A veces el cuerpo pide una ducha, porque es un pretexto para disfrutarse.
Obviamente, no hablo de sólo higiene. Pero tampoco estoy hablando de sexo o masturbación. Sólo del puro placer que una mujer y su cuerpo sienten cuando se regalan una ducha con tiempo, sin relojes, teléfonos ni apuros. Sin salidas del colegio ni extraescolares, simplemente el agua, los jabones, la espuma y el cuerpo.
Tengo al menos una hora y media.
Me descalzo los tacones de la calle. La primera sensación primaria son las plantas descalzas y cálidas contra la madera del suelo tibia. Me encanta estar descalza y la sensación de libertad que te ofrece. Después el cinturón y los vaqueros, que se quedan en el cesto de la colada. En braguitas y camisa preparo el ritual. Hay tantos tipos de mujeres como cantidad de toallas usamos para la ducha. Yo soy del raro club de las Tres Toallas, por costumbre familiar: cuerpo, pelo y piernas. Suavizante, cremas, champú y jabones, como el recetario de una brujita hermosa.
Como esta ducha la voy a escribir para vosotros… me permito el gesto de dejar la camisa en el suelo de la habitación después de desabrocharla. Es un gesto para la galería. Normalmente esa camisa se iría al cesto, con los vaqueros, pero esta ducha os la dedico y brindo con mi camisa en el suelo. Las braguitas y el sujetador, sobre la cama, como señal de Mujer Duchándose en el código internacional de Señales Textiles. Desnuda, pero con las joyas, camino hacia el baño.
La joyería se queda en una bandeja, en la pila del baño. También un leve aire de sombra de ojos y un suave lápiz de labios se quedan frente al espejo, antes de entrar en la ducha. Un gesto especialmente erótico, morbo doméstico, es el paso de piernas, cuando estando totalmente desnuda pasas sobre el borde de la bañera para entrar bajo el agua. Mi marido lo hace todo a lo grande y, por eso, tenemos una bañera enorme y un teléfono de ducha de tamaño cabina. No criticaré su gusto por el lujo en este caso, porque la sensación de ducharse bajo una enorme cascada de agua cálida es maravillosa, aunque los lectores ecologistas torcerán el gesto al leer esto.
Primer contacto con el agua caliente. Escalofríos dulces, el agua resbala por la piel, se cuela entre los pechos, baja por el ombligo, barre suavemente la espalda y se vierte entre las nalgas y las piernas. Cara hacia arriba, boca abierta, manos echando hacia atrás el pelo… el ritual universal. Todas las mujeres empezamos así la ducha, aunque no es necesario. Y es por culpa del cine, porque todas nos sentimos Janet Leigh en la ducha, aunque afortunadamente Norman Bates no suele aparecer tras la cortina.
La silueta erótica que se pinta en más ocasiones de una ducha femenina es la del cuidado capilar. No creo que a los hombres les interesen mucho las puntas abiertas, pero les seduce en lo más profundo el perfil de una mujer con sus dos manos en la cabeza. Por suerte para ellos, los jabones y cremas capilares son la parte más metódica de la ducha. Si os asomáis a la ducha de cualquier chica, seguramente la cogeréis enjabonando el pelo. Cuando me enjabono la cabeza cierro el flujo de agua. Como la bañera es muy grande, tiene una mampara baja de forma que durante toda la ducha me veo reflejada en el gran espejo del baño. Desnuda, con las manos en la cabeza. Indudablemente, una posición sugerente, que dura unos cuantos minutos y se repite, en mi caso, cuatro veces. Los dedos acarician la cabeza, a veces también la nuca, y el vapor relaja los músculos, dejándote en un dulce estado de embriaguez no alcohólica.
Terminado el pelo, sigue el cuerpo. Cuello, con las dos manos, y resbalando hacia los pechos. No puedo evitar una sonrisa pensando en explicaros cómo me enjabono los pechos. En la mayor parte de los días, los pechos no se llevan mucha atención. Son una parte del cuerpo firme, turgente, sin pliegues, de manera que se enjabonan con facilidad y se aclaran con todavía mayor simpleza. Pero para los hombres, espuma en los pechos es un grito de guerra primario. Hoy, por vosotros, me miro en el espejo mientras me enjabono las tetas, por el escote, canalillo, bordes y, al final, la parte inferior y los pezones. Con el calor, los pezones están en la ducha normalmente en su mayor tamaño, suaves y delicados.
Abdomen con manos abiertas, hasta la cadera, abrazando por la cintura muy estrechamente para llegar a la espalda y entrar en el territorio de las nalgas. Sigo viéndome al espejo, colocándome de perfil para ver cómo el jabón conquista mis nalgas y mi mano llega a mi culo, mientras la otra se ocupa de mi pubis, que siempre está más caliente que la ducha. En una ducha íntima, este sería el primer momento ideal para dar rienda suelta al autosexo, pero hoy sólo hablamos de una ducha.
Me parece especialmente erótico enjabonarme las piernas. Apoyo cada pie en el borde de la ducha, que es bastante alto. A mi marido le gusta verme hacerlo, desde la puerta, donde tiene un panorama estupendo de mis piernas separadas y mi sexo abierto. Me imagino que a vosotros también os gustaría estar en mi puerta ahora mismo. Al terminar con todo el jabón, con la manguera, despacio, dejo correr el río de agua caliente por todo mi cuerpo, allí donde hay espuma, para que vuelva a asomar mi piel. A menudo, al borrar la espuma de mis pechos, los pezones están un poco más apretados que cuando los enjabonaba. Hoy, por vuestra culpa, están realmente duros, porque sé que me estáis mirando.
Me resisto a masturbarme, porque hoy sólo hablamos de una ducha. Sin duda, los manguerazos calientes de agua limpia son el mejor momento para autosatisfacerse, con o sin el agua. Me encanta verme en el espejo con el agua resbalando por todo mi cuerpo. Podéis reíros, pero siempre me dedico una última mirada al espejo, de varios segundos, antes de cerrar la llave de paso.
Melena a un lado, escurriéndola sobre mi hombro derecho. Me dejo el pelo mojado apoyado en ese hombro mientras recojo la toalla. Así, desnuda con la melena mojada, es como más excita a mi marido verme. Sin toallas. La primera de las tres se hace turbante en mi pelo, la segunda envuelve mi torso, como un minivestido. Mientras tanto, la tercera acaricia mis piernas, otra vez con un pie apoyado en el borde de la bañera. En esa posición, con el calor de la ducha, puedo notar el leve frescor del aire que se cuela por la puerta entre mis piernas, templando mi vulva. Vestida sólo con la toalla, en esa estampa que es puro erotismo universal, salgo del baño y voy al vestidor, para escoger la ropa. Elijo un tanga transparente de color granate, a juego con el sujetador, también transparente y los llevo sobre mi cama.
La ducha no termina cuando las toallas acaban su trabajo. Primero un poco de crema para el pelo. Al subir las manos la
toalla os quiere dar un regalo y se suelta, dejándome desnuda. Esto no siempre ocurre, pero hoy la suerte está de vuestra parte. Me ahorra desnudarme, porque tras la crema para el pelo llega la hidratación para el cuerpo, mi parte favorita de la ducha. Con una hidratante fresca, me acaricio los hombros, la espalda, los pechos y abdomen, las caderas y, con un cuidado especial, dedico otra vez tiempo a hidratar mis piernas.
La mejor forma de que la piel absorba la hidratación es aguardar desnuda. Normalmente es una espera breve, dentro del baño o en el dormitorio. Hoy estoy sola en casa y me dedico un paseo desnuda hasta el vestidor, donde escojo el vestido azul, corto y de escote cuadrado, bien entallado, que favorece mi escote, especialmente con la lencería que he escogido.
La ducha se termina al vestirse. Primero la braguita, ajustando la blonda transparente en las nalgas. Luego el sujetador, sosteniendo una visión elegante. Por encima el vestido y unas sandalias. Sin joyas, porque no tengo tiempo: me he entretenido tanto que mi hijo sale de sus actividades en sólo veinte minutos.
Pero esta ducha para vosotros ha valido la pena.
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