAYAS PARTICIPADO – Un bukkake con un exnovio. Jugaba al baloncesto y se trajo a seis compañeros del equipo para hacérmelo entre todos. Me puso muchísimo. Él decía que tenía muchas ganas de hacerlo pero luego de hacerlo se puso muy celoso y cortamos al mes.

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Diana, muchísimas gracias por compartir tus intimidades y por dejarme colgarlas en el blog.

Si os animais a responder al test:

ad.ultera@ymail.com

¿Cómo se masturba una madre?

Normalmente, con prisa.

No hay ninguna duda de que ser madre es una de las cosas más maravillosas que puede vivir una mujer. Tampoco da mucho lugar a la duda el hecho de que mamá está muy ocupada y no tiene tiempo para muchas cosas que sí tenía antes.

Una de esas cosas es masturbarme. En la vida adulta de cualquiera hay momentos íntimos y privados que podemos aprovechar para darnos algo de amor propio. Lo complicado de ser mamá es que lo eres a tiempo completo y eso también implica que ese recodo del reloj que podías aprovechar para masturbarte ahora lo tienes normalmente comprometido en cuidar, atender, alimentar o educar a tu hijo.

La educación que recibimos, además, nos hace sentirnos muy nefastas madres si no estamos disponibles. Es muy difícil perder una mano suavemente dentro de tus braguitas durante cinco minutos cuando piensas que, en cualquier momento, puede haber una emergencia. Y tal como nos han educado, cualquier cosa que se le antoje al niño es una emergencia.

El colegio es una bendición. Puedes querer muchísimo a tu hijo, pero eso no evita que valores en su justa medida el tiempo que recuperas cuando está en el colegio. El problema viene cuando trabajas mientras él está en el cole, como viene a ser lo normal. Mi primera masturbación como madre fue gracias a la guardería. Dejé a mi niño allí a primera hora de la tarde y me fui a la compra. Al llegar a casa tenía la intención de aprovechar el tiempo sin niño en casa para organizar algunas cosas, ordenar la casa y preparar la merienda. Mi buen propósito duró poco. Probándome un vestido que acababa de comprarme, de flores, en mi habitación, la idea saltó de golpe. Dejé resbalar las finas tiras de algodón, el escoté cayó suavemente y mis aureolas asomaban por el borde. Una yema suave, un par de gemidos. Lo echaba tanto de menos que al esconder la otra mano bajo el vestido me noté totalmente mojada. Me temblaban las piernas de deseo, así que me arrodillé.

Todavía estaba delante del espejo, arrodillada y con mis pechos asomándose, semidesnuda. Lasciva. “Mírate, mientras tienes a tu hijo en la guardería, qué vergüenza”. Un pensamiento restrictivo, la educación siempre asoma cuando no hace falta. Tuve que luchar contra ello, defender mi derecho a una masturbación libre y sana. Me manifesté con mis dedos en mi vulva, que se derretía con el calor de mis manos. Hice una sentada pacífica sobre mis talones para poder separar un poco las piernas.

Ni recordaba la última vez que me había visto al espejo con mis dedos dentro de mi sexo. Escogí los dos más largos, los destiné a mi interior y empecé a gemir al momento. El maravilloso eco de una habitación cuando gimes a solas contigo misma también era un recuerdo demasiado lejano.

No fue largo. Una madre siempre se masturba con prisa.

Manché la moqueta. Menos mal que pasó de moda y ahora la hemos arrancado, porque la moqueta puede ser la peor enemiga de una madre pajillera. Siempre deja huellas. Para mamá, manchar la moqueta significó hacer otro hueco más en las tareas, más cosas que hacer esa tarde.

Pero había merecido la pena.

Al terminar, organizar algunas cosas, ordenar la casa y preparar la merienda. Y borrar las pruebas.

Recogí a mi niño del cole con bragas diferentes a las que llevaba al dejarle. Sólo yo sabía por qué.

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ESTRENOS (4ª parte): mi primer polvo

ziza_1El primer polvo. La pérdida de la virginidad.

Las mujeres, todavía en mi generación, éramos educadas para valorar ese momento, en la absurda creencia cultural de que, magnificando esa ocasión única, seríamos cuidadosas a la hora de elegir el momento y la persona. Realmente, eso no tiene nada que ver: el sexo es un impulso, el morbo es imparable, y si la excitación sexual viene a por ti, te da igual lo sagrado que sea tu virgo. Nunca he puesto por escrito mi primera vez, y me lo estaba guardando para el blog. En esta pequeña serie de “Estrenos” ha llegado el momento.

Llevaba poco más de un mes en la Universidad. Con 18 años, y estando en primero de carrera, te sientes en la cima de tu sexualidad. Aunque seas virgen.

Ya no te ves como una niña, como una adolescente desgarbada, sino como una mujer. Si además vives en un piso con otras chicas universitarias, como era mi caso, el hecho de estar lejos de tus padres aumenta tu sensación de libertad y madurez sexual. Sientes que los hombres, de todas las edades, te ven como un pastel que quieren comerse con todas sus fuerzas. Pasas por la calle delante de ellos, con tu pelo recogido en una cola o un moño de estudiante, con tu carpeta en la mano, los vaqueros ajustados y las camisetas juveniles, y notas sus pensamientos sobre ti como si los pronunciaran en voz alta. Eres para ellos una promesa de placer, aunque tu experiencia se reduzca a poco más de una decena de encuentros sexuales, juveniles y apurados, todos ellos solucionados con masturbaciones manuales o sexo oral.

Elegí una carrera muy masculina. En mi clase sólo éramos doce chicas, un porcentaje muy escaso para los más de cien alumnos. Además, la mayoría de chicas cumplían un perfil bastante masculino, con cuerpos fuertes y espaldas grandes. Muchos compañeros pensaban que me había equivocado de edificio, y hacían algunas bromas sobre mí y sobre Paloma, otra chica que, como yo, no parecía encajar mucho en aquella clase llena de deportistas. Resultábamos quizás demasiado femeninas, pijas y delicadas para estudiar Ciencias del Deporte. Prejuicios. La parte buena es que había una cantidad muy respetable de compañeros que estaban muy potentes físicamente, altos, buena planta y fuertes, aunque no demasiado listos. Prejuicios de nuevo, esta vez por mi parte.

Nunca había sido mala deportista, pero tampoco era una atleta. Como bien saben todas las mujeres a partir de los 25, con 18 años no tienes que hacer absolutamente nada para tener el cuerpo que tienes. Y ese era mi caso. De todas maneras, para luchar contra los prejuicios de mis compañeros, y para estar preparada por si el nivel de exigencia física aumentaba, me apunté a un gimnasio que estaba justo bajo mi piso de estudiante. Había más universitarias, pero yo era la más joven. La moda de entonces era el aerobic, y por supuesto me apunté. También hacía cinta y bicicleta, y pasadas un par de semanas, también empecé a hacer piscina. No hacía falta ser muy avispada para ver que había mucho interés a mi alrededor, por parte de la mayoría de los hombres del gimnasio, incluso de algunas mujeres.

Se llamaba Juan, y todo el mundo le llamaba “Toque”. Era cliente de los “habituales de siempre”, amigo de todos los monitores del gimnasio. Treintañero, agradable, muy simpático sin ser cargante, fuerte, moreno de piel bronceada y un poco bajito. De hecho, yo era más alta que él, lo cual me daba una sensación de poder, de controlar aquella amistad, aunque él casi me doblase la edad. “Toque” se traía un rollito un poco peculiar con mi monitora de aerobic, Begoña, la típica monitora de aerobic fibrosa, aunque era una chica realmente guapa y muy dicharachera. Luego me enteré de que habían estado liados. En el gimnasio se comentaba, entre las chicas, que era un amante estupendo. Tenía un prestigio. Pasaba mucho por el grupo de aerobic, a saludar a Begoña, y a veces se quedaba también a ver la clase, o a participar. Yo solía hablar con Begoña sobre mi preparación, ella estaba al corriente de lo que yo estudiaba, y a través de ella empecé a relacionarme con él.

Era muy agradable conmigo, casi paternal, pero tampoco ocultaba su interés sexual. Me miraba con normalidad, disfrutando con las vistas, y me soltaba algunos piropos, muy comedidos, siempre dentro de lo agradable. Eso me encantaba. Es muy halagador, con 18 inexpertos años, que un tipo de treinta y pico curtido en mil batallas te encuentre atractiva. Una amiga mía, para explicárselo a los hombres, siempre pone el mismo ejemplo: de la misma forma que cuando un hombre se cambia de coche le gusta que la gente le diga lo estupendo que parece el nuevo coche, a las chicas jóvenes les encanta que los hombres admiren su recién adquirida “carrocería” de mujer.

Como suele ser habitual entre mujeres, me di cuenta de que mi relación con “Toque” entraba en una nueva fase cuando empecé a notar que las otras chicas del gimnasio empezaban a mirarme mal. Incluso Begoña parecía algo tensa o celosa, aunque sin duda estaba acostumbrada a que él tuviera líos con chicas. Para las clientas de más de 25-30 años, la nueva “chavalita” de 18 (yo) empezaba a ser una rival en las atenciones de los hombres. Me hacía gracia esa situación, porque en el fondo pensaba que no sabría que hacer llegado el caso de que un chico del gimnasio ligase conmigo, esperando “algo” sobre lo cual yo era una total ignorante.

Empecé a coquetear con “Toque” de forma más evidente. Armas de mujer: la ropa un poco más ceñida, alguna caída de ojos sutil, prestarle atención especial cuando me hablaba, intentar quedarnos a solas o con una cierta intimidad… No suele fallar, y no lo hizo. Apenas un mes después de conocernos, ya teníamos una amistad bastante estrecha, él a veces se acercaba por las noches a donde yo estaba con mis amigas, para saludarme (y marcar territorio, por supuesto). Mis amigas, todas de mi edad, alucinaban con el treintañero macizo que me había ligado.

De una forma muy calculadora, debo reconocerlo, había decidido acostarme con él, porque me parecía la persona más adecuada para mi primera vez. No desde un punto de vista “romántico” de la pérdida de la virginidad, sino desde una visión más práctica: estaba bueno, me ponía, se moría de ganas de hacérmelo, y, sobre todo, era experto y sabía muy bien lo que hacía. Siempre he pensado que es mejor estrenarse con alguien que sabe lo que hace, que echar un polvo 100% novato, porque por mucho que te guste la otra persona, si los dos sois vírgenes va a ser un desastre. Él recibió mis señales, y me invitó a pasar unos días con él en una casa que tenía en el campo. Me daba un poco de miedo, para que negarlo. Nunca me había ido con un hombre, sólo tenía 18, etc., etc. Pero acepté. Lo difícil ahora era cómo decirle que, a pesar de ser un bomboncito de rubia, era virgen. Porque además, si se lo decía, quedaría claro que yo también quería sexo con él, situación algo embarazosa y muy poco apropiada para una “señorita”. Así que no dije nada.

Metí en mi mochila bastante lencería y un par de camisones interesantes. Imaginaba que saldríamos poco de casa. Nada más llegar me lancé, al fin y al cabo estábamos solos en su casa y había pocas dudas al respecto de qué hacíamos allí: me acerqué a él, puse mis manos alrededor de su cuello, y le besé. Él lo estaba deseando, y me respondió con efusividad y pasión. Aunque era algo más alta que él, era mucho más ligera: me cogió por las nalgas, bajo mi falda, y me echó sobre el sofá con una facilidad que me puso muy cachonda. Era la primera vez que trataba con un hombre que me trataba como una mujer, y estaba más excitada de lo que nunca habría imaginado poder estarlo.

Me puse sobre él. Siempre he sido muy peleona en el sexo, y ya entonces, en mi primera vez, lo fui. Tomé la iniciativa, me quedé con los pechos al aire, sabiendo que eso le encantaría. Me daba poder y confianza: usaba mis valores seguros, eso me hacía sentirme tranquila, y mucho más cuando le saqué la polla y empecé a chupársela. Todo aquello me era conocido. Calmaba mi morbo ocupándome de él. Sus manos no dejaban de regalarse en mis pechos y mis nalgas, y yo me notaba humedecer cada vez más.

Mi sexo oral le encantaba. Eso aumentó mi confianza. Pero “Toque” quería follarme, evidentemente. Así que se revolvió, cambió el equilibrio, se puso sobre mí y me quitó el tanga con habilidad. Yo seguía cachonda, pero ya estaba más tensa. Me abracé a él, porque realmente estaba muy excitada. Sólo le susurré, muy bajito, que me lo hiciera con cuidado. No sé como consiguió escucharme, pero me oyó, y debió entender. Sus manos, suavemente, me empezaron a acariciar y masturbar. Yo no podía aguantar mis gemidos, me moría del placer. Bajó su cabeza para chuparme, y con eso perdí totalmente el control. Notaba la necesidad de ser follada. Y entonces fue cuando lo hizo. Al principio con un poco de calma. Al notar su polla, dura, y sobre todo la temperatura, dentro de mí, la sensación era muy extraña, pero me gustaba. Poco a poco empezó a bombear, siempre con cuidado. Noté el dolor agudo, pero se mezclaba con el placer, y poco a poco desapareció y todo era placentero. Raro, nuevo y placentero.

Era un experto, estaba en buena forma. Empezó a follarme de forma profunda, siempre sin ser brusco, y mientras tanto me besaba los pechos y me masturbaba. Yo no podía hacer nada. Estaba paralizada de placer, y con la sensación totalmente nueva, todo mi cuerpo estaba entregado al aquella sensación maravillosa. Sólo pude notar el orgasmo cuando llegó, totalmente por sorpresa, y me puse a gritar de placer, clavándole las uñas en los hombros. Él sonrió, sabiendo que lo había hecho bien. El resto del fin de semana… continuamos experimentando mis conocimientos recién conseguidos.

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Los primeros días me sentía como una obsesa

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Los primeros días me sentía como una obsesa. Pero ahora, la verdad es que me da morbo: me siento algo guarra, y eso me pone más cachonda. Nunca me hubiera imaginado a mi misma así. Me lo he hecho en el gimnasio, en el trabajo, en los baños de una cafetería, en casa de una amiga, en la piscina de la urbanización y en el cuarto de baño de mi hermana. Mi cuñado casi me pilla, y de hecho no se si me habrá escuchado gemir.

El otro día estaba de compras. Me estaba probando un camisón con transparencias en el pecho. Al mirarme al espejo, me gustó mucho. Se me veían totalmente los pezones entre el encaje azul celeste. Me acaricié sobre el encaje, y note que estaba caliente. Me estremecí. Si hubiese sido hace meses, no habría pasado nada. Pero ahora no puedo aguantarme. Metí la mano debajo de las braguitas y empecé a acariciarme. Noté que ya estaba muy mojada, el dedo entraba suave. Fue la última vez que me masturbé en un sitio público antes de tomar medidas.

“Voy a acabar rompiéndome la mano”, pensé al cabo de un par de semanas de pajillera. Los hombres, en su adolescencia, se acostumbran a masturbarse a diario. Nosotras no lo hacemos, y las que lo hacen no lo dicen. Yo siempre he pensado que es porque lo nuestro es más cansado.

Los hombres sujetan, sacuden, y ya está. Pero nosotras hacemos un esfuerzo físico tremendo para darnos placer, ya sea luchando con nuestros dedos contra el clítoris, o metiéndolos dentro. Es un trabajo duro, y es casi obligatorio. Aunque empieces acariciándote suave los labios humedecidos, eso te da mucho placer, pero al final siempre acabas necesitando más caña.

Para eso se inventaron los consoladores. Y yo necesitaba uno, teniendo en cuenta el trabajo acumulado de los últimos tiempos. Recuerdo que me habían regalado uno hace años, unas amigas, en un cumpleaños. Típica broma. Ni siquiera lo había probado. Y ya no sé dónde lo puedo haber metido. Seguramente lo tiré antes de casarme.

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