El primer polvo. La pérdida de la virginidad.
Las mujeres, todavía en mi generación, éramos educadas para valorar ese momento, en la absurda creencia cultural de que, magnificando esa ocasión única, seríamos cuidadosas a la hora de elegir el momento y la persona. Realmente, eso no tiene nada que ver: el sexo es un impulso, el morbo es imparable, y si la excitación sexual viene a por ti, te da igual lo sagrado que sea tu virgo. Nunca he puesto por escrito mi primera vez, y me lo estaba guardando para el blog. En esta pequeña serie de “Estrenos” ha llegado el momento.
Llevaba poco más de un mes en la Universidad. Con 18 años, y estando en primero de carrera, te sientes en la cima de tu sexualidad. Aunque seas virgen.
Ya no te ves como una niña, como una adolescente desgarbada, sino como una mujer. Si además vives en un piso con otras chicas universitarias, como era mi caso, el hecho de estar lejos de tus padres aumenta tu sensación de libertad y madurez sexual. Sientes que los hombres, de todas las edades, te ven como un pastel que quieren comerse con todas sus fuerzas. Pasas por la calle delante de ellos, con tu pelo recogido en una cola o un moño de estudiante, con tu carpeta en la mano, los vaqueros ajustados y las camisetas juveniles, y notas sus pensamientos sobre ti como si los pronunciaran en voz alta. Eres para ellos una promesa de placer, aunque tu experiencia se reduzca a poco más de una decena de encuentros sexuales, juveniles y apurados, todos ellos solucionados con masturbaciones manuales o sexo oral.
Elegí una carrera muy masculina. En mi clase sólo éramos doce chicas, un porcentaje muy escaso para los más de cien alumnos. Además, la mayoría de chicas cumplían un perfil bastante masculino, con cuerpos fuertes y espaldas grandes. Muchos compañeros pensaban que me había equivocado de edificio, y hacían algunas bromas sobre mí y sobre Paloma, otra chica que, como yo, no parecía encajar mucho en aquella clase llena de deportistas. Resultábamos quizás demasiado femeninas, pijas y delicadas para estudiar Ciencias del Deporte. Prejuicios. La parte buena es que había una cantidad muy respetable de compañeros que estaban muy potentes físicamente, altos, buena planta y fuertes, aunque no demasiado listos. Prejuicios de nuevo, esta vez por mi parte.
Nunca había sido mala deportista, pero tampoco era una atleta. Como bien saben todas las mujeres a partir de los 25, con 18 años no tienes que hacer absolutamente nada para tener el cuerpo que tienes. Y ese era mi caso. De todas maneras, para luchar contra los prejuicios de mis compañeros, y para estar preparada por si el nivel de exigencia física aumentaba, me apunté a un gimnasio que estaba justo bajo mi piso de estudiante. Había más universitarias, pero yo era la más joven. La moda de entonces era el aerobic, y por supuesto me apunté. También hacía cinta y bicicleta, y pasadas un par de semanas, también empecé a hacer piscina. No hacía falta ser muy avispada para ver que había mucho interés a mi alrededor, por parte de la mayoría de los hombres del gimnasio, incluso de algunas mujeres.
Se llamaba Juan, y todo el mundo le llamaba “Toque”. Era cliente de los “habituales de siempre”, amigo de todos los monitores del gimnasio. Treintañero, agradable, muy simpático sin ser cargante, fuerte, moreno de piel bronceada y un poco bajito. De hecho, yo era más alta que él, lo cual me daba una sensación de poder, de controlar aquella amistad, aunque él casi me doblase la edad. “Toque” se traía un rollito un poco peculiar con mi monitora de aerobic, Begoña, la típica monitora de aerobic fibrosa, aunque era una chica realmente guapa y muy dicharachera. Luego me enteré de que habían estado liados. En el gimnasio se comentaba, entre las chicas, que era un amante estupendo. Tenía un prestigio. Pasaba mucho por el grupo de aerobic, a saludar a Begoña, y a veces se quedaba también a ver la clase, o a participar. Yo solía hablar con Begoña sobre mi preparación, ella estaba al corriente de lo que yo estudiaba, y a través de ella empecé a relacionarme con él.
Era muy agradable conmigo, casi paternal, pero tampoco ocultaba su interés sexual. Me miraba con normalidad, disfrutando con las vistas, y me soltaba algunos piropos, muy comedidos, siempre dentro de lo agradable. Eso me encantaba. Es muy halagador, con 18 inexpertos años, que un tipo de treinta y pico curtido en mil batallas te encuentre atractiva. Una amiga mía, para explicárselo a los hombres, siempre pone el mismo ejemplo: de la misma forma que cuando un hombre se cambia de coche le gusta que la gente le diga lo estupendo que parece el nuevo coche, a las chicas jóvenes les encanta que los hombres admiren su recién adquirida “carrocería” de mujer.
Como suele ser habitual entre mujeres, me di cuenta de que mi relación con “Toque” entraba en una nueva fase cuando empecé a notar que las otras chicas del gimnasio empezaban a mirarme mal. Incluso Begoña parecía algo tensa o celosa, aunque sin duda estaba acostumbrada a que él tuviera líos con chicas. Para las clientas de más de 25-30 años, la nueva “chavalita” de 18 (yo) empezaba a ser una rival en las atenciones de los hombres. Me hacía gracia esa situación, porque en el fondo pensaba que no sabría que hacer llegado el caso de que un chico del gimnasio ligase conmigo, esperando “algo” sobre lo cual yo era una total ignorante.
Empecé a coquetear con “Toque” de forma más evidente. Armas de mujer: la ropa un poco más ceñida, alguna caída de ojos sutil, prestarle atención especial cuando me hablaba, intentar quedarnos a solas o con una cierta intimidad… No suele fallar, y no lo hizo. Apenas un mes después de conocernos, ya teníamos una amistad bastante estrecha, él a veces se acercaba por las noches a donde yo estaba con mis amigas, para saludarme (y marcar territorio, por supuesto). Mis amigas, todas de mi edad, alucinaban con el treintañero macizo que me había ligado.
De una forma muy calculadora, debo reconocerlo, había decidido acostarme con él, porque me parecía la persona más adecuada para mi primera vez. No desde un punto de vista “romántico” de la pérdida de la virginidad, sino desde una visión más práctica: estaba bueno, me ponía, se moría de ganas de hacérmelo, y, sobre todo, era experto y sabía muy bien lo que hacía. Siempre he pensado que es mejor estrenarse con alguien que sabe lo que hace, que echar un polvo 100% novato, porque por mucho que te guste la otra persona, si los dos sois vírgenes va a ser un desastre. Él recibió mis señales, y me invitó a pasar unos días con él en una casa que tenía en el campo. Me daba un poco de miedo, para que negarlo. Nunca me había ido con un hombre, sólo tenía 18, etc., etc. Pero acepté. Lo difícil ahora era cómo decirle que, a pesar de ser un bomboncito de rubia, era virgen. Porque además, si se lo decía, quedaría claro que yo también quería sexo con él, situación algo embarazosa y muy poco apropiada para una “señorita”. Así que no dije nada.
Metí en mi mochila bastante lencería y un par de camisones interesantes. Imaginaba que saldríamos poco de casa. Nada más llegar me lancé, al fin y al cabo estábamos solos en su casa y había pocas dudas al respecto de qué hacíamos allí: me acerqué a él, puse mis manos alrededor de su cuello, y le besé. Él lo estaba deseando, y me respondió con efusividad y pasión. Aunque era algo más alta que él, era mucho más ligera: me cogió por las nalgas, bajo mi falda, y me echó sobre el sofá con una facilidad que me puso muy cachonda. Era la primera vez que trataba con un hombre que me trataba como una mujer, y estaba más excitada de lo que nunca habría imaginado poder estarlo.
Me puse sobre él. Siempre he sido muy peleona en el sexo, y ya entonces, en mi primera vez, lo fui. Tomé la iniciativa, me quedé con los pechos al aire, sabiendo que eso le encantaría. Me daba poder y confianza: usaba mis valores seguros, eso me hacía sentirme tranquila, y mucho más cuando le saqué la polla y empecé a chupársela. Todo aquello me era conocido. Calmaba mi morbo ocupándome de él. Sus manos no dejaban de regalarse en mis pechos y mis nalgas, y yo me notaba humedecer cada vez más.
Mi sexo oral le encantaba. Eso aumentó mi confianza. Pero “Toque” quería follarme, evidentemente. Así que se revolvió, cambió el equilibrio, se puso sobre mí y me quitó el tanga con habilidad. Yo seguía cachonda, pero ya estaba más tensa. Me abracé a él, porque realmente estaba muy excitada. Sólo le susurré, muy bajito, que me lo hiciera con cuidado. No sé como consiguió escucharme, pero me oyó, y debió entender. Sus manos, suavemente, me empezaron a acariciar y masturbar. Yo no podía aguantar mis gemidos, me moría del placer. Bajó su cabeza para chuparme, y con eso perdí totalmente el control. Notaba la necesidad de ser follada. Y entonces fue cuando lo hizo. Al principio con un poco de calma. Al notar su polla, dura, y sobre todo la temperatura, dentro de mí, la sensación era muy extraña, pero me gustaba. Poco a poco empezó a bombear, siempre con cuidado. Noté el dolor agudo, pero se mezclaba con el placer, y poco a poco desapareció y todo era placentero. Raro, nuevo y placentero.
Era un experto, estaba en buena forma. Empezó a follarme de forma profunda, siempre sin ser brusco, y mientras tanto me besaba los pechos y me masturbaba. Yo no podía hacer nada. Estaba paralizada de placer, y con la sensación totalmente nueva, todo mi cuerpo estaba entregado al aquella sensación maravillosa. Sólo pude notar el orgasmo cuando llegó, totalmente por sorpresa, y me puse a gritar de placer, clavándole las uñas en los hombros. Él sonrió, sabiendo que lo había hecho bien. El resto del fin de semana… continuamos experimentando mis conocimientos recién conseguidos.
—
Este tema también había salido en el Test:
ad.ultera@ymail.com
Sobre mi primera paja, ya he comentado anteriormente:
Estrenamos “miniserie”, por petición de la audiencia. Para empezar por el principio, recordaré la primera vez que me masturbé que, además, fue la primera vez que tuve un orgasmo. Para quienes no lo hayan leído, ya mencioné de pasada el asunto en “Un test subido de tono”, así que os lo pego aquí: