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Propósitos para el curso que empieza

20_02_2008_0003478001203535216_ramfotografiaEl pasado agosto, y lo que va de septiembre, he estado totalmente alejada del blog. Espero que los fieles de este pequeño e íntimo rincón me sepan perdonar. Realmente, aunque no he escrito ni actualizado mi escaparate virtual, os puedo asegurar que nunca he tenido tan presente el blog y a vosotr@s como en este último mes y medio.

Mi blog se llama “Diario de una adúltera”. El título es incorrecto, pues ni la actualización es diaria, ni soy una adúltera, porque soy fiel a mi marido.

No voy a cambiar el título del blog: lo que haré será acercarme un poco más a la definición original. Creé el blog en una época de mi vida en la que, por un momento, estuve a punto de ser infiel. Me faltó poco. Fue entonces cuando se me ocurrió reflejarme en este medio de intimidad de masas.

Pasaron meses, no consumé aquella infidelidad, y el blog estaba en blanco.

Un tiempo después, en la primavera, que la sangre altera, comencé a llenar estos cajones virtuales. Como no era adúltera, empecé a colorearlos con memorias, recuerdos e intimidad. Lo hice por tantearme a mí misma.

Entonces llegaron dos sorpresas. La primera fue sentir que me encantaba publicar mis intimidades, aunque algunas fueran recuerdos antiguos. La segunda fue conoceros, ver a una cantidad impresionante de gente que se acercaba, disfrutaba, se excitaba y fantaseaba conmigo.

Entró agosto. Soy una mujer casada, con una gran familia: soy una madre. Sabía que no podría ponerme en la playa a escribir en el blog mis intimidades mientras le daba el bocadillo a mi hijo. Seguro que lo entendéis.

Por eso elaboré un Plan para el Verano de 2009. Las pocas veces que pude conectarme leí mensajes de los fieles, pero también vi que, a pesar de la inactividad, las visitas al blog seguían subiendo a miles de personas. Y eso me dio determinación.

Por un lado, encontré determinación para contaros este mes y medio que no he estado con vosotr@s. Aunque donde vivo hace calor todo el año, el verano es mi momento favorito del calendario, y también la época natural para la fantasía, el deseo y el morbo. No podía dejar de contároslo y como no pude en tiempo real, he estado tomando notas mentales. Me llena de orgullo y satisfacción anunciaros que en los próximos días podréis leer mi “Verano 2009” en un resumen en siete partes (cuatro episodios y tres “extras”).

Pensad que, por primera vez, cuando vivía lo que vais a leer, pensaba en contároslo y trasladaros al momento.

Por otro lado, me llegó la determinación para empezar una “búsqueda activa” del morbo. Soy  madre y esposa, fiel a mi marido, pero también una mujer morbosa, y eso lo he sabido gracias a vosotr@s. Me propongo explorar mis fantasías de forma mucho más activa, para poder compartirlo aquí.

Para empezar, me he comprado un netbook muy pequeñito, que vendrá en mi bolso a todas partes. A partir de ahora, os intentaré informar del día a día de mi intimidad más personal.

Espero que lo disfrutéis tanto como yo lo haré.

Besos,

Julia

Que alguien se masturbe pensando en mí siempre me ha excitado

307661261Que alguien se masturbe pensando en mí siempre me ha excitado. Bueno, al menos saber, o intuir, que alguien lo hace, porque realmente no se da el caso normalmente de que veas a la otra persona mientras se masturba pensando en ti.

Cuando iba al instituto, lo comentaba con mis amigas, especialmente con las dos morenas atractivas con las que hacía pandilla, Noelia y Laura. A Noelia le daba igual, creo que nunca se había parado a pensar que los chicos podían pensar en ella mientras se tocaban en el cuarto de baño. Pero a Laura le daba muy mal rollo, era muy tímida para eso. Es curioso, porque era la típica morenaza con curvas y pecho abundante, y parecía muy segura de sí misma. Pero pensar que un conocido suyo se acariciara y se corriera pensando en ella no le hacía ninguna gracia. Le daba “mucho asco”, según ella. No sé exactamente dónde está lo asqueroso. Nunca lo he sabido, aunque parece, según me han dicho otras amigas, que está en el semen. La idea de que un tío se corra contigo en mente les incomoda (o eso dicen).

Esa actitud tan puritana siempre me ha molestado. A veces parece que a una mujer no le está permitido pensar en semen sin pensar en “asco”. Es como si la palabra “semen” y la palabra “mujer” no fueran compatibles. Una auténtica estupidez, porque es un chorro de semen el que te convierte en madre, llegado el momento. A la larga, cada vez estoy más de acuerdo con algo que me enseñó mi madre: el peor machismo y la peor represión contra la libertad de una mujer, procede de las propias mujeres, de la forma en que se ven a si mismas. Tenemos al enemigo dentro.

A mí nunca me pareció raro, ni asqueroso el tema de la masturbación. Lo daba por hecho, algo natural. Seguramente, porque yo hacía lo mismo. Solía tocarme en la cama, sobre todo pensando en los pectorales y la “tableta de chocolate” del novio de mi hermana. El tipo era bastante tonto, pero estaba buenísimo. Imaginaba mi mano acariciándoselos, mientras el me acariciaba los pechos. Era una idea que me volvía loca. No pensaba más. No imaginaba un polvo con él. Las mujeres somos así: puede calentarnos más pensar en caricias que pensar en orgasmos. Y por desgracia, la mayoría de hombres nunca lo llega a descubrir.

ad.ultera@ymail.com

Soy una mujer necesitada

1petita   Soy una mujer necesitada. Ahí está lo absurdo del asunto. Soy atractiva. Digámoslo claramente: estoy muy buena, cualquier hombre estaría como loco por hacérselo conmigo.

Y a pesar de eso, estoy necesitada. Mi marido trabaja mucho, cada vez viaja más, y yo cada vez me masturbo más. Todos los días, últimamente. Normalmente lo hago en la ducha, porque me acaricio los pechos enjabonados, y luego termino tocándome los labios y metiéndome suave un dedo. A veces voy tan caliente que tengo que taparme la boca para que el resto de la familia no me escuche gemir en el cuarto de baño.

Por algún motivo, que a veces no llego a comprendes, soy fiel. Antes de casarme, no había sido demasiado promiscua. Tuve suficiente sexo, desde luego. Pero podía haber sido mucho más. Sobre todo durante la universidad, me dedicaba más a gustar y gustarme, a jugar con la provocación y el deseo, que a consumar.

Mis pechos siempre están invitados

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Mis pechos siempre están invitados. Para mí, una parte de mi cuerpo con su propia personalidad. Me han cambiado. Con ellos tuve que aprender a vivir, y son los responsables de mi carácter, y también de mi éxito. Quizás a mis pechos les debo tener un marido con dinero. Es posible.

Soy delgadita, pero de pechos grandes. Eso serviría como resumen básico. El tamaño también es algo genético. Son grandes, muy naturales, pero también son muy redondos y firmes. Algún médico se ha pensado que eran de goma, pero no. Los tengo duritos, muy altos, y eso hace que el canalillo sea muy apetecible. Me gustan los escotes atrevidos, pero no me gusta abusar de ellos siempre. Al fin y al cabo, mis pechos destacan también sin escote. Siempre han sido llamativos, desde que empezaron a crecer. Y desde que decidí que me gustaba llamar la atención, y empecé a disfrutar mostrándolos, todo va como la seda.

Después del parto se hicieron más sensuales. Ganaron una forma más natural, porque antes eran más redondeados. Sobre todo cambiaron mis pezones. Siempre fueron abultados. Por eso dejé de hacer ballet: hasta la profesora se escandalizaba de mis pezones a través de la lycra del tutú. Después de ser madre, la aureola aumentó un poco y se oscureció más, y el pezón se mantuvo grueso y respingón. Con mis pechos puedo cazar a cualquier hombre, pero los que han llegado a ver mis pezones suelen recordarlo. Aunque la mayoría sólo pueden imaginárselos a través de la ropa.

Las mujeres tenemos zonas erógenas, y la mía son mis pechos. Era obvio, así tenía que ser. Cuando me los acarician, me humedezco muy rápido. Sentir una lengua caliente suavemente en ellos me hace enloquecer. Incluso cuando me los toco yo misma me excito. Un cosquilleo suave que me hace mojarme. Muchas de mis duchas diarias terminan masturbándome. Me encanta mi cuerpo, y me encanta masturbarme.

Mi cuerpo, claro

28_pics  Mi cuerpo, claro. Sigo siendo alta, nunca he dejado de serlo, aunque ya no llama tanto la atención como cuando era niña y sacaba veinte centímetros a cualquier compañero de clase. Paré de crecer en un metro y setenta y tres centímetros, sin calzado. Sigo siendo delgada, y ya he llegado a esa edad en que ser delgada es más envidiado por las otras mujeres que el tamaño del pecho. Envidian eso, y que no tengo nada que se descuelga. Fui madre a los veintiséis, pero me cuidé lo bastante para no dejar restos visibles: las caderas suavemente más marcadas, y los pechos un poco más grandes, pero todo firme. Está todo en su sitio, es lo bueno de ser profesora de Deporte.

Ahora, a los treinta y cuatro, mi cara es más bonita que cuando era adolescente. Más elegante, más sexy. Las pecas finitas de la nariz me dan un aire juvenil, y por eso nadie me ubica más de treinta años. Y el verde de mis ojos llama más la atención ahora, porque de jovencita los tenía mas rasgados. Nunca he tenido los labios carnosos, pero ahora dibujan una sonrisa más confiada, más seductora. Me gusta llevar el pelo a la moda, y actualmente llevo un peinado sofisticado, en capas, una melenita corta tipo presentadora de televisión. Mucho mejor que la melena larga de cuando iba a la universidad. Sigo siendo rubia, pero ahora pongo algún reflejo más claro, más brillante.

El cuello siempre ha sido una de mis armas menos valoradas. Los hombres  normalmente no lo saben disfrutar, son más primarios: pechos, culo, pechos, culo. Pero tengo un cuello largo, suave, de niña pija, con una nuca sexy. Los hombros muy delgaditos, con alguna peca, elegantes, efecto secundario de tanto ballet. Lo mismo pasa con los brazos, otra envidia habitual. Siempre he sido de brazos delgados, finos. Las mujeres de mi familia los tenemos así. Las madres de otros niños me miran los brazos cuando llevo a mi hijo al colegio. No se lo deben creer. Hacen un buen juego con mi línea general.

Hablando claro, me encanta mi culo. Me pongo tangas y pantalones muy finos, porque siempre me ha gustado lucirlo, y es una parte del cuerpo que las mujeres debemos aprovechar mientras podamos. La suerte de tener el culo pequeñito es que, si llegas a mamá, consigue que no se note. Ahora es más respingón, más redondito, pero sigue de tamaño pequeño, apretadito. Me lo miro mucho en el espejo, y me lo miran mucho en la calle, sobre todo en la playa. 0% celulitis, como los anuncios. Me encanta caminar balanceándolo suave con los pasos. Es algo instintivo. Conservo también mis muslos de bailarina, y las piernas son mi parte favorita. Me gusta mucho todo mi cuerpo, pero tengo debilidad por mis piernas. Por eso las mantengo siempre suaves, cuidadas. Como los anuncios, también.

Soy coqueta, claro. Como todas las mujeres pijas, cuido mucho mi peluquería intima. Es una bonita forma de decir que llevo el pubis depilado, totalmente. Tiene sus problemas, sobre todo porque la zona es mucho más sensible, y una se puede humedecer con más facilidad. El roce de la lencería a veces es bastante para excitarme un rato. Pero la verdad, todo son ventajas. Además, siempre he tenido el pubis abultado, así que la peluquería de depilado total ayuda a que se marque un poco menos. No es que me moleste: con el tutú me acostumbré a que me leyesen los labios.

Me resigné con mi físico

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Me resigné con mi físico. Y todo empezó a cambiar. Las molestias eran menos, y las soportaba mejor. Dejé de llevar el suéter del uniforme más flojo que podía, y empecé a usar uno mas ceñido. La falda de cuadros también se hizo más corta, aunque todavía no las llevábamos como las chicas de los dibujos japoneses. Desde los catorce empecé a reconciliarme con mis pechos, y a los quince ya nos llevábamos bastante bien. Pero hasta los dieciséis no empecé a notar su poder. El poder de los pechos, el poder del culo, el poder del ombligo, el poder de las piernas. Aunque lo de las piernas era diferente. Siempre me gustaron mis piernas, y nunca tuve complejo. Estaba desde niña en el grupo de ballet del colegio, y con el tutú se te ven tanto los muslos que pierdes todo el pudor.

A los quince yo seguía en el grupo de ballet, pero para entonces mis muslos ya tenían club de fans. Nunca fui buena bailarina. Era muy delgada y demasiado alta. Demasiado tetona también, claro. Pero si yo bailaba, los alumnos del centro venían a ver la función de fin de curso sin protestar. Así fue como empecé a comprender el poder del cuerpo: con aquel tutú rosa, luciendo muslos, incapaz de tapar el trasero debajo del tul, y tratando de meter en el body mis pechos, que habían seguido creciendo desde los doce. El sujetador quedaba feo bajo la lycra, así que allí estaba yo, moviéndome con un body finísimo con mis pechos debajo. Incluso mis profesores me miraban. Eran buena gente. No lo buscaban. Pero no podían evitarlo. Hombres al fin y al cabo. Las madres de los alumnos estaban sorprendidas del repentino interés de sus maridos por la función escolar. Todo el mundo iba a ver como se transparentaban mis pezones en la lycra rosa.

Con dieciséis yo ya era una verdadera cabrona. Estaba encantada de conocerme. Mi cuerpo y yo irritábamos bastante. A las otras chicas, porque si yo estaba presente, no ligaba nadie. A los chicos, porque no era una chica facilona, así que se morían de ganas. A mis profesoras, porque era suficientemente mayor para que me tuvieran ya algo de envidia, y encima era buena estudiante. A mis profesores, porque les hacía plantearse su ética profesional el hecho de intentar no mirarme, y además me tenían que poner buenas notas. A mi hermana mayor, porque su novio me comía con los ojos al llegar a casa. A mi hermano menor, porque sus amigos venían a casa con cualquier excusa, pero no para verle a él. A mi padre, porque sus amigos también me miraban cuando venían de visita. Y a mi madre, porque mi hermana pequeña, de mayor, quería ser como yo. Y todas esas cosas me encantaban.

Yo iba por libre. Y quería una moto, para ser todavía más libre. Era 1990, si no tenías una moto, un caballo o un velero, en mi colegio para “niñas bien” no eras nadie. – Trabaja en verano y te la compras” -, me dijo mi padre, que era casi rico. No dijo en qué. Di clases, porque era una chica lista, pero las madres de mis alumnas temían mi mala influencia, y las madres de los alumnos temían que sus hijos se rompieran la mano en el WC pensando en mi minifalda. Vi un anuncio en la parada del autobús, y me presenté a un casting: “Chicas de 16 a 24 años”. Cumplía la edad. Cumplí la estatura, y les gusté bastante. Ropa deportiva y de playa de una cadena de moda joven local. Cuando me vieron con el bikini, ya no dudaron. Mis pechos otra vez haciendo de las suyas… Gané el dinero, y gané poder presumir de haber sido modelo.

Acabó el verano. Al siguiente curso, con diecisiete, no podían odiarme más. Nuevo crecimiento de pecho, casi el definitivo. Nuevo ciclomotor, de color verde ácido. Y mis fotos en algunas marquesinas, autobuses, anuncios en el periódico local y cuatro escaparates de la ciudad. Bueno, también estaba en las carpetas de varios de mis compañeros. Además de ser rubia, tetuda y gilipollas, ahora era modelo. Las únicas chicas que me hablaban era aquellas que tampoco tenían complejos con su cuerpo, es decir Ana, una gran amiga que era hippie, y dos amigas más, Noelia y Laura, que eran las otras dos chicas populares del último curso. Entendí porqué las mujeres atractivas se amigan entre ellas: por necesidad. Ellas dos eran morenas, así que seguí siendo “la rubia de las tetas”. Noelia era delgada y no muy tetuda, pero era alta y tenía una cara preciosa, así que no me envidiaba. Laura era más bajita, y casi tan dotada de pecho como yo, así que estábamos en familia. Ana era hippie, y aunque no era fea, tampoco era guapa, y no le importaba que la conocieran por ser mi amiga. Acabé la enseñanza secundaria siendo realmente famosa. Y me encantaba.

Desde entonces nunca he dejado de cuidar mi cuerpo. Hago ejercicio todos los días, y por eso estudié Ciencias del Deporte en la universidad. No soy una obsesionada, no me mato en las máquinas. Lo hago porque me gusta, me da un placer especial el deporte. Y además me permite mantener mi cuerpo en buena forma, mejor que cuando era más jovencita.

Me gusta mi cuerpo

6petitaMe gusta mi cuerpo. Bueno, la verdad es que me encanta mi cuerpo. No creo que sea malo, ni que deba ser una estúpida sólo porque tengo un buen cuerpo y me gusta. Ya soy tonta por ser rubia, o eso dicen. Así que no puedo ser dos veces tonta. De niña llamaba la atención porque era rubia, tenía los ojos claros y tenía pecas. Me llamaban “la alemana”, la “rusa”, “la sueca”… Aprendían geografía para ponerme los motes. Cuando era una chavalita, llamaba la atención además porque era más alta que las demás. Estaba acostumbrada a llamar la atención.

Y entonces, me crecieron los pechos. No crecieron de golpe, pero con doce años yo tenía pechos, cuando la mayoría de mis amigas y no tan amigas no tenían nada. Ahí empezó la envidia. Por ser alta no me envidiaban. Tampoco por ser pecosa. Ni siquiera por ser rubia, porque las mujeres no empezamos a querer un color de pelo diferente al nuestro hasta la adolescencia. Pero si me envidiaron por tener tetas. Y encima era alta, así que mis nuevos pechos quedaban a la altura de la cara de las otras chicas. Y también de los chicos, claro. Tardaron poco en darse cuenta. Pocos sabían que mi nombre es Julia, pero todo el mundo en el colegio sabía quien era “la niña rubia de las tetas”.

Al principio las odiaba. Hablo de mis tetas. Mis amigas no me creían, porque también querían tenerlas. Pero yo no. No llegaba con las molestias del desarrollo, ese dolorcillo molesto que los hombres nunca han conocido. Ellos solo ven la cara positiva de los pechos, porque ellos no tienen que aguantar las molestias cuando crecen. Pero además de las incomodidades, la cosa se ponía seria por las envidias. “Envidia de pechos”. Dejé de tener amigas, y empezó a ser difícil tener amigos, porque yo ya no era una persona: era “la de las tetas”. Los chicos no me dirigían más de una sílaba: “ummmmm” y “buuuuufff” eran las más habituales. Si me decían más de eso, sus amiguetes empezaban a reírse por lo bajo.

Me llamo Julia y soy la esposa perfecta

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Me llamo Julia y soy la esposa perfecta. Soy una mujer joven, dulce, atractiva, elegante, bien educada, independiente, sonriente y sexy. Además soy de buena familia, no rica, pero adinerada, independiente.

Tengo treinta años, veintitantos para la mayoría, un hijo de ocho, un marido de cuarenta y uno, y sus dos hijas de su anterior matrimonio, de quince y dieciocho. Soy educadora y madre para Lucas, esposa y amante para Juanjo, cómplice y amiga para Teresa y Beatriz. Enfermera, colega, psicóloga, cocinera y puta. Doy a todos lo que necesitan. Me las arreglo bien. Mi marido es un constructor de éxito. Hace mucho dinero, y trabaja mucho para hacer más. Yo soy la mujer del constructor. La rubia mujer del constructor, la pija mujer del constructor, la maciza mujer del constructor. Depende a quien preguntes.

También tengo mi vida. Soy profesora de enseñanza secundaria en un colegio privado. Bastante buena. Un buen puesto, un buen sueldo. El sueldo es todo mío, la familia no lo necesita, y mi marido ni siquiera pregunta cuánto gano. Me doy caprichos, pero no suelo pasarme. Lo empleo casi todo en ropa, en mis gastos, y algún viaje. Me encanta la ropa actual, moderna, sexy. Me gusta que las otras mujeres envidien mi ropa, y mi cuerpo. Los hombres también sienten envidia cuando me ven. Hombres de todas las edades. Normalmente se paran, mueven la cabeza despacio. Algunos disimulan, otros no. Me gustan los que disimulan, los que miran sin mirar, y caminan todavía unos cuantos metros detrás de mí para verme un poco más.