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Me desayuno

Es un placer extraño para una madre y esposa desayunar a solas en su propia casa.

No quiero parecer insolidaria, ni una madre irresponsable, pero el día a día cotidiano nos hace añorar lo que ya rara vez tenemos. En mis desayunos hay habitualmente cafés y colacaos, tostadas y besos maternales, mermeladas y mantequillas, pero no hay silencio ni intimidad.

Hoy sí lo hay.

“Una conjunción familiar hace que esta mañana de sábado Julia desayune sola”.

Casi no puedo ni creérmelo pero, desde luego, lo voy a celebrar. Una madre nunca sabe cuando será la próxima vez que tenga el raro placer de desayunar en silencio y sin necesidades urgentes que auxiliar a su alrededor.

Me voy a celebrar mi propio desayuno privado.

Cerca de la urbanización hay una pastelería delicatesen que hace unos bollos de mantequilla para derretirse de placer. Es precisamente lo que necesito. Sandalias, vaqueros ajustados, camiseta desenfadada y el pelo recogido para darme un paseo hasta ese lugar de vicio y perdición que, para cualquier mujer, es una pastelería. Pocos hombres conocen el secreto de cómo llegar entre nuestras piernas a través de nuestro paladar. Una verdadera lástima. Con este pensamiento en la cabeza llego al establecimiento. Un verdadero cerebro en marketing contrató como dependienta de los fines de semana a una dulce chica morena, de voz angelical y ojos de hada, todo amabilidad. Ella no lo sabe pero hoy es cómplice de mi placentero desayuno secreto a solas. Me despacha los bollos en una bolsa de papel muy sofisticada mientras me hace, entre sonrisas, las preguntas normales sobre mis hijos.

- Se han ido todos, hoy desayuno sola.

En su mirada me parece ver algo de entendimiento, comprensión de la tranquila y sensorial celebración de mi desayuno a solas. Con su dulce sonrisa y mi bolsita de papel rellena de bollos del pecado me vuelvo a mi casa. Ya en la urbanización, saludo a varios vecinos que me devuelven miradas educadas y algún soslayo breve a mi cuerpo. Noto en sus saludos que más de uno de ellos estaría gustoso de venir a desayunar a mi casa hoy. Está bien tenerlo en cuenta. El futuro es largo.

Pero hoy desayuno sola.

Espontáneamente, en cuanto atravieso la puerta sé lo que tengo que hacer. Una ocasión especial como esta merece un atuendo especial. Por eso las sandalias se quedan en el mueble y los pantalones y el top se acomodan en un taburete de la cocina. Qué mejor manera de desayunar conmigo misma que hacerlo en lencería. Unas braguitas suaves de blonda celeste y un sujetador que le va a conjunto. Cómoda y sexy.

¿Cuántas mujeres en el mundo habrán puesto la cafetera en bragas y sujetador?

Desde luego, muchísimas. Hoy soy una más de ellas. Este sencillo acto, impropio en un hogar familiar, me hace ser más consciente del raro festejo que estoy celebrando. En seguida el olor del café llena la cocina. Creo que nunca os lo he dicho, pero el olor del café recién hecho por las mañanas me resulta muy erótico. También el de las tostadas. Nunca lo he consultado con un especialista pero sería divertido ver la cara que pone un psicólogo si le cuento algo así. Por supuesto, hago tostadas para acompañar ese café que está hirviéndose. También troceo un mango y unto con mermelada de fresa mis bollos de mantequilla.

Todo mi festín en un plato y una taza.

Me siento en el taburete. Nunca había sentido la piel de los taburetes de mi cocina directamente sobre mis nalgas y la parte superior de mis muslos. La sensación es nueva, diferente. Me siento expuesta, aunque no hay nadie más conmigo. Resulta muy excitante. El mango fresco me llena la boca, jugoso. Gotea mi barbilla. En el segundo trozo decido dejarlo gotear en mi busto y noto como resbala su esencia entre mis pechos. Sorbo de café caliente, contraste muy amargo, masculino. Mi propia taza de café me seduce.

El primero de los bollos con mermelada llega como el primer sexo oral: marca el final de los preliminares. Este desayuno está yendo más allá de lo que había pensado. Chupo la mantequilla, lamiendo muy despacio la superficie suave del bollo, antes de tragármelo casi entero. Nunca le había hecho una felación a un bollo de mantequilla. Cojo el segundo y me voy al ventanal. Me apoyo en la pared y miro hacia fuera mientras saboreo más despacio el segundo bollo. Desde mi cocina, casi desnuda, veo pasar a dos vecinos, uno hacia su casa y otro desde ella hacia el coche. Ellos seguramente no me ven, pero otros sí podrían verme ahora mismo desde sus casas. Eso me da un escalofrío. Nunca he sido así en mi ambiente. Es mi primer acto de exhibicionismo en mi urbanización, desayunando en bragas ante el ventanal de la cocina. Puede parecer poco, pero es un gran salto para mí.

Cuando termino el segundo bollo estoy ya cachonda. Noto mi humedad. Puedo incluso olerla. El hecho, raro, de sentir el aroma de mi sexo en mi cocina, entre el olor a café y tostadas, me provoca una curiosa mezcla de pudor y deseo. Cojo la taza de café con las dos manos, como si su calor me confortase en esta sensación nueva para mí. Saboreo la taza mientras veo a una de mis vecinas, Eva, que sale a regar las plantas de su terraza. La observo mientras bebo el café despacio. En uno de sus movimientos de cabeza creo que me ha visto. Al menos, me parece que ha podido ocurrir. El escalofrío es punzante. Pero no me disuade, sino que me dispara.

Es precisamente esa posibilidad la que me decide. ¿Qué pensará de mí si me ha visto? Desayunando en braga y sujetador frente al ventanal, donde podrían verme los vecinos de varias de las casas cercanas e, incluso, alguno desde fuera de las parcelas. Eva no es una de las vecinas cotillas de la urbanización, pero si me ha visto desde luego tendrá su propia opinión. Todo esto me embiste. La excitación está ya en el límite, con un sabor especial que nunca había sentido antes.

Está decidido. Me voy a masturbar aquí, en la cocina. En la misma cocina en la que desayunan mis hijos y preparo café con pastas para las visitas de cortesía.

Me separo del ventanal y apoyo una nalga en el taburete. Mi mano derecha se pierde dentro de mi braga, acariciando mi humedad. Doy otro sorbo al café, que sostengo todavía en mi mano izquierda. Esa taza es el componente masculino en todo esto, no hay duda. Por eso huelo y saboreo su último sorbo justo cuando entierro dos dedos dentro de mí. La humedad me ayuda a hacerlo con suavidad.

Me estoy masturbando. Sin prisa. En mi cocina. En bragas. Desayunando.

No tengo apuros. Gozo de mis labios, de mi clítoris. Me siento libre y extraña, fuera de mi cuerpo, tomada por una fuerza que no conozco. No hay apremio, sólo un dulce disfrute privado que sólo yo entiendo. Mientras me masturbo sigo sosteniendo la taza, pero cada vez mi cuerpo se tensa como una cuerda. El taburete resbala, la mano se sacude, se agita. Empiezo a luchar conmigo misma en mi sexo. El ruido de la porcelana contra el suelo me dice que he soltado la taza. Y no hay instinto de madre, no pienso en recogerla con cuidado y limpiar el suelo. El ruido de la porcelana rota me dispara: soy esa madre que se masturba en la cocina en que desayunan sus hijos y estoy tan entregada que he roto la taza.

Mi sexo se precipita y me consume. Sabiendo perfectamente lo que hago, cojo el plato sobre el que he desayunado y lo tiro al suelo con fuerza, haciéndolo añicos, mientras mi mano sigue hundida en mi humedad. El ruido del plato roto es un orgasmo que me dispara, echándome hacia adelante, sobre la barra, en un gemido. Es entonces cuando me doy cuenta de que llevo minutos rebotando mis jadeos contra el eco de la cocina. La sola idea de que mi sexo suene y retumbe en ese lugar de la casa me hace perder el poco control y vaciarme de tensiones. Me dejo ir en un orgasmo tan dulce como los bollos con mermelada.

Ya no puedo decir que nunca he roto un plato.

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Test Morboso de los Lectores – DIANA (Segunda Parte)

ÍNTIMO

UNA FANTASÍA CLÁSICA QUE TE EXCITA – Desde que vi una película de chavala, me pone la idea de estar presa en una cárcel de mujeres llena de tías buenas muy duras y malotas que se aprovechan de mí por ser la última interna en llegar. Es una fantasía muy películas, pero me pone cachondísima.

¿HARÍAS UN STRIPTEASE CON GENTE VIÉNDOTE? – Sí, he hecho de stripper.

¿TE GUSTA QUE TE ESPÍEN? – Me pone.

¿FOLLARÍAS CON “PÚBLICO”? – Si no participan, prefiero que no miren.

CUENTA EL “ESPECTÁCULO” MÁS LLAMATIVO QUE HAYAS MONTADO EN PÚBLICO – Un día de verano salí en pelotas al balcón en casa de mis abuelos. Es una zona donde pega mucho solete y se está muy rico tomando allí el sol, así que lo hacía más veces lo de tomarlo desnuda allí porque como viven en el ático de una torre alta, nadie te ve. A veces ya salía directamente desnuda al balcón, si estaba a solas en casa. Esta vez fue así y salí desnuda, coloqué la tumbona, me preparé algo de beber, me eché las cremas. Cuando me tiré al sol fue cuando me di cuenta de que estaban techando el edificio. Había como tres albañiles renovando la teja, mirándome desde unos cuatro o cinco metros de distancia y sin decir nada. Y yo en pelotas tomando el sol con las piernas abiertas. Me volví para adentro muy cortada. Creo que tenía 17 o 18 años entonces. Si fuese ahora a lo mejor me quedaba a tomar el sol de todas formas en pelotas delante de ellos. Muchas veces he fantaseado con qué habría pasado.

¿TE HAN PILLADO HACIÉNDOLO? – Sí. Mi abuela. Cuando estaba de vacaciones en el piso de mis abuelos, los veranos, hacía muchas cosas, aparte de tomar el sol en pelotas. Me guardó el secreto.

¿TÚ HAS PILLADO A ALGUIEN? – Nunca.

LA PRIMERA VEZ QUE TE EXCITASTE EN TU VIDA – Pues no me acuerdo.

¿HAS SIDO UNA LOLITA? – No, era más bien grunge.

¿QUÉ MADURO FUE EL PRIMERO EN DARTE MORBO? ¿CON QUÉ EDAD? – Nunca me había fijado en los hombres más mayores que yo. Osea, unos pocos años sí, pero no hombres maduros que me sacasen diez años o más. Cuando abrí la peluquería empecé a tener muchos clientes de más de 40 años y empecé a notar que más de uno me excitaba por cómo me miraban.

¿Y TU PRIMER ROCE CON UN MADURO? – Pues un cliente de 50, muy elegante. Es un habitual, un tipo que viene todas las semanas. Un día me pidió de favor personal que le cortase el pelo en su casa al echar el cierre. Fui. No le corté el pelo, pero follamos hasta la noche.

¿QUÉ MADURO TE EXCITA AHORA? – Varios clientes.

¿Y QUÉ JOVENCITOS TE DAN MORBO AHORA? – No me ponen los niñatos.

¿BESASTE ALGUNA VEZ A UNA CHICA? – Muchas.

¿A QUIÉN LE HAS TOCADO LOS PECHOS? – Varias amigas. Cuando me iba a poner tetas, con la excusa, le pedí a muchas amigas que me las enseñasen y también toqué bastante. Luego cuando me lío con una tía siempre le toco las tetas, claro.

CONFIESA A QUÉ CONOCIDOS TUYOS DESEAS ACTUALMENTE. – Además de esos tres o cuatro clientes que me atraen, lo típico: algún novio de alguna amiga o conocida y eso.

¿ALGÚN PARIENTE? – Mi cuñado está buenísimo, pero es fiel a mi hermana.

¿ALGUNA CHICA? – No voy a decir nombres, pero tengo algunas amigas que sí que me ponen bastante y me gustaría hacerlo con ellas. Lo que pasa que no son tan abiertas a experimentar como yo.

¿QUIÉN DE TUS AMIGAS TE PARECE MÁS GUAPA? – Mi hermana. Es un bombón.

¿Y MÁS SEXY? – Mi mejor amiga. No soy objetiva, pero me parece supersexy y preciosa. Es morena con ojazos y unas tetas preciosas.

¿DESEAS AL NOVIO/MARIDO DE ALGUNA AMIGA TUYA? – Dos o tres.

¿TIENES NOVIO/MARIDO? – Estoy recién casada.

¿QUÉ OPINAS DE LA INFIDELIDAD? –Me cuesta ser fiel, pero de momento…

¿QUÉ PARTE DE TU CUERPO TE ENLOQUECE QUE TE TOQUEN? – El culo.

¿PALABRAS FUERTES QUE TE EXCITA QUE TE DIGAN MIENTRAS FOLLAS? – Todas. Me ponen los tíos muy cerdos en la cama que me hagan sentir cerda.

SEXO

EN EL SEXO, ¿CÓMO TE DEFINIRÍAS CON UNA SOLA PALABRA? – Guarra.

¿MANDONA O SUMISA? – Sumisa.

PRIMER ORGASMO ¿RECUERDAS LA PRIMERA VEZ QUE TE MASTURBASTE? – Con un vibrador de mi hermana, lo probamos mi mejor amiga y yo por ver como era. Flipamos.

¿CUÁL ES LA POSTURA Y EL SITIO PERFECTOS PARA MASTURBARTE? – No me masturbo mucho. Follo mucho y me va muy bien así.

¿TIENES/USAS JUGUETES SEXUALES? – Bolas y diferentes vibradores. Además esposas, fustas, pinzas…

¿CUÁNDO Y A QUIÉN LE HICISTE TU PRIMERA PAJA? – Con 13 a un compañero de clase, en el baño durante la pausa.

¿Y CON QUÉ EDAD CHUPASTE POR PRIMERA VEZ? – Fue la misma vez. Le hice la paja y se la chupé.

¿TE GUSTA CHUPAR? – Más tragar que chupar.

¿LO MEJOR QUE TE HAS LLEVADO A LA BOCA? – Un marroquí que tiene un kebab en el barrio donde tengo la pelu, que es una auténtica barbaridad.

EJEM!… ¿TRAGAS EL SEMEN? – Sí.

¿TU SITIO FAVORITO PARA EL SEXO? – Me pone cachonda follar en el coche.

¿Y EL MÁS EXTRAÑO? – La silla de peluquería. Antes de abrirla, la tenía en casa y a mi chico de entonces le excitó la idea de estrenarla follando.

¿POSTURAS FAVORITAS? – Me gusta él sentado y yo encima.

¿TU MEJOR POLVO? – La primera vez que me puso las pinzas en los pezones. Me corrí como una loca y menos mal que estaba amordazada.

¿EL MÁS MORBOSO? – Ese mismo.

RECORD DE POLVOS Y ORGASMOS – Algún día que perdí la cuenta.

¿CÓMO SON TUS RUIDOS SEXUALES? – Hablo mucho e insulto, gimoteo y cuando me azotan grito fuerte.

¿PRACTICAS EL SEXO ANAL? – Sí.

¿QUÉ EDADES TENÍAN EL MÁS JOVEN Y EL MÁS MAYOR CON LOS QUE HAS TENIDO SEXO? – Los más jóvenes pues cuando era adolescente y ellos también lo eran, sobre 15 o 16. Los mayores, alrededor de 50.

¿HAS ESTADO CON DOS O MÁS HOMBRES? – Desde dos hasta siete.

¿TRÍO CON OTRA CHICA? – Con tres chicas diferentes.

¿Y HAS ESTADO CON ALGUNA MUJER? – A solas ella y yo, sólo dos veces.

¿HAS FOLLADO CON EL NOVIO/MARIDO DE ALGUNA AMIGA TUYA? – Exnovios sí me he follado a uno, pero siendo novios de ellas nunca.

¿HAS HECHO SEXO PARA CONSEGUIR ALGO A CAMBIO? – No.

¿HAS COBRADO DINERO POR HACER SEXO? – Cuando hice strip alguna vez me ofrecieron un plus por follar. Una de las veces los tíos me daban morbo y acepté. Luego no les quise cobrar y casi se enfadan conmigo.

¿TE GUSTA QUE TE AZOTEN? – Con fusta, me gusta que me marquen las nalgas. Lo que más me pone es escuchar la fusta en el aire justo antes de sentirla.

¿CÓMO SERÍA TU FOLLADA PERFECTA? – Encadenada a un potro con dos o tres pollones enormes usándome a su antojo.

DI UNA PERVERSIÓN CON LA QUE HAYAS FANTASEADO O TE DE CURIOSIDAD – A veces sigo atendiendo clientes después de la hora oficial de cierre. Bajo las persianas para que no me pongan una multa por no respetar el horario y sigo dentro cortando el pelo. Es morboso muchas veces quedarse a solas con el cliente a puerta cerrada. Fantaseo mucho con que algún cliente aprovecha que estamos encerrados para violarme.

LA MAYOR PERVERSIÓN EN QUE HAYAS PARTICIPADO – Un bukkake con un exnovio. Jugaba al baloncesto y se trajo a seis compañeros del equipo para hacérmelo entre todos. Me puso muchísimo. Él decía que tenía muchas ganas de hacerlo pero luego de hacerlo se puso muy celoso y cortamos al mes.

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Diana, muchísimas gracias por compartir tus intimidades y por dejarme colgarlas en el blog.

Si os animais a responder al test:

ad.ultera@ymail.com

ESTRENOS (4ª parte): mi primer polvo

ziza_1El primer polvo. La pérdida de la virginidad.

Las mujeres, todavía en mi generación, éramos educadas para valorar ese momento, en la absurda creencia cultural de que, magnificando esa ocasión única, seríamos cuidadosas a la hora de elegir el momento y la persona. Realmente, eso no tiene nada que ver: el sexo es un impulso, el morbo es imparable, y si la excitación sexual viene a por ti, te da igual lo sagrado que sea tu virgo. Nunca he puesto por escrito mi primera vez, y me lo estaba guardando para el blog. En esta pequeña serie de “Estrenos” ha llegado el momento.

Llevaba poco más de un mes en la Universidad. Con 18 años, y estando en primero de carrera, te sientes en la cima de tu sexualidad. Aunque seas virgen.

Ya no te ves como una niña, como una adolescente desgarbada, sino como una mujer. Si además vives en un piso con otras chicas universitarias, como era mi caso, el hecho de estar lejos de tus padres aumenta tu sensación de libertad y madurez sexual. Sientes que los hombres, de todas las edades, te ven como un pastel que quieren comerse con todas sus fuerzas. Pasas por la calle delante de ellos, con tu pelo recogido en una cola o un moño de estudiante, con tu carpeta en la mano, los vaqueros ajustados y las camisetas juveniles, y notas sus pensamientos sobre ti como si los pronunciaran en voz alta. Eres para ellos una promesa de placer, aunque tu experiencia se reduzca a poco más de una decena de encuentros sexuales, juveniles y apurados, todos ellos solucionados con masturbaciones manuales o sexo oral.

Elegí una carrera muy masculina. En mi clase sólo éramos doce chicas, un porcentaje muy escaso para los más de cien alumnos. Además, la mayoría de chicas cumplían un perfil bastante masculino, con cuerpos fuertes y espaldas grandes. Muchos compañeros pensaban que me había equivocado de edificio, y hacían algunas bromas sobre mí y sobre Paloma, otra chica que, como yo, no parecía encajar mucho en aquella clase llena de deportistas. Resultábamos quizás demasiado femeninas, pijas y delicadas para estudiar Ciencias del Deporte. Prejuicios. La parte buena es que había una cantidad muy respetable de compañeros que estaban muy potentes físicamente, altos, buena planta y fuertes, aunque no demasiado listos. Prejuicios de nuevo, esta vez por mi parte.

Nunca había sido mala deportista, pero tampoco era una atleta. Como bien saben todas las mujeres a partir de los 25, con 18 años no tienes que hacer absolutamente nada para tener el cuerpo que tienes. Y ese era mi caso. De todas maneras, para luchar contra los prejuicios de mis compañeros, y para estar preparada por si el nivel de exigencia física aumentaba, me apunté a un gimnasio que estaba justo bajo mi piso de estudiante. Había más universitarias, pero yo era la más joven. La moda de entonces era el aerobic, y por supuesto me apunté. También hacía cinta y bicicleta, y pasadas un par de semanas, también empecé a hacer piscina. No hacía falta ser muy avispada para ver que había mucho interés a mi alrededor, por parte de la mayoría de los hombres del gimnasio, incluso de algunas mujeres.

Se llamaba Juan, y todo el mundo le llamaba “Toque”. Era cliente de los “habituales de siempre”, amigo de todos los monitores del gimnasio. Treintañero, agradable, muy simpático sin ser cargante, fuerte, moreno de piel bronceada y un poco bajito. De hecho, yo era más alta que él, lo cual me daba una sensación de poder, de controlar aquella amistad, aunque él casi me doblase la edad. “Toque” se traía un rollito un poco peculiar con mi monitora de aerobic, Begoña, la típica monitora de aerobic fibrosa, aunque era una chica realmente guapa y muy dicharachera. Luego me enteré de que habían estado liados. En el gimnasio se comentaba, entre las chicas, que era un amante estupendo. Tenía un prestigio. Pasaba mucho por el grupo de aerobic, a saludar a Begoña, y a veces se quedaba también a ver la clase, o a participar. Yo solía hablar con Begoña sobre mi preparación, ella estaba al corriente de lo que yo estudiaba, y a través de ella empecé a relacionarme con él.

Era muy agradable conmigo, casi paternal, pero tampoco ocultaba su interés sexual. Me miraba con normalidad, disfrutando con las vistas, y me soltaba algunos piropos, muy comedidos, siempre dentro de lo agradable. Eso me encantaba. Es muy halagador, con 18 inexpertos años, que un tipo de treinta y pico curtido en mil batallas te encuentre atractiva. Una amiga mía, para explicárselo a los hombres, siempre pone el mismo ejemplo: de la misma forma que cuando un hombre se cambia de coche le gusta que la gente le diga lo estupendo que parece el nuevo coche, a las chicas jóvenes les encanta que los hombres admiren su recién adquirida “carrocería” de mujer.

Como suele ser habitual entre mujeres, me di cuenta de que mi relación con “Toque” entraba en una nueva fase cuando empecé a notar que las otras chicas del gimnasio empezaban a mirarme mal. Incluso Begoña parecía algo tensa o celosa, aunque sin duda estaba acostumbrada a que él tuviera líos con chicas. Para las clientas de más de 25-30 años, la nueva “chavalita” de 18 (yo) empezaba a ser una rival en las atenciones de los hombres. Me hacía gracia esa situación, porque en el fondo pensaba que no sabría que hacer llegado el caso de que un chico del gimnasio ligase conmigo, esperando “algo” sobre lo cual yo era una total ignorante.

Empecé a coquetear con “Toque” de forma más evidente. Armas de mujer: la ropa un poco más ceñida, alguna caída de ojos sutil, prestarle atención especial cuando me hablaba, intentar quedarnos a solas o con una cierta intimidad… No suele fallar, y no lo hizo. Apenas un mes después de conocernos, ya teníamos una amistad bastante estrecha, él a veces se acercaba por las noches a donde yo estaba con mis amigas, para saludarme (y marcar territorio, por supuesto). Mis amigas, todas de mi edad, alucinaban con el treintañero macizo que me había ligado.

De una forma muy calculadora, debo reconocerlo, había decidido acostarme con él, porque me parecía la persona más adecuada para mi primera vez. No desde un punto de vista “romántico” de la pérdida de la virginidad, sino desde una visión más práctica: estaba bueno, me ponía, se moría de ganas de hacérmelo, y, sobre todo, era experto y sabía muy bien lo que hacía. Siempre he pensado que es mejor estrenarse con alguien que sabe lo que hace, que echar un polvo 100% novato, porque por mucho que te guste la otra persona, si los dos sois vírgenes va a ser un desastre. Él recibió mis señales, y me invitó a pasar unos días con él en una casa que tenía en el campo. Me daba un poco de miedo, para que negarlo. Nunca me había ido con un hombre, sólo tenía 18, etc., etc. Pero acepté. Lo difícil ahora era cómo decirle que, a pesar de ser un bomboncito de rubia, era virgen. Porque además, si se lo decía, quedaría claro que yo también quería sexo con él, situación algo embarazosa y muy poco apropiada para una “señorita”. Así que no dije nada.

Metí en mi mochila bastante lencería y un par de camisones interesantes. Imaginaba que saldríamos poco de casa. Nada más llegar me lancé, al fin y al cabo estábamos solos en su casa y había pocas dudas al respecto de qué hacíamos allí: me acerqué a él, puse mis manos alrededor de su cuello, y le besé. Él lo estaba deseando, y me respondió con efusividad y pasión. Aunque era algo más alta que él, era mucho más ligera: me cogió por las nalgas, bajo mi falda, y me echó sobre el sofá con una facilidad que me puso muy cachonda. Era la primera vez que trataba con un hombre que me trataba como una mujer, y estaba más excitada de lo que nunca habría imaginado poder estarlo.

Me puse sobre él. Siempre he sido muy peleona en el sexo, y ya entonces, en mi primera vez, lo fui. Tomé la iniciativa, me quedé con los pechos al aire, sabiendo que eso le encantaría. Me daba poder y confianza: usaba mis valores seguros, eso me hacía sentirme tranquila, y mucho más cuando le saqué la polla y empecé a chupársela. Todo aquello me era conocido. Calmaba mi morbo ocupándome de él. Sus manos no dejaban de regalarse en mis pechos y mis nalgas, y yo me notaba humedecer cada vez más.

Mi sexo oral le encantaba. Eso aumentó mi confianza. Pero “Toque” quería follarme, evidentemente. Así que se revolvió, cambió el equilibrio, se puso sobre mí y me quitó el tanga con habilidad. Yo seguía cachonda, pero ya estaba más tensa. Me abracé a él, porque realmente estaba muy excitada. Sólo le susurré, muy bajito, que me lo hiciera con cuidado. No sé como consiguió escucharme, pero me oyó, y debió entender. Sus manos, suavemente, me empezaron a acariciar y masturbar. Yo no podía aguantar mis gemidos, me moría del placer. Bajó su cabeza para chuparme, y con eso perdí totalmente el control. Notaba la necesidad de ser follada. Y entonces fue cuando lo hizo. Al principio con un poco de calma. Al notar su polla, dura, y sobre todo la temperatura, dentro de mí, la sensación era muy extraña, pero me gustaba. Poco a poco empezó a bombear, siempre con cuidado. Noté el dolor agudo, pero se mezclaba con el placer, y poco a poco desapareció y todo era placentero. Raro, nuevo y placentero.

Era un experto, estaba en buena forma. Empezó a follarme de forma profunda, siempre sin ser brusco, y mientras tanto me besaba los pechos y me masturbaba. Yo no podía hacer nada. Estaba paralizada de placer, y con la sensación totalmente nueva, todo mi cuerpo estaba entregado al aquella sensación maravillosa. Sólo pude notar el orgasmo cuando llegó, totalmente por sorpresa, y me puse a gritar de placer, clavándole las uñas en los hombros. Él sonrió, sabiendo que lo había hecho bien. El resto del fin de semana… continuamos experimentando mis conocimientos recién conseguidos.

ad.ultera@ymail.com

ESTRENOS (3ª parte): mi primera mamada

mmmdEste tema también había salido en el Test:

“¿Y con qué edad chupaste por primera vez? -Año siguiente (17 años), al acabar el instituto, me dije que no podía despedirme sin hacérselo a un compañero por el que estaba coladita. No lo hice nada mal, y desde entonces es algo que hago particularmente bien.”

http://diariodeunaadultera.wordpress.com/2009/01/29/un-test-subido-de-tono

Al siguiente curso, con diecisiete, no podía despertar más envidias. Nuevo crecimiento de pecho, casi el definitivo. Nuevo ciclomotor, último modelo, de color verde ácido. Y mis fotos en algunas marquesinas, autobuses, anuncios en los periódicos locales y cuatro escaparates de la ciudad. Mis fotos también estaban en las carpetas de varios de mis compañeros. Además de ser rubia, tetuda y gilipollas, ahora era modelo. Las únicas chicas que me hablaban era aquellas que tampoco tenían complejos con su cuerpo, es decir Ana, una gran amiga que era muy hippie, y dos amigas más, Noelia y Laura, que eran las otras dos chicas populares del último curso.

Entendí entonces porqué las mujeres atractivas se amigan entre ellas: lo hacen por necesidad. Ellas eran morenas, así que seguí siendo “la rubia de las tetas”. Noelia era delgada y no muy tetuda, pero era alta y tenía una cara preciosa, así que no me envidiaba. Laura era más bajita, y casi tan dotada de pecho como yo, así que estábamos en familia. Ana era hippie, y aunque no era fea, tampoco era guapa, y no le importaba que la conocieran por ser mi amiga. Acabé la enseñanza secundaria siendo realmente famosa. Y me encantaba.

Había un chico que me gustaba mucho, pero nunca se había animado a nada conmigo. Se llamaba Esteban y era uno de los chicos estudiosos del curso, rubio de ojos azules y cara un poco aniñada. Me encantaba, pero no se daba la situación para estrechar contacto con él, porque pertenecíamos a grupos totalmente diferentes: él con sus amigos y yo con las tres chicas que me hablaban. Hay que decir que no tenía demasiada experiencia con chicos, aparte de un par de líos y de Manu, el amigo de mi hermana, y jamás había tocado siquiera a un compañero del colegio. Pero en mi clase se daba por hecho que yo debía ser una Súper Zorra y andar con cientos de chicos, porque estaba buena y eso es lo que se supone que hacen las tías buenas.

Teníamos un profesor muy moderno y didáctico, Jaime, que enseñaba Literatura. Me encantaba la clase, y él la daba muy bien. Se le ocurrió ponernos un trabajo para hacer por parejas, sobre la Generación del 27. En aquella época del C.O.U., hacer trabajos en grupo era algo poco habitual, al menos en mi colegio privado no era para nada normal. Pero a este profesor le gustaba “desmelenarse” y estar en la vanguardia. Como no nos poníamos de acuerdo en cómo hacer los grupos, Jaime decidió hacerlos de manera aleatoria: por orden alfabético. Y tuve la suerte de que me tocó con Esteban, que tenía el mismo primer apellido que yo (y supongo que lo seguirá teniendo actualmente).

En medio del pudor de no conocernos prácticamente de nada, que era común a ambos, decidimos quedar dos veces para hacer el trabajo: la primera en casa de Esteban y la segunda en mi casa. Decidí que tenía que aprovechar la ocasión para liarme con aquel chico. Para ir a su casa, me preparé bastante, con una minifalda cortita, camisa blanca ceñida y calcetines por la rodilla. Antes de salir de casa pensé que era demasiado evidente, así que me borré el maquillaje y me recogí el pelo en una cola. Como arme secreta, puse algunas de mis fotos más sugerentes en mi carpeta del instituto: fotos en la playa, de las vacaciones, en bikini, en ropa de salir y, sobre todo, las mejores fotos de la sesión en bikini que me habían hecho para la tienda de ropa.

Fue una tarde de tensión y trabajo. Estábamos en su cuarto. Yo me senté en su cama, y es evidente que eso le provocaba imaginaciones y calores. No dejaba de mirarme las piernas y el escote, pero desde luego no tenía pinta de ir a tirarse encima de mí. Sobre todo porque estaba su hermano mayor en casa, estudiando, y supongo que le daba corte. En un momento dado, me fui al baño, pero teniendo cuidado de dejar mi carpeta de clase encima de su cama, abierta justamente por el apartado donde guardaba mis fotos preseleccionadas. Al volver, me pareció evidente que las había estado mirando, pero no comentó nada, aunque me parecía ver en sus ojos un brillo diferente, y notarle más nervioso que antes. A pesar de todo, esa tarde trabajamos. De hecho, adelantamos prácticamente todo el trabajo ese día. Y a pesar de que no era necesario quedar un segundo día, ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto: ambos queríamos volver a vernos.

Esa segunda tarde fue en mi casa. Traté de quedarme sola, porque, para mí, esa tarde era “ahora o nunca”. No fue difícil. Mi hermana mayor no vivía en casa durante el curso universitario, mis padres trabajaban, y mi hermana pequeña estaba toda la tarde en clase de ballet, pero tuve que sobornar a mi hermano de forma indirecta: le había prometido regalarle por su cumpleaños un videojuego para su consola Nintendo, pero me sacrifiqué, cogí mis ahorros (tenía todavía algo de lo ganado con las fotos que me había sobrado del ciclomotor) y le dije que serían dos juegos. Le di el dinero y, como en aquella época, sólo se podían encontrar videojuegos en unos conocidos grandes almacenes, me aseguré con esa jugada que estaría fuera con sus amigos toda la tarde.

Al llegar Esteban a casa, yo estaba sola. Le abrí la puerta en zapatillas, con unos pantalones de algodón muy cortitos y una camiseta de tiras que dejaba ver el sujetador. Pasamos a mi cuarto, donde le tuve que pedir disculpas porque no había recogido un par de braguitas que estaban encima de mi cama (las había puesto yo misma allí, cinco minutos antes). Además, puse a la vista varias fotos mías en bikini, que normalmente no estaban tan visibles. Mientras mi compañero  iba repasando, sentado en mi cama, que el trabajo estuviese bien, yo estaba tumbada bocabajo en el colchón, muy cerquita de él, meneando coquetamente mis pies descalzos en el aire. Esto le iba poniendo cada vez más nervioso. Se daba cuenta de que el trabajo estaba prácticamente terminado, que no necesitábamos una hora entera para rematarlo. Aunque la situación me resultaba morbosa y excitante, no tenía con 17 años la paciencia y capacidad de disfrute que tendría hoy en día. Digamos que me impacienté un poco, y pensé en cómo atacar.

-¿Te gusta mi cuarto? – pregunté, aparentemente despreocupada.

-Pues… sí, está muy bien – respondió, apurado, porque apenas habíamos hablado en la tarde en su casa de nada que no fuera relativo a García Lorca y la Generación del 27.

-No hombre… me refiero a si estás cómodo conmigo – dije, con más malicia.

Esteban no sabía como interpretar aquella pregunta. Dudaba entre qué responder, así que le orienté un poco. Era la primera vez que manipulaba una conversación para dirigirla hacia el erotismo, y resultó increíblemente fácil:

-Es que ya sabes… como tengo mala fama en clase, me llaman puta y cosas así, por las fotos en bikini y todo eso… ya sabes… a lo mejor estabas nervioso por si te voy a atacar o algo – le dije, con mucha normalidad, terminando la frase con una risa desenfadada.

-No mujer… Yo te veo normal – el chico empezaba a no saber dónde meterse. Parecía estar deseando que mi fama fuera cierta, y que me echase en sus brazos, pero era tímido, muy buen chico y no sabía cómo decírmelo. Así que le ayudé:

-Hombre, no me como a nadie… – mirada sostenida al chico, que estaba rojo como un tomate maduro – ¿O es que tú quieres que lo haga?

-Joder… no sé… – el chico estaba atrapado tras mi frase de película barata.

-A mi me apetece… ¿a ti te apetece? – diálogo de besugo, pero fue lo mejor que se me ocurrió. – Total… el trabajo de Literatura ya lo hemos terminado. Ahora podemos pasarlo bien un rato.

Hoy en día, soy consciente de que aquellas frases mías eran más propias de un mal burdel que de una seducción entre adolescentes. Pero la situación, desesperada, y mi inexperiencia, no me dejaban muchas posibilidades.

En vez de partirse de la risa con mi ridiculez, Esteban estaba visiblemente excitado, aunque los nervios le traicionaban, parecía haber decidido probar aquella situación, a ver qué sacaba de ella. Así que me acerqué, y me eché sobre él. Recuerdo vagamente todo lo que vino luego, con muy poca claridad. Creo que cuando una todavía está bajo el influjo de las hormonas de la adolescencia pierde capacidad de memoria. Nos enrollamos, eso sí lo recuerdo. Él era mucho más tímido que yo, así que en el fondo debió pensar que mi fama de pendón y chica-súper-experta debía ser cierta.

Como era habitual, Esteban se centraba en mis pechos. En aquella época, por lo que me contaban mis amigas, la mayoría de las chicas se dejaban tocar el pecho, pero sólo sobre la ropa, y sólo por sus novios. Tener la posibilidad de tocarme las tetas en directo, primero en mi sujetador, y luego directamente sobre mi piel, debió hacerle sentirse muy afortunado. Le pregunté si alguna vez le habían hecho una paja (yo ya sabía hacerlas, más o menos, y quería presumir), y me dijo que una vez, una amiga del pueblo, en verano. Así que le pregunté si se la habían chupado.

-Nooooooo, que va!! – me dijo, como si el sexo oral fuera algo mitológico.

Lo era. Hoy en día, parece que todo el mundo está muy avanzado. Pero sólo hace diez o quince años, el sexo oral en muchas provincias de España era un misterio: si alguien lo practicaba, desde luego era legendario. Y en dos chicos de 17 años era un sueño imposible, por supuesto. Pero aquel día yo tenía ganas de probarlo.

Me había documentado con una película porno que se había grabado Ana, porque sus padres eran de los primeros que tenían Canal Plus: un canal de pago que, en aquella época, era la única forma de ver pornografía en España en la televisión. Todo el mundo sabía que el “porno del Plus” se echaba los viernes por la noche. Aunque poca gente lo tenía, los chicos alardeaban de haber estado viéndolo y, de hecho, al parecer muchos adolescentes (y no tanto) miraban las películas sin decodificar, lo cual era todo un ejercicio visual. El caso es que Ana había grabado una película porno en una cinta VHS que ponía “Los problemas crecen” (era su serie favorita). Nos la habíamos visto varias veces. No nos excitaba, pero nos hacía gracia. Excepto el sexo oral: a mí, desde el principio, me dio morbo la idea de meterme una polla en la boca. Y más aún desde que se la había tocado a Manu.

Me acerqué a Esteban y le bajé los pantalones. Y luego los calzoncillos. Lo hice de una forma bastante rutinaria, desapasionada, pero ninguno de los dos estaba para sutilezas. No sé quien estaba más asustado, pero yo al menos sabía que una no se queda embarazada con el sexo oral (mito bastante extendido entre mis compañeras de clase). Fue la primera vez que vi una polla en persona, porque las “señoritas” hacíamos las pajas por dentro del pantalón (hay que ver que tonterías…). Me gustó lo que vi. No era tan grande como la del actor porno de la película de Ana, pero era más atractiva, lisa, y muy cálida.

Me la metí en la boca. Muy despacio. Y apliqué el sistema “caramelo de barra”: lamer suave, mientras la metía y sacaba de mi boca. Todo muy despacio. Esteban ponía los ojos en blanco, y repetía “Ay Dios” como si fuera la persona más religiosa del mundo. Yo estaba encantada, me gustaba notar la piel suave y el sabor un poco acre de la polla. Ni siquiera el olor me chocó. No paraba de lamer y chupar. Abrí la boca bastante, dejando la punta encima de mi lengua, y empecé a lamerle la punta de forma más activa. Fue ahí cuando se corrió, mientras resoplaba como si se hubiese quemado un dedo. Una cantidad respetable de semen salió disparada hacia mi boca y mi lengua. No me aparté, no tuve ese instinto (y quizás por ello sigue agradándome recibir el orgasmo en mi boca). Fue así, cortísimo. Pero muy morboso.

Ni que decir tiene que Esteban me pidió para salir. Estuvimos juntos una temporada. Él estaba encantado con mis mamadas, y aprendió a devolverme el favor. En los últimos meses de curso, existía la leyenda de que “Julia se la chupa a Esteban”. Pero esteban era un caballero, y callaba. El que calla, otorga. Sobre todo con la sonrisa de oreja a oreja que llevaba el chico todo el día.

praad.ultera@ymail.com

ESTRENOS (2ª parte): mi primera paja

3108478Sobre mi primera paja, ya he comentado anteriormente:

¿A quién le hiciste tu primera pajilla? -Pues tardé lo mío. Yo tenía 16 años ya, el chico era algo mayor, 19 creo que tenía ya. Era más experto que yo, pero me dijo que verme novata le había excitado. No sé si lo dijo por ayudar, o sería verdad.

http://diariodeunaadultera.wordpress.com/2009/01/29/un-test-subido-de-tono

Como dije en otro momento, a los dieciséis años “yo ya era una verdadera cabrona. Estaba encantada de conocerme. Mi cuerpo y yo irritábamos bastante. A las otras chicas, porque si yo estaba presente, no ligaba nadie. A los chicos, porque no era una chica facilona, así que se morían de ganas. A mis profesoras, porque era suficientemente mayor para que me tuvieran ya algo de envidia, y encima era buena estudiante. A mis profesores, porque les hacía plantearse su ética profesional el hecho de intentar no mirarme, y además me tenían que poner buenas notas. A mi hermana mayor, porque su novio me comía con los ojos al llegar a casa. A mi hermano menor, porque sus amigos venían a casa con cualquier excusa, pero no para verle a él. A mi padre, porque sus amigos también me miraban cuando venían de visita. Y a mi madre, porque mi hermana pequeña, de mayor, quería ser como yo. Y todas esas cosas me encantaban”.

Con esa edad, yo ya estaba totalmente reconciliada con mi físico, no me daba vergüenza ninguna que los hombres se fijasen en mí cuerpo con deseo, ni notar que mis tetas protagonizaban la atención de los que me rodeaban. Empezaba a pensar que podía ser divertido manejarse con mi atractivo, jugar con él. Era una chica decidida y envidiada.

Mis padres no eran especialmente antiguos, pero cuando salía por ahí les daba una (falsa) sensación de tranquilidad que lo hiciera con Noemí, mi hermana mayor. Ella no es mucho mayor que yo, realmente sólo nos llevamos dos años, pero, lógicamente, ella alcanzó primero que yo esos legendarios “18” que, en España, cuando eres adolescente parecen la frontera entre ser una niña y hacer lo que te da la gana, pero que para los padres suponen una sensación de tranquilidad y garantía en los actos de su hija “adulta”. Siempre pasábamos las vacaciones en la playa, en el pueblo familiar, donde yo solía aburrirme bastante porque no había gente de mi edad en el grupo de amistades y vecinos, de modo que, por tratar de entretenerme, y porque mis padres se quedasen tranquilos, solía “acoplarme” con mi hermana Noemí y su grupo de amistades.

Cuando yo tenía 12, y ellos estaban entre 14 y 18, yo era la “enana”, o “Julita”. No les molestaba, pero tampoco les hacía gracia tenerme todo el día con ellos. Pero la cosa fue cambiando, poco a poco, a medida que yo crecía y me desarrollaba. Con 15 años la mayor parte de los amigos de mi hermana empezaban a pensar “caramba con la niña”, y estaban siempre muy pendientes de mi, pero el verano que yo tenía 16 ya estaba prácticamente desarrollada, era muy coqueta, me gustaba mi cuerpo y empezaba a saber usarlo. Eso, supongo, me convertía en una constante tentación para ellos.

No era casualidad que los chicos del grupo, todos ellos tres o cuatro años mayores que yo, propusiesen “ir a la playa” todas las mañanas, como plan ideal para ocupar el tiempo. Mi hermana y sus amigas empezaban a darse cuenta de que, para sus amigos, yo empezaba a ser una atracción, porque siempre había voluntarios para jugar a las raquetas o bajar al agua conmigo. Al fin y al cabo, a ellas ya las tenían más conocidas, más vistas, y yo era la novedad, recién salida del horno, con aquel bikini rosita de nudos que empezaba a quedarme un poco ajustado de más.

La mayor parte de los días, íbamos a la casa de uno de ellos, “Manu”, que vivía en una finca junto a la playa, un poco alejada del resto del pueblo. Era un sitio tranquilo, con un jardín para estar en pandilla y una pequeña piscina hinchable para refrescarse. Manu era un chico de ojos claros, guapo, muy alto y bastante tímido, que había estado saliendo con mi hermana el año anterior, y con Sara, otra amiga del grupo. No era el líder pero todos le querían, además de otras cosas, porque su casa era el “local social” del grupo. A mi me caía muy bien porque era más parecido a mí, callado y estudioso. Normalmente estábamos en su jardín y su piscina mientras él aprovechaba un poco para estudiar para los exámenes de septiembre en su cuarto, y luego bajaba a estar con nosotros. Entre semana, estaba solo, porque sus padres (que no sabían que en su casa se reunía el grupo de amigos) solamente venían al pueblo los sábados y domingos desde la ciudad.

El día en cuestión fue un domingo. Mi hermana y sus amigas propusieron salir de marcha al pueblo cercano, donde celebraban una Fiesta de la Espuma en la playa. Noemí fue muy hábil, comentando detalles sobre la fiesta en la comida, con toda la familia delante, así que mis padres decidieron que yo no iría, porque ellos tenían edad para esa fiesta pero yo era una adolescente. No me molestó demasiado quedarme sin fiesta, ya me imaginaba que el plan no sería interesante para mí. Cogí mi toalla, me puse mi bikini rosa y un short blanco, y bajé sola a la playa, muy temprano después de comer. Tomé un poco el sol y me di un paseo. Mientras caminaba, vi a Manu despidiéndose de sus padres en la puerta de su finca. Entendí que no había ido con la pandilla a la fiesta de la espuma porque sus padres debían estar en casa, y como el chico me caía realmente bien, esperé a que sus padres se fueran y me acerqué a su casa, a hacerle una visita.

Se sorprendió al abrir la puerta y verme allí. Supongo que esperaba que fueran sus padres, que se habían subido al coche apenas hacía dos minutos. Hicimos algunos comentarios sobre la fiesta, el me explicó que no había ido porque estaban sus padres, y me invitó a pasar. Yo me sentía bastante excitada y nerviosa. No sabía coquetear, mucho menos con universitarios tres años mayores que yo, y muchísimo menos todavía con un amigo de mi hermana que me conocía desde que yo era una niña. A pesar de los nervios, acepté su invitación y entré.

Me quité el pantaloncito y me quedé en bikini, tomando el sol con él en su pequeño jardín. Era muy excitante para mi estar allí, a solas con él, donde normalmente estábamos con el grupo entero. Hablamos con mucha sinceridad, nos reíamos mucho. Él era realmente muy amable y divertido, y yo notaba que su mirada se le perdía a veces en mi cuerpo. Especialmente en mis tetas. Era muy halagador, me gustaba pensar que mientras hablaba no podía evitar mirarme los pechos, así que de vez en cuando me colocaba el bikini para provocarle, aunque notaba el calor del rubor en mis mejillas al hacerlo. Creo que fue la primera vez que utilicé ese recurso tan efectivo, y funcionó muy bien, porque no tardó mucho en proponer que nos diéramos un baño en su piscina, para disimular el bulto de sus bermudas. La piscina hinchable era muy pequeña. Es curioso que en ese tipo de piscinas no hay espacio suficiente para nadar, pero cuando te metes en una, siempre “haces como si nadases”. Como era muy poco el sitio para los dos, estábamos realmente muy cerca, chocábamos y nos rozábamos los pies todo el rato.

Al salir del agua, con el cuerpo mojado, yo estaba bastante salida. Digamos que yo también le miraba a él, los abdominales, el trasero, incluso el paquete. Era un chico mayor, estaba muy bien físicamente, y me gustaba mucho. Me duché con una manguera de goma que tenía en el jardín, y le pedí que me sostuviese la toalla mientras me quitaba la empapada braguita del bikini y me ponía solamente el short. Me ayudó, pero se le veía temblar con la tensión. Como no se decidía a entrarme, con la absurda excusa de que tenía que poner a secar el bikini, me quité la parte de arriba, quedándome con los pechos al aire, apenas a unos centímetros de él. Lo hice temblando de miedo y vergüenza, pero el acto fue lo suficientemente surrealista y absurdo como para que Manu captase la indirecta. Todavía sujetando la toalla alrededor de mi cintura, se acercó a mi boca y me besó.

Yo estallé. Le empecé a comer la boca como sólo se hace en la adolescencia. Nos sentamos en una tumbona y nos empezamos a “enrollar”. No tenía yo una gran experiencia besando, pero me había dado algún lote en el instituto. Mi estilo, un poco brusco y adolescente, le excitaba, pero sobre todo se volvió loco cuando le pedí que me tocase las tetas: parecía que estaba esperando mi permiso para hacerlo. Lo hacía con mucho cuidado pero de forma muy apasionada, y yo me puse muy húmeda. Notaba sus manos abarcando mis pechos y acariciando mis pezones, que estaban ya durísimos.

Cuanto más me tocaba, más dura se le ponía la polla. Yo tenía muchas ganas, y mucho miedo, porque no sabía qué hacer con ella. Me armé de valor y metí mi mano por debajo de su bermuda. Me encontré con algo caliente y durísimo. No había imaginado que fuese tan dura, pero la calidez me sorprendió mucho más. Él también estaba sorprendido, porque no esperaba tanto atrevimiento por mi parte, y empezó a gemir. Le dije que nunca lo había hecho, y si quería que siguiese. Él me dijo que siguiese, lógicamente, y que no me preocupase. Temblorosa y tratando de hacerlo lo mejor posible, según yo me lo imaginaba, empecé a hacerle una paja. Manu estaba como paralizado, sólo susurraba “más fuerte” de vez en cuando. Yo, que era una ignorante, tenía miedo de hacerle daño o algo por el estilo.

Así, mientras nos seguíamos comiendo la boca, y a él le faltaban manos para tocarme las tetas, yo le hice una paja, bastante corta. Él empezó a ponerse tenso y de repente noté el semen caliente salpicando mi mano y parte de mi cuerpo, mientras él jadeaba como si se estuviera muriendo. Yo, preocupada, le pregunté si lo había hecho bien, y él me dijo que sí, que había estado de maravilla. Yo seguía muy excitada, y más después de haberle hecho la paja, porque estaba muerta de vergüenza, de haber llegado hasta ahí.

Manu se incorporó un poco, empezó a besarme con más empeño, y noté como metía su mano dentro de mi short. El primer contacto de sus dedos con mis labios húmedos me dio un estallido eléctrico por toda la espalda. El placer era excesivo. Me quedé paralizada. Sólo sabía gemir. Ni siquiera respondía a sus besos, porque me había cogido por sorpresa. No recuerdo cuanto tardé, pero sé que me corrí en seguida, pensando que era mucho mejor que cuando me lo hacía con mis propias manos.

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Los primeros días me sentía como una obsesa

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Los primeros días me sentía como una obsesa. Pero ahora, la verdad es que me da morbo: me siento algo guarra, y eso me pone más cachonda. Nunca me hubiera imaginado a mi misma así. Me lo he hecho en el gimnasio, en el trabajo, en los baños de una cafetería, en casa de una amiga, en la piscina de la urbanización y en el cuarto de baño de mi hermana. Mi cuñado casi me pilla, y de hecho no se si me habrá escuchado gemir.

El otro día estaba de compras. Me estaba probando un camisón con transparencias en el pecho. Al mirarme al espejo, me gustó mucho. Se me veían totalmente los pezones entre el encaje azul celeste. Me acaricié sobre el encaje, y note que estaba caliente. Me estremecí. Si hubiese sido hace meses, no habría pasado nada. Pero ahora no puedo aguantarme. Metí la mano debajo de las braguitas y empecé a acariciarme. Noté que ya estaba muy mojada, el dedo entraba suave. Fue la última vez que me masturbé en un sitio público antes de tomar medidas.

“Voy a acabar rompiéndome la mano”, pensé al cabo de un par de semanas de pajillera. Los hombres, en su adolescencia, se acostumbran a masturbarse a diario. Nosotras no lo hacemos, y las que lo hacen no lo dicen. Yo siempre he pensado que es porque lo nuestro es más cansado.

Los hombres sujetan, sacuden, y ya está. Pero nosotras hacemos un esfuerzo físico tremendo para darnos placer, ya sea luchando con nuestros dedos contra el clítoris, o metiéndolos dentro. Es un trabajo duro, y es casi obligatorio. Aunque empieces acariciándote suave los labios humedecidos, eso te da mucho placer, pero al final siempre acabas necesitando más caña.

Para eso se inventaron los consoladores. Y yo necesitaba uno, teniendo en cuenta el trabajo acumulado de los últimos tiempos. Recuerdo que me habían regalado uno hace años, unas amigas, en un cumpleaños. Típica broma. Ni siquiera lo había probado. Y ya no sé dónde lo puedo haber metido. Seguramente lo tiré antes de casarme.

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