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De diez – 10 famosos para volverme loca

Después de atender el mes pasado la sugerencia de un lector de mencionar a diez mujeres famosas con las que tendría una aventura lésbica, es lo más justo permitirme hablar de los diez hombres famosos con los que me encantaría perder la cabeza y el honor en un momento de locura. Al fin y al cabo, el blog es mío y lo normal es que hable de mis gustos, ¿no? Pues me gustan bastante más los hombres que las mujeres.

Podéis aprovechar para saber cosas de mi personalidad a través de los hombres que me atraen.

Como el blog también lo leen chicas, aunque sean más tímidas, pondré fotos de todos (I’m sorry, boys).

Hugh Laurie. Vale, no soy original. Ha sido el hombre de moda durante estos últimos años en la televisión. Hay que reconocer que no es un tipo guapo, aunque esos ojitos son de los que pueden hacer perder la cabeza a cualquier mujer. Yo también me he visto seducida por el doctor House, pero le veo más como ese profesor maduro y canoso al que todas nos gustaría tentar, acariciándole la barba mal afeitada y revolviéndole el pelo. Para una sesión de sexo de verdad, con un hombre de verdad.

Julian McMahon. Y seguimos con médicos. En este caso sí es el médico que a muchas nos gustaría tener. Haría mucho más fácil el ir a las revisiones y quitarse la camisa, aunque los calores subirían muy rápido a la cara. Su personaje del doctor Troy es de los que me hace realmente fantasear. Si algún día tengo que ir al cirujano plástico, que sea con él, para luego tener un revolcón de camilla muy tórrido.

Colin Farrell. Un actor más o menos de mi misma generación que me gusta desde que lo vi la primera vez en el cine. Dicho vulgarmente, me enciende el motor. Es cierto que a veces da un poco de grima, pero ese aspecto canalla y un poco pasado me pone un montón. Ideal para un adulterio por todo lo alto, no veo a nadie mejor para tener una de esas infidelidades de película, apasionadas y sucias que acaban siempre con los amantes fugándose en lancha.

Serge Ibaka. He tenido que buscar su nombre en Google, porque no soy una experta en baloncesto precisamente. El chaval es un jugador del Congo con 22 años muy bien distribuidos, como se ve en la foto. Ahora juega con la Selección Española. El verano pasado fuimos en familia a ver un partido y cuando pasó cerca me pareció imponente. Es verle y volverme muy carnívora. Creo que no hace falta que explique por qué me atrae. Salta a la vista. Así sí que se promociona que a las mujeres nos guste el deporte.

Chris Evans. Así da gusto llevar a tu niño a ver una película de superhéroes. Primero fue Hugh Jackman, que no está nada mal pero me lo veo un poco mayor para mí. Este chico, que es sólo un poquito más joven que yo, me va mucho mejor. Es guapo de dolerle la cara y, encima, está bueno. Pero bueno, bueno, bueno. Quién me iba a decir que El Capitán América iba a gustarme tanto. Y que conste que yo no era la única mamá en la sala un poco sofocada después de alguna escenita. Está para poner a prueba su resistencia y musculatura, pero en horizontal.

David Beckham. Ya lo dije alguna vez antes en el blog. A mí me gusta Beckham. Es verdad que a veces es un poco fashion victim, que su mujer es repelente y que llegaron a estar hasta en la sopa. Pero el chico merece tres o cuatro revolcones. Tiene esa mezcla encantadora entre niño bueno con un punto de picardía y el físico de leñador que alimenta a la familia y que tanto nos pone a las mujeres, tocándonos el instinto primitivo. Hasta los tatuajes carceleros le quedan bien a este hombre. Para darse un homenaje rico, rico.

Mario Casas. Me da un poco de vergüenza confesar que me pone este ídolo de adolescentes. Ya sé que es muy joven para mí, pero diez años no son nada. Las hijas de mi marido han sido de la generación de chicas que ha crecido con posters de este chico en su cuarto y sus carpetas. Y la verdad que es una maravilla entrar en su cuarto y ver esos posters. Debe ser que  ya me voy haciendo mayor, pero reconozco que no me importaría que un chaval de este estilo pasara por mi casa de visita. Es el perfecto amigo de tus hijos para cualquier madre con ojos en la cara.

Xavi Hernández. Seguro que de todos los futbolistas del mundo, este no es el que más desata pasiones femeninas. Pero es mi debilidad personal. Con esa cara de buen chico, parece el típico buen chico al que te gustaría enseñarle todo lo que tiene que saber en una cama. Y también por el suelo, en la alfombra o donde haga falta. Además es más bajo que yo y a veces hay que variar de modelos estéticos. Es difícil explicar, pero me excita un montón.

Matthew Fox. Este actor hacía que mereciese la pena ver la serie Perdidos y aguantar todo el lío de argumentos sólo para ver lo bien que le quedan las camisetas. El perfecto “tío normal”, porque parece que podría ser el marido de una amiga o un vecino o un compañero de trabajo, pero estando más bueno de lo que normalmente te encuentras a tu alrededor en el día a día. Con este, directamente, creo que podría tener sexo todos los días durante años.

Jenson Button. Soy una esposa de la Generación Fórmula 1. En mi matrimonio hay muchos domingos compartidos con los coches, hasta con reuniones sociales en casa con hombres viendo las carreras. Uno de los pocos alicientes para ser una “esposa fórmula uno” es este piloto. Ahora me entero de que es inglés. Sólo me sabía su nombre y su cara. Desde luego, está mucho más sabroso que Fernando Alonso. Para irse con él a un fin de semana de lujuria propia de pilotos ricachones, que te lleve en su cochazo y pagarle el favor en hoteles de lujo.

Me sorprende ver la cantidad de deportistas que hay en mi lista.

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VERANO 2009 (4ª parte): vacaciones en familia, del 17 al 19 de agosto

coffee*Amigos de Teresa y Beatriz

Llegó la segunda semana de vacaciones. Mis cuñados (salvo José Luis) se volvieron a su casa, pero llegaron los amigos de Tere y Bea: María y Zoraida, dos amigas encantadoras de mi hijastra pequeña, que iban a dormir en su cuarto, y Jennifer, Malena, Mikel y Fernando, cuatro amigos de la mayor que se acomodaron en las habitaciones de los cuñados que acababan de irse, las chicas compartiendo una y los dos chicos en las otras dos, como marqueses. Jennifer y Malena son las dos amigas inseparables de la mayor. No creo que tenga muchas más amigas: yo también sé lo que es pasar la juventud siendo atractiva y perdiendo amistades.

A Mikel ya le conocía de haberlo visto alguna vez por casa. Un chico con cara de inteligente, muy amigo de Bea, quizás sea su chico. Al otro chico, Fernando, el hermano de Malena, era al único que no conocía. Se notaba que era algo más joven que los otros, por su actitud, más callado y tímido. En el momento que llegaron yo estaba tomando el sol con mi bikini amarillo. Los dos chicos me miraron bastante. Mikel nunca me había visto en bikini, y me hizo el reconocimiento completo, y Fernando era la primera vez que me veía. Sé que les causé impacto, porque luego sus amigas se metieron con ellos al respecto cuando pensaban que yo no les oía. Con ellos hubo pocos roces, porque se pasaron todos los días fuera de casa, y yo también, ejerciendo de madre. Pero era indudable que, aunque se mantenían a cierta distancia, les gustaba cada vez que me encontraban por la casa en bikini.

*Café

A Juanjo le encanta aparentar, sobre todo cuando trata con gente relacionada con su trabajo. Desde que restauramos la casona, siempre invita a amigos o socios del sector, para presumir de su casa y su status, porque muchos de ellos veranean en esa misma zona. Este año reservó una tarde para traer a unos nuevos socios a tomar café al jardín, de forma más íntima.

Yo ya llevaba muchos días con el morbo cotidiano, los roces de mis cuñados, las miradas de mi suegro y las indirectas de José Luis. Con todo ello, viendo que mi marido lo consideraba normal, me apetecía dar un paso más, ver hasta dónde llegaba en su gusto por exhibirme. Sus colegas eran perfectos, él nunca querría quedar mal delante de ellos.

La casona estaba vacía, porque Juanjo había pedido a todos que salieran a pasear para que no estuvieran en casa al llegar sus invitados. Todo por aparentar. Yo esperé en la cocina, como siempre, de manera que mi marido no pudo saber que yo me había cambiado de ropa, para ponerme mi diminuto bikini negro de tanga. No  lo supo hasta que me vio salir a servirles el café a los cinco en la mesita del jardín. Y con ellos presentes, yo sabía que no diría nada.

Allí estaba yo, en tanga delante de amigos de mi marido. Con minitanga y sirviéndoles el café en una mesita baja. Al agacharme, más de una vez llegué a temer que los pechos se salieran del pequeño bikini. Cuando me incorporaba notaba que el que estaba detrás de mí en cada momento siempre tenía los ojos desorbitados de haber estado perdiéndose en mis nalgas desnudas. Porque, realmente, con un tanga las nalgas están totalmente desnudas.

-Esta es mi mujer, Julia – me presentó mi marido, titubeando un poco, pero disimulando.

Se incorporaron para saludarme adecuadamente. Alguno de ellos, con problemas, porque bajo sus pantalones de verano se sospechaba cierta actividad. Fui dando dos besos a cada uno, contoneándome sin rubor, excitadísima por la situación, leyendo en su mirada una frase muy nítida: “Joder con la mujer de Juanjo”. Eso decían los ojos de cada uno de ellos. Y yo encantada. Terminé la ronda de saludos, y me despedí, quedando a su servicio:

-Si necesitáis alguna otra cosa, estaré dentro – dije, antes de irme, meneando mis nalgas.

Hice tres visitas más, para llevarles pastas, unos canapés, y más café. Cada vez mi marido se ponía más azulado. Pero luego, cuando ellos se fueron, no me dijo absolutamente nada. Y eso a pesar de que, por segunda vez en mi vida, se había puesto celoso.

Y ambas veces con el mismo bikini como culpable principal. Todo un éxito estadístico.

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VERANO 2009 (3ª parte): vacaciones en familia, del 8 al 16 de agosto

cocineraHeredé una casona típica, grande, cerca de la playa. Estaba ruinosa, pero mi marido, que para algo es constructor, la reformó a precio de coste. Ahora es la envidia de todos nuestros conocidos, y los parientes y amigos se suelen auto-invitar. Cada año es parecido. Me gusta, soy sociable. Y este año, además, sería también distinto, porque vería las visitas desde otro punto de vista.

Momento para explorar el “morbo doméstico”.

Mi marido no es celoso. Siempre le ha gustado lucirme, de manera que el hecho de tenerle en casa no coartaba para nada mi libertad para vestirme como quisiera, aunque hubiera visitas de parientes o amistades. Siempre y cuando la cosa no pase de ahí, lógicamente. Lo aproveché, como forma de poner pimienta a estas semanas, buscando los límites dentro de la normalidad, y aprovechando que tuvimos un agosto todavía más caluroso de lo normal como excusa perfecta.

Tere (17) y Bea (19) siempre han sido solidarias para cuidar de su hermanastro. Lo siguen siendo ahora que él empieza a ser mayor. Aunque todavía no puede bajar solo a la playa. Como además iban a recibir visitas de amigos, acordé que la primera semana se llevaran a Lucas a la playa, y luego, cuando estuvieran sus amigos, ya lo haría yo. No significa que tuviera libre esa primera semana. Al revés, porque por casa va desfilando la familia y hay que ocuparse. La primera semana estaría sobre todo en casa, y la segunda volcada en entretener al niño fuera.

*Mi suegro

Normalmente, mi suegro es el primero en llegar a la casona, porque le encanta el lugar. Hasta tal punto que ha comentado en algunas ocasiones que le interesaría comprármela, a lo que yo me he negado siempre. Como además está prejubilado desde el año pasado, tiene mucho tiempo libre, y le gusta disfrutarlo aprovechando que tiene una salud extraordinaria.

El patriarca es la viva imagen de sus herederos. Decir de él que es un viejo verde es quedarme corta. Como si fuera el padre de Julio Iglesias, aprovechando que no aparenta los sesenta años que está a punto de cumplir, pero que sí aparenta ser un tipo con dinero, suele tontear con jovencitas, con mucho éxito. Actualmente tiene una novia alemana de treinta y pocos, pero no la trajo con él a las vacaciones familiares porque la chica estaba visitando a su familia.

Es normal que se echase novia alemana. Siempre dice que le gustan las rubias, y desde que me conoció, nunca se ha contenido en piropearme de forma habitual. Recuerdo que la primera vez que lo vi me dijo: “Oye, si te cansas del tonto de mi hijo, vente conmigo”. Me lo dijo con toda la naturalidad, con media familia delante. Poniendo cara de bromista, claro. Pero de broma, ninguna. Y ese es el tono que usa siempre conmigo: como si fuera broma, pero diciendo las cosas bastante claras. Reconozco que es un caballero, y nunca se pasa de la línea de lo galante, y por eso creo que siempre he sido especialmente amable y cariñosa con él.

Este año se comportó más contenido de lo normal, imagino que porque ahora tiene su propia rubia treintañera. Aún así, dejó algunas frases dignas de su carácter, sobre todo una:

-¿Cómo no voy a querer pasar unos días con vosotros pudiendo ver a Julia por casa en bikini?

Esto lo dijo la primera tarde, mientras le servía un café con mi bikini verde de flores, y después de dedicarle a mi canalillo una mirada de varios segundos sin pestañear. Sonreí amablemente, porque sinceramente sus piropos siempre me halagan. Y como mi marido nunca osaría llamarle la atención a su propio padre, es una forma segura de que me suban el ego.

*Parientes

El resto de la familia de mi marido es enorme. Podría montar un equipo de baloncesto con mis cuatro cuñados. En carácter, todos se parecen más o menos a mi marido, que a su vez se parece a su padre: tradicionales pero casanovas. El bagaje de esa idiosincrasia familiar es tremendo: mi marido es el único casado, pero en segundo matrimonio, mientras que entre los demás hay otros dos divorciados (con hijos) y dos solteros (también con hijos). No son sólo hombres: tienen dos hermanas, las dos casadas (de momento), pero normalmente suelen acercarse por la casona sólo de visita. Por el contrario, mis cuatro cuñados no perdonan un solo verano sin venir, y se quedan a dormir al menos una semana.

Tenerles por casa es agotador física y mentalmente. Son fiesteros y bromistas, pero sobre todo, les gustan las mujeres, y parece que yo especialmente: no desperdician un minuto para mirarme o incluso rozarse conmigo en los pasillos, aunque siempre cuidan de no propasarse. La diferencia este año era que yo estaba preparada para contraatacar en su terreno. Aunque otra diferencia es que, desde los divorcios de dos de ellos, ahora soy la única mujer que pasa estas dos semanas con ellos en casa, aparte de mis hijastras. Recibimos visitas de primas y algunos primos con sus mujeres, pero básicamente toda la tensión sexual de estos cuatro la soporto yo sola.

*Mi cuñado José Luis

El más singular de todos mis cuñados es José Luis. Treintañero, melenudo, aire canalla, vividor, sin apenas relaciones estables, aunque tuvo un hijo con su secretaria. Un fenómeno. Ya se sabe que, dentro de las familias, cuando te cuelgan una etiqueta es imposible que te la quiten. La etiqueta de José Luis dice que, a pesar de su actitud, tiene un corazón de oro y es el mejor hermano de sus hermanos. Haga lo que haga, nadie se lo va a echar en cara. Y menos que nadie, mi marido, pues al parecer José Luis le ayudó durante el divorcio de Cecilia: es un abogado excelente, e hizo mucho en el tema de la custodia de las niñas.

La patente de corso que tiene José Luis para hacer lo que le da la real gana ha tenido siempre un objetivo preferente: yo.

Desde antes de casarme con su hermano, José Luis no se corta un pelo conmigo. No es simplemente que me mire hasta hartarse, y con intenciones, o que alguna vez se roce accidentalmente, porque eso lo hacen sus hermanos también: es que “Joselu” no se corta en comentarlo todo en voz alta, lanzándome piropos y demás frases propias de un albañil curtido. Y con mi marido delante, claro, porque como tiene buen corazón, nadie le recrimina que lo haga. Además, sus piropos no son como los de mi suegro, que al fin y al cabo es un señor de cierta edad y eso se nota en su estilo. Al principio de entrar en la familia, me abochornaba e incomodaba esa actitud. Pero reconozco que en los últimos años ha empezado a darme morbo que se tome esas libertades conmigo, aunque sigo manteniendo con él una relación muy tensa, para aparentar.

*Cocina

Me gusta cocinar. Afortunadamente, porque en estos días de vacaciones, me toca cocinar más que en todo el resto del año, aunque sean platos de verano sin mucha elaboración. Mis hijastras y una prima de mi marido ayudan, pero la cocina es mi reino en estos días de vacaciones. En los últimos años mis cuñados muestran un repentino interés por ayudar en la cocina, especialmente José Luis, que se deja caer mucho, casualmente siempre que estoy yo sola.

Normalmente estoy en camisola o vestido ligero en la cocina. Pero este año decidí aprovechar la excusa del calor para pasarme el día en bikini. Bikini, pero con delantal. Una imagen muy sugerente que no pasó desapercibida para ninguno de mis cuñados. La misma tarde que llegó, nada más verme haciendo unos canapés vestida con esa ropa, José Luis me soltó:

-Joder, cuñada, que sexy te pones para hacer la comida.

-Hace mucho calor, pepelu – le respondí, usando el diminutivo que más le molesta.

-Normal, como no va a hacer calor con ese cuerpazo – contraatacó él, para dominar la charla.

-Anda, no hables tanto, y ven a ayudar – le invité a acercarse.

Se lavó las manos y se puso a colaborar en los canapés y la ensalada. Aunque todo el rato sus ojos se iban a mi canalillo, y estaba bastante más cerca de mí de lo necesario para cocinar. Cada vez que yo me movía, notaba sus dos ojos en mi culo, y reconozco haberme contoneado un poco al hacerlo. Él no perdió ocasión y yo me aproveché.

-Mira para lo que estás haciendo, ¿no?

-Joder, Julia, es que tienes un culito que no puedo mirar otra cosa.

Cocinando en bikini conseguí que me ayudase en la cocina durante todas las vacaciones.

*La gran comida del domingo

La madre de todas las tradiciones dice que el domingo de vacaciones los cinco hermanos y el patriarca se van a pescar de mañana en la lancha de un amigo. Mientras tanto, yo me quedo sola y tranquila en casa, y preparo una gran ensalada de fruta que les encanta, con unas cuantas tortillas para acompañar lo que ellos hayan pescado. Hacemos esta comida, muy campera y veraniega, en el jardín de la casona, donde suele pegar muy fuerte el sol. Esa fue mi excusa, el sol.

Forcé un poco la máquina, sirviendo la comida en bikini. Me puse mi bikini dorado, para que fuese todavía más llamativo. Nunca antes había servido la comida a mis cuñados estando en bikini. Incluso este año, que cocinaba en bikini, me ponía una camisola para comer. Así que era novedad para ellos y para mí. Paseándome entre ellos, sirviendo la comida, notando roces de mis muslos o nalgas contra sus brazos u hombros, la situación era entre embarazosa y excitante. Mi marido la dio por normal, afortunadamente.

Me senté a comer entre mi cuñado Javier y mi suegro. A Javi, que probablemente sea el más tímido de los cinco hermanos, se le hacían los ojos chiribitas de mirarme. Mi suegro, más amable conmigo que nunca, estuvo toda la comida charlando animadamente, haciéndome bromas. Y cada vez que se reía, me plantaba suavemente su mano derecha en mi muslo izquierdo. Cuando acabó la comida, todos mis cuñados se prestaron voluntarios a ayudarme a recoger la mesa y llevar las cosas a la cocina.

No hay nada como ir semidesnuda. Dispara la solidaridad en las tareas domésticas.

ad.ultera@ymail.com

Lencería de una madre – Mi ropa interior

Un lector y amigo me ha propuesto que hablase de mi ropa interior. No se me había ocurrido, pero en cuanto he leído la propuesta, me ha parecido interesante. Ahora mismo estoy sola en casa, lo estaré durante un buen rato, así que he decidido sacar los cajones de la lencería y ponerme a escribir sobre ello. Suficiente tiempo para hacer inventario de mis tejidos íntimos. Para empezar, no creo que mi lencería responda al estereotipo de “lencería de una madre”, por desgracia para otras madres. También es verdad que soy una madre especialmente joven, y que en eso tengo mucha ventaja, porque soy “joven y madre”, que es como yo prefiero verlo.

Me gusta ser madre y tener tangas y transparencias, no sólo por poder ponérmelos, sino especialmente porque esa mezcla entre morbo y respetabilidad me provoca cosquilleos. Adoro la lencería. Cuido mucho mi vestuario, pero sin duda la lencería es una parte que me ha gustado siempre especialmente. Por eso tengo un mueble cajonero entero con lencería. Puede decirse que colecciono ropa interior, y también ropa de baño. Pero hoy toca la interior. Examinemos cada cajón, contando de arriba hacia abajo.

Cajón nº1: el cajón de las braguitas

Me gustan las braguitas (bombacha, calzón, pantaleta o blúmer, según el país de América Latina de cada lector). Las considero más nobles que los tangas, y por eso las uso tan a menudo como a sus camaradas. No uso “bragas de mercadillo”, sino lencería cuidada. Viéndolas ahora mismo, tendidas sobre mi cama, me doy cuenta de que hay un cierto estilo mayoritario, aunque hay mucha variedad.

Un especialista en estadística sacaría algunas conclusiones, y muchas de ellas son inesperadas para mi:

-Me gustan los colores fuertes (naranja, turquesa, amarillo), pero sólo hay una de color rojo y ninguna rosa.

-No tengo ninguna de color “carne”. Al parecer, me deshice de todas, afortunadamente.

ApH (Aclaración para Hombres): el color “carne” es ese horrible color, más oscuro que la piel, que se le pone a alguna lencería y le da aspecto de braga de la abuela; supuestamente para que no transparente, siempre resulta mucho más visible, y fea, que cualquier lencería de otro color.

Erotismo_traseros_ziza_7- El blanco gana al negro por goleada, pero no es un blanco-liso-algodón, lo que en España se llama “blanco Princesa” porque es el color de las braguitas de cuando eres niña, sino un blanco-marfil con transparencias o bordados.

-Los tejidos que dominan son lycra y blondas, y hay pocas en algodón.

-Para mi sorpresa, casi la mitad son de estilo brasileño, aunque las bragas brasileñas no me gustan especialmente ni me resultan muy cómodas. ¿Quién las habrá comprado?

ApH: “estilo brasileño” significa que la parte de atrás de la braguita es mas estrecha de lo normal, con lo que se queda como la mitad de cada nalga fuera de la tela.

-En la decoración, hay muy pocos bordados y encajes, pero la mayoría son transparentes, en mayor o menor grado. Son mis favoritas. No hay apenas estampadas, y sólo tengo una con palabras impresas: fue un regalo de amigas, y creo que nunca me las he puesto.

-Soy muy ordenada: en este cajón no sólo no se me ha colado ningún tanga, sino que tampoco hay ningún culotte. Mi madre estaría orgullosa de la organización de mi cajonera.

-Casi todas son de tiras finas pasando por encima de las piernas. Y las pocas que no son de tiras, son de “cuello alto”, lo que explica porque se me asoman a veces por los lados cuando llevo vaqueros, y por eso creo que uso mucho menos este tipo de braguita que las de tiras. Todo tiene una lógica.

ApH: “cuello alto” significa que la cinturilla es un poco más alta de lo normal, sobre todo por los lados encima de las piernas. Es un corte que se usa más en bikinis y trajes de baño, porque estiliza los muslos.

-De todas las del cajón, mi favorita es una de estilo brasileño, tiras finas, de blonda totalmente transparente y color naranja y muy baja de cuello. Es tan bajita que el principio del pubis y un poco de culete se quedan sin tapar. Tengo tres iguales, y hacen conjunto con un sujetador y un top del mismo color. Si me agacho cuando las llevo, con pantalones, se puede ver un poco de mi culito si no tengo cuidado, y por delante asoma el inicio de mi pubis.

-Las braguitas que están en este cajón son “de uso diario”, y viéndolas por encima, me reafirmo en que tengo una lencería muy cuidada y sexy para uso cotidiano.

Cajón nº2: el mundo de los tangas

Antes decía que me gustan más las braguitas, pero es verdad que cada vez uso más tangas. Soy de la generación que, en España, vivió la introducción del tanga como prenda de moda. Lo probé y al principio no me gustaba demasiado, pero por su comodidad, lo uso casi a diario. Cuando te haces al caminar con el cordel entre las nalgas, ya está todo hecho.

ApH: aunque muchos hombres suponen que las chicas usamos tanga “para provocar”, la realidad no es así, la mayoría usamos tanga porque, con los pantalones, es más cómodo, sobre todo en verano, y no se marca tanto. Aunque es como todo, para gustos, y hay muchas chicas que no están cómodas con tanga, y también algunas que se lo ponen… para provocar.

Lo bueno del tanga es que no marca con pantalones, es ligero, no da calor, ocupa muy poco para hacer equipajes y en los cajones, y, para uso diario, además te sientes un punto descarada llevándolo. Si además llevas minifalda, en algún momento quien te vea puede pensar que vas sin lencería. Lo malo del tanga son sobre todo dos cosas: se gastan mucho más rápido que las braguitas (se enredan, arrugan, cogen bolitas, te los roban…) y, sobre todo, es más difícil de conjuntar, porque normalmente se compran en packs de 3 o más, sin combinar con un sujetador, mientras que las braguitas normalmente tienen posibilidad de combinarse con un sujetador.

-Por el contrario a las braguitas, la mayoría de mis tangas son de algodón, pero también hay algunos de blonda y tules, y sólo hay un par de lycra. La blonda es la tela más sensual, porque además de ser transparente, es muy suave y te sientes acariciada por ella, aunque… se humedece muy rápido.

tng-Por detrás, sobre todo son de triángulo fino. Me gustan más y me parecen más delicados que los de cordón o “hilo dental”, porque el cordel tiende a enroscarse y queda muy feo.

-Los tangas “sueltos” (que no conjuntan con un sujetador o un top) son mayoritariamente de color rojo o rosa fuerte. Es curioso, porque casi no tengo braguitas de estos dos colores, pero en los tangas son mayoritarios. También hay bastantes naranjas, amarillos y negros.

-Sólo tengo dos tangas blancos, los dos de blonda transparente y los dos son parte de un conjunto de lencería y son los que más uso. Y tengo un tanga de leopardo, aunque no recuerdo habérmelo puesto nunca desde mi despedida de soltera (¿quizás ebria…?).

-En general, mis tangas son más juveniles y menos “sofisticados”: hay bastantes de colores vivos, con dibujos, lunares o listas. De hecho, en la colada debo separarlos bien, porque no es la primera vez que se confunden con alguno de mis hijas, mientras que con las braguitas no suele pasar porque las mías son mas sexy y las de ellas mas juveniles.

Cajón nº3: sujetadores y conjuntos

El sujetador (sostén, brassier), normalmente, se compra suelto, sin hacer conjunto. Esta es una revelación que a muchos hombres les va a llamar la atención. Pero es que esta prenda es mucho más cara de lo que puede ser una braguita o un tanga. Como a mi no me gusta nada llevar el sujetador diferente a la braguita/tanga, lo que hago es ir a una tienda donde están conjuntados, de forma que por cada sujetador te compras dos o tres braguitas y dos o tres tangas, a veces de formas diferentes pero el mismo color o diseño, que hacen conjunto con él.

El sujetador me parece la prenda femenina más sexy, y por eso los cuido especialmente. Pero ocupan mucho (no conviene aplastarlos), así que tienen un cajón para ellos solos.

Mi talla de sostén está, normalmente, entre la 90c y la 95c, dependiendo del modelo, si lleva o no relleno o aros, y si es un sujetador para marcar el pecho redondito (90c) o más bien uno para estar cómoda y con escote (95b o 95c).

Si alguien quiere un recordatorio sobre mis pechos:

http://diariodeunaadultera.wordpress.com/2009/05/26/mis-pechos-siempre-estan-invitados/

-Casi todos los sujetadores que tengo hacen conjunto con una o varias braguitas/tangas de los cajones 1 y 2. Me gusta ir siempre combinada y arreglada. Por eso, la mayoría son del estilo de las braguitas: colores fuertes, muchas transparencias y algún encaje. Sólo tengo un sujetador rojo y un sujetador blanco, aunque negros tengo varios.

rubiard-El tipo de sujetador que prefiero, con el que me siento más sexy, es el que se suele llamar “de capacidad”, con aros en la copa y muy adaptado al pecho para que quede bien y no haga bultos sobre la ropa. Casi todos los que tengo son así, aunque cambia un poco el corte y la forma del escote en función de la marca. Con esos te sientes muy femenina y vas pisando fuerte.

ApH: los “aros” son precisamente eso, unos aros metálicos, flexibles, que se colocan por debajo de la copa, bajo el pecho, para que mantenga su forma.

-También tengo tres sujetadores “sin aros”, uno negro de encaje, uno amarillo liso y uno azul celeste transparente. Los sujetadores sin aros hacen un pecho más plano, porque lo pegan al cuerpo. No los uso mucho, pero me gusta el efecto sexy, más cotidiano, sobre todo el azul transparente, que hace juego con un culotte de blonda, también transparente. Tenía una buena colección de sujetadores sin aros, de cuando estuve embarazada, pero no sé dónde estarán.

-Tengo algunos multiposición y con “corte Halter”, para vestidos de noche o gala, o para llevar debajo de algunas camisas y dejar un escote profundo, como cuando llevas varios botones desabotonados. Menos uno, son todos de color negro.

ApH: “multiposición” significa que las tiras se pueden cambiar de dirección para que, por ejemplo, no se vean con un escote en la espalda muy profundo. Los “Halter” son aquellos que la copa es mas triangular que esférica, y sirven para poder enseñar más canalillo y estilizar el escote.

-Aunque gozo de mucha firmeza, tengo varios con “foam”, para escotes realmente espectaculares, uno de ellos de seda negra y los demás de algodón. De modelo “push up” (como los Wonderbra) sólo tengo uno, de color negro, porque me lo compré hace tiempo, pero cuando me lo pongo resulta francamente exagerado el volumen de pechos que me resulta.

ApH: el “foam”, amigos míos, es el secreto de la mayoría de las mujeres. Cuando veis unas “tetas impresionantes” por la calle, normalmente no pensáis que la mayoría son resultado, o del bisturí, o de un relleno de foam en la copa del sujetador, que te puede dar hasta una talla y media más, además de empujar el pecho hacia arriba. Las que ya tenemos pecho abundante de naturaleza, usamos el foam para los escotes de las blusas, para que quede bien arriba (más de lo natural, desde luego). Es un efecto que me gusta mucho para diario, pero no abuso de él.

-Me encantan los sujetadores palabra de honor (los que no tienen tiras verticales), porque me gustan los modelos con hombros desnudos o cuellos muy amplios. Normalmente, cuando me compro un sujetador, me compro las dos versiones (normal y sin tiras), para usar el palabra de honor con camisas, chalecos, y vestidos. Me permiten lucir el cuello y los hombros sin las molestas tiras. La pena es que, casi todos, son muy funcionales, de colores lisos y sin mucha decoración, aunque también tengo alguno con transparencias, sobre todo uno de color verde que es mi sujetador favorito: palabra de honor, 95b, ajustado y ajustando un pecho redondo precioso.

-Ya en el capítulo de rarezas, tengo dos “balconcillos” (demi-bra), que son sujetadores a los que “les falta tela”, concretamente, dejan el pezón al aire, uno negro y uno gris. Me gusta llevarlos con camisas de cuello amplio o escotes realmente muy generosos, porque el efecto es realmente muy sensual y natural. También tengo un juego de autosujetadores: unas almohadillas adhesivas, de foam color piel, que se pegan debajo del pecho para cuando llevas vestidos transparentes o con muy poca tela, donde no hay sitio para esconder el sostén. En mi caso, más que para sostener el pecho, los uso para taparme los pezones, porque se me marcan mucho y en algunos contextos (bodas sobre todo) no es plan de robar protagonismo a la novia. Conservo tres sujetadores de lactancia (con una “ventanita” para sacar el pezón) que, aunque yo no lo puedo entender muy bien, a mi marido le resultan morbosos. Y también tengo un par de sujetadores reductores (granate y negro), que no son nada sexys pero te quitan como una talla de sujetador y, a veces, quedan bien con algún suéter ajustado para no ir avasallando demasiado.

ApH: aunque os parezca increíble a los hombres, a veces las mujeres que tenemos mucho pecho nos gusta disimularlo un poco. Pero sólo muy de vez en cuando.

Cajón nº4: lencería de noche

En este cajón va la ropa de dormir… o por lo menos, parte de ella, porque normalmente duermo también con tanga o braguita. Lo que hay, sobre todo, son camisones. Hay dos largos, bastante sexys, y los demás son todos cortos, de algodón (tipo top de tiras, pero algo más largos), o de seda, que son los que me parecen más sensuales: algo flojitos, con mucho escote, las tiras muy finitas y cortos por abajo.

Lo que pasa con los camisones de seda es que, cuando te despiertas, normalmente tienes una o las dos tetas de fuera, porque se te han bajado las tiras, y además el culo al aire porque se ha subido por debajo. Aún así, hay que disfrutar de ser mujer, y muchas veces me dejo el camisón para estar por casa, y luego lo cambio por un top de tiras o un camisón de algodón para dormir.

En este cajón también tengo una buena colección de tops, muchos de ellos en conjunto con braguitas, tangas y sujetadores. Mi modelo de dormir más habitual es precisamente una braguita o tanga y un top escotado y ceñido al pecho, aunque a veces cambio el top por un sostén.

Me ha venido bien hacer este inventario de lencería, porque no recordaba que en este cajón tengo dos bodys, uno de algodón blanco y otro de blonda semitransparente granate. Hace tiempo que no duermo en body, que es bastante sensual porque notas mucho el roce de las sábanas suaves, y creo que esta noche voy a “rescatar” el body semitransparente. A mi marido le va a dar una alegría. Además, he encontrado una bata de seda cortita, que no debería estar aquí, y la he puesto en el armario.

Cajón nº5: lencería deportiva y variada

La parte deportiva no está muy nutrida, porque normalmente me pongo un tanga bajo el short elástico. Lo que si tengo son bastantes sujetadores deportivos, de tela elástica, que están diseñados para sujetar bien los pechos y que no se bamboleen. Aunque aplanan mucho, y yo lo necesito para hacer deporte, me parecen muy interesantes, porque revelan todas las formas y ajustan de forma muy sensual, sugiriendo una explosión inminente.

En este mismo cajón tengo la lencería “de estar por casa”, los culottes y los shorties. Para estar por casa, me gustan los shorts de algodón, cortitos pero no demasiado ajustados, y tambien tengo una buena colección de tops de tiras y de anudar al cuello con la espalda al aire. Otras veces, para estar por casa, uso los culottes o los shorties. Me encantan los segundos, pero no son para usar de ropa interior porque se enredan. Digamos que están diseñados para ser vistos, y por eso los uso para andar por casa.

La diferencia entre ambos es que el culotte, ajustado y normalmente elástico, termina justo entre la nalga y la pierna, mientras que los shorties son un poco más cortos, y dejan un poquito de nalga fuera y, por delante, se cortan tan arriba que parecen braguitas. Son realmente muy sexys, y una forma cómoda de sentirte divina estando por casa, y también muy buenos para llevar debajo de un pantalón ajustado, porque apenas se marcan, o de una minifalda muy cortita, por si se levanta con el viento.

3088147En este cajón también guardo las medias, panties y calcetines. No soy especialmente fetichista, aunque tengo algunos calcetines medios de estilo colegiala, por si acaso (nunca se sabe cuándo los vas a necesitar). No sé porque motivo, pero también tengo los juguetes sexuales guardados en este cajón. Será por lo de “deporte”, me imagino. Pero ese no es el tema de este post…

Cajón nº6: lencería de uso especial

En este cajón tengo almacenada esa lencería que sólo se usa de vez en cuando. La verdad, la mayor parte de ella serviría para el cajón siguiente, porque es sexy y especial, pero la tengo aquí porque, supongo, la uso menos. Tengo aquí el resto de los bodys, casi todos en algodón y muy finos y ajustados. Una pena que ya no se lleven, porque es una prenda cómoda y morbosa para llevar sólo con unos vaqueros.

Uno muy especial es un body de encaje negro, muy transparente y muy provocativo. En teoría, es para llevar por debajo del traje chaqueta, pero si sales así a la calle me parece que te violan antes de llegar a la esquina. Tendré que probarlo… cuando me atreva.

Los corpiños, bustieres y corsés ocupan casi todo este cajón. No es que tenga muchísimos, pero son prendas grandes y bastante rígidas. Me encanta este tipo de lencería, para llevar el pecho bien colocado hacia adelante y durito debajo de un escote, o incluso muy explosiva para llevar bajo una camisa transparente o a la vista. Me parece la prenda íntima más erótica que se puede poner una mujer, y la lástima es no encontrar más pretextos para usarla, aparte de que dan bastante calor.

También están en este cajón las ligas y ligueros, que a veces me gusta utilizar debajo de la falda de tubo, porque las medias siempre estilizan más que los panties. Las medias de seda garantizan que te sientas como una reina, porque acarician tus piernas. No es raro sentir algo de excitación mientras te las subes.

Y entre todo esto, mi lencería nupcial: un corpiño por encima del ombligo con tanga, liguero y medias a juego, todo de color blanco pero con los lazos de las ligas rojos. Me lo he puesto bastante después de la boda, porque a mi marido le enloquece, y tengo que aprovechar mientras todavía me sirve.

Cajón nº7: lencería para el sexo

Este cajón está bastante lleno, porque en cada aniversario, y cada vez que sale de viaje, mi marido me regala lo que él llama “una lencería picante”. Tiene dinero y buen gusto, la verdad, así que más que “picante” la palabra es “sensual que te mueres”, y le gusta que me los ponga para deleitarse y animarse. Como parte de mi matrimonio, la “obligación” de lucirme es importante, pero como me gusta la lencería sexual, no protesto.

Lo que más le gusta son los conjuntos de “baby-doll”, con tiras muy finitas y abriéndose bajo el pecho para mostrar el abdomen, con culotte de fantasía ligero (casi parecen microfaldas), todo en blonda vaporosa y transparente. Tengo ocho, uno por cada aniversario de boda (es su propia tradición), todos de colores, aunque el que más me favorece es un Selmark (su marca favorita), azul con el culotte muy abierto. Cuando lo llevo, me dura poco puesto.

De los viajes, suele traer más variedad de lencería. Así tengo desde un par de batitas de seda estilo asiático, muy cortas, hasta un body de charol negro de cremallera, con guantes y botas a juego (las botas no están en el cajón, lógicamente), un sujetador y tanga de látex negro (no muy cómodo, pero muy explosivo), un “vestido” de red de color rojo que es peor que ir desnuda, y varios vestidos transparentes que sonrojan de sólo mirarlos.

Cada vez es más atrevido en los regalos, porque ahora compra por internet, y últimamente le ha dado por la lencería-disfraz: me ha regalado un top con tanga, todo de “cuadritos escoceses rojos tipo colegiala” (que incluye lacitos para hacerme las coletas), un minivestido blanco “aire enfermera” muy escotado, y la prenda íntima que más cachonda me pone, con diferencia, que es un conjunto de lencería transparente estilo criada, con un delantal de encaje blanco transparente y la cofia incluida.

 Dedicado a TrotamundoErotismo_traseros_ziza_16, por la sugerencia del tema.

 

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A solas en el sex shop

VibradorIpodA solas en el sex shop. Yo seguía mirando a mi alrededor, cuando vi movimiento tras el mostrador. Me acerqué. El mostrador era tan alto que desde fuera no se podía ver que había alguien sentado al otro lado. Privacidad para los clientes, y privacidad para el empleado. Un chico moreno con el pelo corto estaba completamente concentrado con la pantalla del ordenador, donde dos rubias con las tetas operadas se comían la boca en una piscina. El chico tenía los auriculares puestos. “Para escuchar mejor el diálogo”, pensé.

Se sobresaltó al verme. Se llevó un susto de muerte. No creo que tenga mucha clientela, pero seguro que no entran muchas chicas. Y menos todavía mujeres de mi edad. Él también se puso rojo, quizás por ser descubierto mirando porno en horas de trabajo. Pero es normal, es como si el frutero se come una manzana a la merienda. Se quitó los cascos como un rayo, y minimizó el porno en la pantalla.

-       Perdone… ¿puedo ayudarla?

Me quedé un poco atontada. Por un lado, me molestó que me tratara de usted. Ni que tuviera la edad de su madre… Y por otro, no sabía si podía ayudarme. Recordé que estaba en un sex shop, rodeada de pornografía y títulos donde las palabras “polla” y “putas” eran de lo más suave, a punto de hablar con un dependiente que casi tenía edad para ser alumno mío. Pero me sorprendió que el chico parecía muy educado, y me trató de usted. Estúpidamente, yo esperaba que me atendiesen a base de insultos, o ver a alguien con cara de enfermo sexual. Pero el chico tenía pinta de ser muy agradable, y bastante tímido. Y desde luego, muy educado. No tenía la polla en la mano, pese a estar viendo porno, lo cual también me llamó la atención.

-       Pues no lo se… – bajé la voz en tono de confidencia – ¿tienes vibradores?

-       Ah… – puso cara de “ah, claro, vibradores… ahora me lo explico” – Sí, en el piso de arriba.

“El piso de arriba” sonaba a que el último vibrador se lo habían vendido a Escarlata O’Hara. Se levantó, y le seguí. Comprobé que había otro cliente más, mirando porno al fondo de la tienda, viendo una caja donde me pareció ver una fotografía de un caballo. No quise saber más, y subí la escalera detrás del dependiente. Fue muy caballeroso pasando delante: los verdaderos caballeros pasan delante, porque los que sólo fingen ser caballeros dejan a la mujer delante para mirarle el culo.

Arriba, había de todo. Muñecas hinchables bastante feas, algunos juguetes más cómicos que eróticos, y cuatro puertas, tres de ellas cerradas. Pensé, tonta de mi, que eran cuartos de baño. Pero nadie tiene cuatro retretes, y luego me di cuenta de que debían ser para ver películas dentro. Novata…

-       ¿Qué tipo de consolador estaba buscando?

-       La verdad, no lo sé. Soy nueva. – puse una de mis sonrisas encantadoras, y el chico también sonrió.

-       Yo también soy nuevo… Quiero decir, que nunca he vendido un consolador a una chica – el también sonrió. Me gustó, porque cuando pasas de los treinta te encanta que te llamen “chica”, y no “mujer” o “señora”.

-       Ah, claro. ¿Llevas poco trabajando en la tienda? – yo lo tuteaba.

-       Dos años – se me quedó mirando.

-       Ah… Entonces es que entran pocas mujeres.

-       Es usted la primera que he visto. Y no creo que el dueño haya visto muchas más. – se le fueron los ojos un poco hacia mi escote, pero se rehizo con rapidez – Bueno… esto es lo que tenemos.

Nos paramos delante de una estantería llena de falos plastificados y estuchados. Había un par fuera de las cajas, uno con aspecto muy realista. Se me fue la mano y lo cogí. Con la mano derecha, la mano en que llevo el anillo de casada. El chico se fijó en ese detalle. Estaba tan sorprendido que ya no se fijaba en mi escote. Seguramente pensaba en una cámara oculta o una broma de su jefe.

Con aquella polla de látex en la mano, y el chico mirándome, la excitación que me había producido el encuentro con mi vecino volvió. Me di cuenta de que la situación era muy extraña, morbosa, y bien pensado, era bastante caliente. Era obvio que al chico le daba morbo vender un vibrador a una rubia casada de buen ver. Se lo iba a contar a todos sus amigos: “ayer entró en la tienda una rubia con unas tetas…”. Mi vena juguetona se despertó.

-       A lo mejor es una pregunta tonta pero… ¿se pueden chupar? – le pregunté, agitando el vibrador.

-       ¿Ahora? – abrió los ojos como platos.

-       ¡No hombre!, me refiero a si se pueden meter en la boca sin peligro. Si la pintura es venenosa, o algo así. Como los juguetes de los niños, que algunos llevan pinturas tóxicas…

-       Ah, vale… – respiró, aliviado – Si, son totalmente seguros. – respondió, pensando que aquel pito de látex no parecía un juguete.

-       Bien… Es que estoy pensando en comprarme dos. Uno que vibre, y otro como este, con forma de polla, para metérmelo en la boca y chuparlo mientras me masturbo con el vibrador.

Supongo que fue demasiado. Una rubia treintañera y pija, con minifalda y escote, explicando que piensa meterse un consolador en la boca mientras se masturba, es mucho para cualquiera. El chico no podía estar más rojo, y yo no podía estar más cachonda.

-       Es que me gusta chupar mientras me corro…

Esa frase la dejé en el aire, con cara de total inocencia. Como si estuviese diciendo que me encanta la tarta de fresas, “anda mamá, déjame otro trocito”. El chico tardó unos cuantos segundos en decir algo. No creo que estuviese pensando qué decir: creo que no estaba pensando en nada.

-       Ah… claro…

-       Sí – sonriente, segura, y muy descarada – de soltera me chiflaban los tríos, pero desde que me casé… bueno, mi marido es muy clásico.

Yo mantenía la normalidad de la conversación, como si no fuese nada. El dependiente trataba de recuperar la normalidad, o algo parecido, pero se daba cuenta de que yo se lo ponía muy difícil con mi conversación, y además seguía teniendo la polla de goma en la mano. Trató de fingir, también él, que la conversación era totalmente normal. El frutero y la clienta hablan de peras y manzanas, pues el sex-shoper y la clienta hablan de orgasmos y tríos. Y ese intento de normalidad fue su error, porque se puso a tiro para enredarlo más en mi juego. Y yo estaba juguetona.

-       Vaya, pues que pena, ¿no? – preguntó, como si yo le estuviera hablando de que mi marido roncaba, en vez de decirle que a mi marido no le apetecía que me follasen otros.

-       ¡Buf! Imagínate… ¿Tú has hecho tríos? – como quien pregunta si tienes mascota.

-       Nooooo, que vaaaa – “qué más quisiera yo”, se leía en sus ojillos vidriosos.

-       Pues no sabes lo que te pierdes. Yo estaba enganchadísima. Hasta la boda, claro – “claro, claro, faltaría más”, él ponía cara de circunstancias – Y la verdad es que lo echo mucho en falta. No hay nada como tener dos pollas para ti, chupar como una loca…

Notaba que el chaval se estaba haciendo una composición mental, conmigo como protagonista. Le estaba dando tema para su próximo millar de pajas. Sus ojos estaban perdidos, imaginándome desnuda y con dos tíos. Se sinceró. Entró al trapo.

-       Pues a mi me encantaría – dijo, tajantemente.

-       Tienes que probarlo, sí.

-       No, no… Digo… Bueno, que si tuviera una novia que le gustaran los tríos, yo estaría encantado de la vida. – “y si fuera como tu…”, se le notaban las ideas.

-       Eso dicen todos, pero luego los hombres os volvéis muy posesivos. – le sonreí, muy coqueta – O más bien, yo creo que tú piensas en un trío con dos chicas. Como la película que estabas viendo. ¿No?

-       ¡Buenóooo! Eso ya sería la hostia – confesaba, con cara de “si hago eso puedo morir en paz”.

-       Es muy caliente. A mi me encantaba compartir a un chico…

-       ¿Pero también hacías tríos con otras chicas? – me interrumpió, cada vez más interesado en mí.

-       Si, claro. Pero es más fácil encontrar dos tipos con ganas de echarte un polvo, que una chica que te de morbo hacértelo con ella y compartir a un hombre. Aunque… – pausa dramática antes de soltar la bomba – tengo que decir que nunca he gemido tanto como cuando me lo ha comido otra mujer… ¡Y mira que yo grito mucho cuando me corro!

-       ¿Sí?

-       Uf… ¡te lo juro! Grito como una loca. Sobre todo cuando me follan a cuatro patas. Normalmente en esa posición, me tienes que tapar la boca, porque sino se entera media ciudad.

-       Bufff… – resoplando, tragó saliva, como reconocimiento de que se empezaba a poner muy caliente con la conversación – A mi me encantan las tías que gritan mucho.

-       ¿Ah, sí? –sonrisa amable y natural – Pues chico, si me oyes te encantaría. Por eso tengo que llevar dos vibradores. Si tengo una polla en la boca mientras me corro, hago menos ruido, ¿sabes?

Me reí bastante de mi propia barbaridad, pero el chico ya estaba lívido. No le corría la sangre. Pensé que ya era suficiente de hacerlo sufrir. Cogí un par de vibradores, empaquetados. Me llevé uno finito, de color rosa metalizado, y otro con forma de polla, de buen tamaño. Me despedí del dependiente con una sonrisa. Estaba segura de lo que pasaría en cuanto salí de la tienda: el chico iba a dar buen uso de una de las cabinas del piso de arriba, pensando en mí. Todavía me sorprende que no se olvidase de cobrarme. Un buen empleado.

Tengo que reconocer que después de la visita al sex shop, gasté la pila del vibrador pensando en el coqueteo con el dependiente, en cómo lo había puesto a tono con mi conversación un poco descarada. Porque, la verdad, no fui demasiado atrevida. Podría haber sido mucho peor. Los días siguientes, cada vez que había intimidad en casa, encendía el vibrador, me tumbaba, y recordaba la conversación, la mirada nerviosa del chico en mis pechos, los ojos como platos en mi mano con la polla de látex, los suspiros cuando me imaginaba con dos hombres a la vez. Y también imaginaba que, mientras coqueteaba con él, mi vecino Paco estaba delante, con un DVD porno en la mano, oyéndome decir todas esas cosas descaradas, calentándose también. Y también imaginaba una conversación aún más subida de tono, más caliente y evidente.

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Soy una mujer necesitada

1petita   Soy una mujer necesitada. Ahí está lo absurdo del asunto. Soy atractiva. Digámoslo claramente: estoy muy buena, cualquier hombre estaría como loco por hacérselo conmigo.

Y a pesar de eso, estoy necesitada. Mi marido trabaja mucho, cada vez viaja más, y yo cada vez me masturbo más. Todos los días, últimamente. Normalmente lo hago en la ducha, porque me acaricio los pechos enjabonados, y luego termino tocándome los labios y metiéndome suave un dedo. A veces voy tan caliente que tengo que taparme la boca para que el resto de la familia no me escuche gemir en el cuarto de baño.

Por algún motivo, que a veces no llego a comprendes, soy fiel. Antes de casarme, no había sido demasiado promiscua. Tuve suficiente sexo, desde luego. Pero podía haber sido mucho más. Sobre todo durante la universidad, me dedicaba más a gustar y gustarme, a jugar con la provocación y el deseo, que a consumar.

Mi cuerpo, claro

28_pics  Mi cuerpo, claro. Sigo siendo alta, nunca he dejado de serlo, aunque ya no llama tanto la atención como cuando era niña y sacaba veinte centímetros a cualquier compañero de clase. Paré de crecer en un metro y setenta y tres centímetros, sin calzado. Sigo siendo delgada, y ya he llegado a esa edad en que ser delgada es más envidiado por las otras mujeres que el tamaño del pecho. Envidian eso, y que no tengo nada que se descuelga. Fui madre a los veintiséis, pero me cuidé lo bastante para no dejar restos visibles: las caderas suavemente más marcadas, y los pechos un poco más grandes, pero todo firme. Está todo en su sitio, es lo bueno de ser profesora de Deporte.

Ahora, a los treinta y cuatro, mi cara es más bonita que cuando era adolescente. Más elegante, más sexy. Las pecas finitas de la nariz me dan un aire juvenil, y por eso nadie me ubica más de treinta años. Y el verde de mis ojos llama más la atención ahora, porque de jovencita los tenía mas rasgados. Nunca he tenido los labios carnosos, pero ahora dibujan una sonrisa más confiada, más seductora. Me gusta llevar el pelo a la moda, y actualmente llevo un peinado sofisticado, en capas, una melenita corta tipo presentadora de televisión. Mucho mejor que la melena larga de cuando iba a la universidad. Sigo siendo rubia, pero ahora pongo algún reflejo más claro, más brillante.

El cuello siempre ha sido una de mis armas menos valoradas. Los hombres  normalmente no lo saben disfrutar, son más primarios: pechos, culo, pechos, culo. Pero tengo un cuello largo, suave, de niña pija, con una nuca sexy. Los hombros muy delgaditos, con alguna peca, elegantes, efecto secundario de tanto ballet. Lo mismo pasa con los brazos, otra envidia habitual. Siempre he sido de brazos delgados, finos. Las mujeres de mi familia los tenemos así. Las madres de otros niños me miran los brazos cuando llevo a mi hijo al colegio. No se lo deben creer. Hacen un buen juego con mi línea general.

Hablando claro, me encanta mi culo. Me pongo tangas y pantalones muy finos, porque siempre me ha gustado lucirlo, y es una parte del cuerpo que las mujeres debemos aprovechar mientras podamos. La suerte de tener el culo pequeñito es que, si llegas a mamá, consigue que no se note. Ahora es más respingón, más redondito, pero sigue de tamaño pequeño, apretadito. Me lo miro mucho en el espejo, y me lo miran mucho en la calle, sobre todo en la playa. 0% celulitis, como los anuncios. Me encanta caminar balanceándolo suave con los pasos. Es algo instintivo. Conservo también mis muslos de bailarina, y las piernas son mi parte favorita. Me gusta mucho todo mi cuerpo, pero tengo debilidad por mis piernas. Por eso las mantengo siempre suaves, cuidadas. Como los anuncios, también.

Soy coqueta, claro. Como todas las mujeres pijas, cuido mucho mi peluquería intima. Es una bonita forma de decir que llevo el pubis depilado, totalmente. Tiene sus problemas, sobre todo porque la zona es mucho más sensible, y una se puede humedecer con más facilidad. El roce de la lencería a veces es bastante para excitarme un rato. Pero la verdad, todo son ventajas. Además, siempre he tenido el pubis abultado, así que la peluquería de depilado total ayuda a que se marque un poco menos. No es que me moleste: con el tutú me acostumbré a que me leyesen los labios.

Me llamo Julia y soy la esposa perfecta

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Me llamo Julia y soy la esposa perfecta. Soy una mujer joven, dulce, atractiva, elegante, bien educada, independiente, sonriente y sexy. Además soy de buena familia, no rica, pero adinerada, independiente.

Tengo treinta años, veintitantos para la mayoría, un hijo de ocho, un marido de cuarenta y uno, y sus dos hijas de su anterior matrimonio, de quince y dieciocho. Soy educadora y madre para Lucas, esposa y amante para Juanjo, cómplice y amiga para Teresa y Beatriz. Enfermera, colega, psicóloga, cocinera y puta. Doy a todos lo que necesitan. Me las arreglo bien. Mi marido es un constructor de éxito. Hace mucho dinero, y trabaja mucho para hacer más. Yo soy la mujer del constructor. La rubia mujer del constructor, la pija mujer del constructor, la maciza mujer del constructor. Depende a quien preguntes.

También tengo mi vida. Soy profesora de enseñanza secundaria en un colegio privado. Bastante buena. Un buen puesto, un buen sueldo. El sueldo es todo mío, la familia no lo necesita, y mi marido ni siquiera pregunta cuánto gano. Me doy caprichos, pero no suelo pasarme. Lo empleo casi todo en ropa, en mis gastos, y algún viaje. Me encanta la ropa actual, moderna, sexy. Me gusta que las otras mujeres envidien mi ropa, y mi cuerpo. Los hombres también sienten envidia cuando me ven. Hombres de todas las edades. Normalmente se paran, mueven la cabeza despacio. Algunos disimulan, otros no. Me gustan los que disimulan, los que miran sin mirar, y caminan todavía unos cuantos metros detrás de mí para verme un poco más.