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Me desayuno

Es un placer extraño para una madre y esposa desayunar a solas en su propia casa.

No quiero parecer insolidaria, ni una madre irresponsable, pero el día a día cotidiano nos hace añorar lo que ya rara vez tenemos. En mis desayunos hay habitualmente cafés y colacaos, tostadas y besos maternales, mermeladas y mantequillas, pero no hay silencio ni intimidad.

Hoy sí lo hay.

“Una conjunción familiar hace que esta mañana de sábado Julia desayune sola”.

Casi no puedo ni creérmelo pero, desde luego, lo voy a celebrar. Una madre nunca sabe cuando será la próxima vez que tenga el raro placer de desayunar en silencio y sin necesidades urgentes que auxiliar a su alrededor.

Me voy a celebrar mi propio desayuno privado.

Cerca de la urbanización hay una pastelería delicatesen que hace unos bollos de mantequilla para derretirse de placer. Es precisamente lo que necesito. Sandalias, vaqueros ajustados, camiseta desenfadada y el pelo recogido para darme un paseo hasta ese lugar de vicio y perdición que, para cualquier mujer, es una pastelería. Pocos hombres conocen el secreto de cómo llegar entre nuestras piernas a través de nuestro paladar. Una verdadera lástima. Con este pensamiento en la cabeza llego al establecimiento. Un verdadero cerebro en marketing contrató como dependienta de los fines de semana a una dulce chica morena, de voz angelical y ojos de hada, todo amabilidad. Ella no lo sabe pero hoy es cómplice de mi placentero desayuno secreto a solas. Me despacha los bollos en una bolsa de papel muy sofisticada mientras me hace, entre sonrisas, las preguntas normales sobre mis hijos.

- Se han ido todos, hoy desayuno sola.

En su mirada me parece ver algo de entendimiento, comprensión de la tranquila y sensorial celebración de mi desayuno a solas. Con su dulce sonrisa y mi bolsita de papel rellena de bollos del pecado me vuelvo a mi casa. Ya en la urbanización, saludo a varios vecinos que me devuelven miradas educadas y algún soslayo breve a mi cuerpo. Noto en sus saludos que más de uno de ellos estaría gustoso de venir a desayunar a mi casa hoy. Está bien tenerlo en cuenta. El futuro es largo.

Pero hoy desayuno sola.

Espontáneamente, en cuanto atravieso la puerta sé lo que tengo que hacer. Una ocasión especial como esta merece un atuendo especial. Por eso las sandalias se quedan en el mueble y los pantalones y el top se acomodan en un taburete de la cocina. Qué mejor manera de desayunar conmigo misma que hacerlo en lencería. Unas braguitas suaves de blonda celeste y un sujetador que le va a conjunto. Cómoda y sexy.

¿Cuántas mujeres en el mundo habrán puesto la cafetera en bragas y sujetador?

Desde luego, muchísimas. Hoy soy una más de ellas. Este sencillo acto, impropio en un hogar familiar, me hace ser más consciente del raro festejo que estoy celebrando. En seguida el olor del café llena la cocina. Creo que nunca os lo he dicho, pero el olor del café recién hecho por las mañanas me resulta muy erótico. También el de las tostadas. Nunca lo he consultado con un especialista pero sería divertido ver la cara que pone un psicólogo si le cuento algo así. Por supuesto, hago tostadas para acompañar ese café que está hirviéndose. También troceo un mango y unto con mermelada de fresa mis bollos de mantequilla.

Todo mi festín en un plato y una taza.

Me siento en el taburete. Nunca había sentido la piel de los taburetes de mi cocina directamente sobre mis nalgas y la parte superior de mis muslos. La sensación es nueva, diferente. Me siento expuesta, aunque no hay nadie más conmigo. Resulta muy excitante. El mango fresco me llena la boca, jugoso. Gotea mi barbilla. En el segundo trozo decido dejarlo gotear en mi busto y noto como resbala su esencia entre mis pechos. Sorbo de café caliente, contraste muy amargo, masculino. Mi propia taza de café me seduce.

El primero de los bollos con mermelada llega como el primer sexo oral: marca el final de los preliminares. Este desayuno está yendo más allá de lo que había pensado. Chupo la mantequilla, lamiendo muy despacio la superficie suave del bollo, antes de tragármelo casi entero. Nunca le había hecho una felación a un bollo de mantequilla. Cojo el segundo y me voy al ventanal. Me apoyo en la pared y miro hacia fuera mientras saboreo más despacio el segundo bollo. Desde mi cocina, casi desnuda, veo pasar a dos vecinos, uno hacia su casa y otro desde ella hacia el coche. Ellos seguramente no me ven, pero otros sí podrían verme ahora mismo desde sus casas. Eso me da un escalofrío. Nunca he sido así en mi ambiente. Es mi primer acto de exhibicionismo en mi urbanización, desayunando en bragas ante el ventanal de la cocina. Puede parecer poco, pero es un gran salto para mí.

Cuando termino el segundo bollo estoy ya cachonda. Noto mi humedad. Puedo incluso olerla. El hecho, raro, de sentir el aroma de mi sexo en mi cocina, entre el olor a café y tostadas, me provoca una curiosa mezcla de pudor y deseo. Cojo la taza de café con las dos manos, como si su calor me confortase en esta sensación nueva para mí. Saboreo la taza mientras veo a una de mis vecinas, Eva, que sale a regar las plantas de su terraza. La observo mientras bebo el café despacio. En uno de sus movimientos de cabeza creo que me ha visto. Al menos, me parece que ha podido ocurrir. El escalofrío es punzante. Pero no me disuade, sino que me dispara.

Es precisamente esa posibilidad la que me decide. ¿Qué pensará de mí si me ha visto? Desayunando en braga y sujetador frente al ventanal, donde podrían verme los vecinos de varias de las casas cercanas e, incluso, alguno desde fuera de las parcelas. Eva no es una de las vecinas cotillas de la urbanización, pero si me ha visto desde luego tendrá su propia opinión. Todo esto me embiste. La excitación está ya en el límite, con un sabor especial que nunca había sentido antes.

Está decidido. Me voy a masturbar aquí, en la cocina. En la misma cocina en la que desayunan mis hijos y preparo café con pastas para las visitas de cortesía.

Me separo del ventanal y apoyo una nalga en el taburete. Mi mano derecha se pierde dentro de mi braga, acariciando mi humedad. Doy otro sorbo al café, que sostengo todavía en mi mano izquierda. Esa taza es el componente masculino en todo esto, no hay duda. Por eso huelo y saboreo su último sorbo justo cuando entierro dos dedos dentro de mí. La humedad me ayuda a hacerlo con suavidad.

Me estoy masturbando. Sin prisa. En mi cocina. En bragas. Desayunando.

No tengo apuros. Gozo de mis labios, de mi clítoris. Me siento libre y extraña, fuera de mi cuerpo, tomada por una fuerza que no conozco. No hay apremio, sólo un dulce disfrute privado que sólo yo entiendo. Mientras me masturbo sigo sosteniendo la taza, pero cada vez mi cuerpo se tensa como una cuerda. El taburete resbala, la mano se sacude, se agita. Empiezo a luchar conmigo misma en mi sexo. El ruido de la porcelana contra el suelo me dice que he soltado la taza. Y no hay instinto de madre, no pienso en recogerla con cuidado y limpiar el suelo. El ruido de la porcelana rota me dispara: soy esa madre que se masturba en la cocina en que desayunan sus hijos y estoy tan entregada que he roto la taza.

Mi sexo se precipita y me consume. Sabiendo perfectamente lo que hago, cojo el plato sobre el que he desayunado y lo tiro al suelo con fuerza, haciéndolo añicos, mientras mi mano sigue hundida en mi humedad. El ruido del plato roto es un orgasmo que me dispara, echándome hacia adelante, sobre la barra, en un gemido. Es entonces cuando me doy cuenta de que llevo minutos rebotando mis jadeos contra el eco de la cocina. La sola idea de que mi sexo suene y retumbe en ese lugar de la casa me hace perder el poco control y vaciarme de tensiones. Me dejo ir en un orgasmo tan dulce como los bollos con mermelada.

Ya no puedo decir que nunca he roto un plato.

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Mamá en la ducha

A veces el cuerpo pide una ducha, porque es un pretexto para disfrutarse.

Obviamente, no hablo de sólo higiene. Pero tampoco estoy hablando de sexo o masturbación. Sólo del puro placer que una mujer y su cuerpo sienten cuando se regalan una ducha con tiempo, sin relojes, teléfonos ni apuros. Sin salidas del colegio ni extraescolares, simplemente el agua, los jabones, la espuma y el cuerpo.

Tengo al menos una hora y media.

Me descalzo los tacones de la calle. La primera sensación primaria son las plantas descalzas y cálidas contra la madera del suelo tibia. Me encanta estar descalza y la sensación de libertad que te ofrece. Después el cinturón y los vaqueros, que se quedan en el cesto de la colada. En braguitas y camisa preparo el ritual. Hay tantos tipos de mujeres como cantidad de toallas usamos para la ducha. Yo soy del raro club de las Tres Toallas, por costumbre familiar: cuerpo, pelo y piernas. Suavizante, cremas, champú y jabones, como el recetario de una brujita hermosa.

Como esta ducha la voy a escribir para vosotros… me permito el gesto de dejar la camisa en el suelo de la habitación después de desabrocharla. Es un gesto para la galería. Normalmente esa camisa se iría al cesto, con los vaqueros, pero esta ducha os la dedico y brindo con mi camisa en el suelo. Las braguitas y el sujetador, sobre la cama, como señal de Mujer Duchándose en el código internacional de Señales Textiles. Desnuda, pero con las joyas, camino hacia el baño.

La joyería se queda en una bandeja, en la pila del baño. También un leve aire de sombra de ojos y un suave lápiz de labios se quedan frente al espejo, antes de entrar en la ducha. Un gesto especialmente erótico, morbo doméstico, es el paso de piernas, cuando estando totalmente desnuda pasas sobre el borde de la bañera para entrar bajo el agua. Mi marido lo hace todo a lo grande y, por eso, tenemos una bañera enorme y un teléfono de ducha de tamaño cabina. No criticaré su gusto por el lujo en este caso, porque la sensación de ducharse bajo una enorme cascada de agua cálida es maravillosa, aunque los lectores ecologistas torcerán el gesto al leer esto.

Primer contacto con el agua caliente. Escalofríos dulces, el agua resbala por la piel, se cuela entre los pechos, baja por el ombligo, barre suavemente la espalda y se vierte entre las nalgas y las piernas. Cara hacia arriba, boca abierta, manos echando hacia atrás el pelo… el ritual universal. Todas las mujeres empezamos así la ducha, aunque no es necesario. Y es por culpa del cine, porque todas nos sentimos Janet Leigh en la ducha, aunque afortunadamente Norman Bates no suele aparecer tras la cortina.

La silueta erótica que se pinta en más ocasiones de una ducha femenina es la del cuidado capilar. No creo que a los hombres les interesen mucho las puntas abiertas, pero les seduce en lo más profundo el perfil de una mujer con sus dos manos en la cabeza. Por suerte para ellos, los jabones y cremas capilares son la parte más metódica de la ducha. Si os asomáis a la ducha de cualquier chica, seguramente la cogeréis enjabonando el pelo. Cuando me enjabono la cabeza cierro el flujo de agua. Como la bañera es muy grande, tiene una mampara baja de forma que durante toda la ducha me veo reflejada en el gran espejo del baño. Desnuda, con las manos en la cabeza. Indudablemente, una posición sugerente, que dura unos cuantos minutos y se repite, en mi caso, cuatro veces. Los dedos acarician la cabeza, a veces también la nuca, y el vapor relaja los músculos, dejándote en un dulce estado de embriaguez no alcohólica.

Terminado el pelo, sigue el cuerpo. Cuello, con las dos manos, y resbalando hacia los pechos. No puedo evitar una sonrisa pensando en explicaros cómo me enjabono los pechos. En la mayor parte de los días, los pechos no se llevan mucha atención. Son una parte del cuerpo firme, turgente, sin pliegues, de manera que se enjabonan con facilidad y se aclaran con todavía mayor simpleza. Pero para los hombres, espuma en los pechos es un grito de guerra primario. Hoy, por vosotros, me miro en el espejo mientras me enjabono las tetas, por el escote, canalillo, bordes y, al final, la parte inferior y los pezones. Con el calor, los pezones están en la ducha normalmente en su mayor tamaño, suaves y delicados.

Abdomen con manos abiertas, hasta la cadera, abrazando por la cintura muy estrechamente para llegar a la espalda y entrar en el territorio de las nalgas. Sigo viéndome al espejo, colocándome de perfil para ver cómo el jabón conquista mis nalgas y mi mano llega a mi culo, mientras la otra se ocupa de mi pubis, que siempre está más caliente que la ducha. En una ducha íntima, este sería el primer momento ideal para dar rienda suelta al autosexo, pero hoy sólo hablamos de una ducha.

Me parece especialmente erótico enjabonarme las piernas. Apoyo cada pie en el borde de la ducha, que es bastante alto. A mi marido le gusta verme hacerlo, desde la puerta, donde tiene un panorama estupendo de mis piernas separadas y mi sexo abierto. Me imagino que a vosotros también os gustaría estar en mi puerta ahora mismo. Al terminar con todo el jabón, con la manguera, despacio, dejo correr el río de agua caliente por todo mi cuerpo, allí donde hay espuma, para que vuelva a asomar mi piel. A menudo, al borrar la espuma de mis pechos, los pezones están un poco más apretados que cuando los enjabonaba. Hoy, por vuestra culpa, están realmente duros, porque sé que me estáis mirando.

Me resisto a masturbarme, porque hoy sólo hablamos de una ducha. Sin duda, los manguerazos calientes de agua limpia son el mejor momento para autosatisfacerse, con o sin el agua. Me encanta verme en el espejo con el agua resbalando por todo mi cuerpo. Podéis reíros, pero siempre me dedico una última mirada al espejo, de varios segundos, antes de cerrar la llave de paso.

Melena a un lado, escurriéndola sobre mi hombro derecho. Me dejo el pelo mojado apoyado en ese hombro mientras recojo la toalla. Así, desnuda con la melena mojada, es como más excita a mi marido verme. Sin toallas. La primera de las tres se hace turbante en mi pelo, la segunda envuelve mi torso, como un minivestido. Mientras tanto, la tercera acaricia mis piernas, otra vez con un pie apoyado en el borde de la bañera. En esa posición, con el calor de la ducha, puedo notar el leve frescor del aire que se cuela por la puerta entre mis piernas, templando mi vulva. Vestida sólo con la toalla, en esa estampa que es puro erotismo universal, salgo del baño y voy al vestidor, para escoger la ropa. Elijo un tanga transparente de color granate, a juego con el sujetador, también transparente y los llevo sobre mi cama.

La ducha no termina cuando las toallas acaban su trabajo. Primero un poco de crema para el pelo. Al subir las manos la toalla os quiere dar un regalo y se suelta, dejándome desnuda. Esto no siempre ocurre, pero hoy la suerte está de vuestra parte. Me ahorra desnudarme, porque tras la crema para el pelo llega la hidratación para el cuerpo, mi parte favorita de la ducha. Con una hidratante fresca, me acaricio los hombros, la espalda, los pechos y abdomen, las caderas y, con un cuidado especial, dedico otra vez tiempo a hidratar mis piernas.

La mejor forma de que la piel absorba la hidratación es aguardar desnuda. Normalmente es una espera breve, dentro del baño o en el dormitorio. Hoy estoy sola en casa y me dedico un paseo desnuda hasta el vestidor, donde escojo el vestido azul, corto y de escote cuadrado, bien entallado, que favorece mi escote, especialmente con la lencería que he escogido.

La ducha se termina al vestirse. Primero la braguita, ajustando la blonda transparente en las nalgas. Luego el sujetador, sosteniendo una visión elegante. Por encima el vestido y unas sandalias. Sin joyas, porque no tengo tiempo: me he entretenido tanto que mi hijo sale de sus actividades en sólo veinte minutos.

Pero esta ducha para vosotros ha valido la pena.

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Dedicado a Trotamundo, por la sugerencia.

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¿Cómo se masturba una madre?

Normalmente, con prisa.

No hay ninguna duda de que ser madre es una de las cosas más maravillosas que puede vivir una mujer. Tampoco da mucho lugar a la duda el hecho de que mamá está muy ocupada y no tiene tiempo para muchas cosas que sí tenía antes.

Una de esas cosas es masturbarme. En la vida adulta de cualquiera hay momentos íntimos y privados que podemos aprovechar para darnos algo de amor propio. Lo complicado de ser mamá es que lo eres a tiempo completo y eso también implica que ese recodo del reloj que podías aprovechar para masturbarte ahora lo tienes normalmente comprometido en cuidar, atender, alimentar o educar a tu hijo.

La educación que recibimos, además, nos hace sentirnos muy nefastas madres si no estamos disponibles. Es muy difícil perder una mano suavemente dentro de tus braguitas durante cinco minutos cuando piensas que, en cualquier momento, puede haber una emergencia. Y tal como nos han educado, cualquier cosa que se le antoje al niño es una emergencia.

El colegio es una bendición. Puedes querer muchísimo a tu hijo, pero eso no evita que valores en su justa medida el tiempo que recuperas cuando está en el colegio. El problema viene cuando trabajas mientras él está en el cole, como viene a ser lo normal. Mi primera masturbación como madre fue gracias a la guardería. Dejé a mi niño allí a primera hora de la tarde y me fui a la compra. Al llegar a casa tenía la intención de aprovechar el tiempo sin niño en casa para organizar algunas cosas, ordenar la casa y preparar la merienda. Mi buen propósito duró poco. Probándome un vestido que acababa de comprarme, de flores, en mi habitación, la idea saltó de golpe. Dejé resbalar las finas tiras de algodón, el escoté cayó suavemente y mis aureolas asomaban por el borde. Una yema suave, un par de gemidos. Lo echaba tanto de menos que al esconder la otra mano bajo el vestido me noté totalmente mojada. Me temblaban las piernas de deseo, así que me arrodillé.

Todavía estaba delante del espejo, arrodillada y con mis pechos asomándose, semidesnuda. Lasciva. “Mírate, mientras tienes a tu hijo en la guardería, qué vergüenza”. Un pensamiento restrictivo, la educación siempre asoma cuando no hace falta. Tuve que luchar contra ello, defender mi derecho a una masturbación libre y sana. Me manifesté con mis dedos en mi vulva, que se derretía con el calor de mis manos. Hice una sentada pacífica sobre mis talones para poder separar un poco las piernas.

Ni recordaba la última vez que me había visto al espejo con mis dedos dentro de mi sexo. Escogí los dos más largos, los destiné a mi interior y empecé a gemir al momento. El maravilloso eco de una habitación cuando gimes a solas contigo misma también era un recuerdo demasiado lejano.

No fue largo. Una madre siempre se masturba con prisa.

Manché la moqueta. Menos mal que pasó de moda y ahora la hemos arrancado, porque la moqueta puede ser la peor enemiga de una madre pajillera. Siempre deja huellas. Para mamá, manchar la moqueta significó hacer otro hueco más en las tareas, más cosas que hacer esa tarde.

Pero había merecido la pena.

Al terminar, organizar algunas cosas, ordenar la casa y preparar la merienda. Y borrar las pruebas.

Recogí a mi niño del cole con bragas diferentes a las que llevaba al dejarle. Sólo yo sabía por qué.

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A solas en el sex shop

VibradorIpodA solas en el sex shop. Yo seguía mirando a mi alrededor, cuando vi movimiento tras el mostrador. Me acerqué. El mostrador era tan alto que desde fuera no se podía ver que había alguien sentado al otro lado. Privacidad para los clientes, y privacidad para el empleado. Un chico moreno con el pelo corto estaba completamente concentrado con la pantalla del ordenador, donde dos rubias con las tetas operadas se comían la boca en una piscina. El chico tenía los auriculares puestos. “Para escuchar mejor el diálogo”, pensé.

Se sobresaltó al verme. Se llevó un susto de muerte. No creo que tenga mucha clientela, pero seguro que no entran muchas chicas. Y menos todavía mujeres de mi edad. Él también se puso rojo, quizás por ser descubierto mirando porno en horas de trabajo. Pero es normal, es como si el frutero se come una manzana a la merienda. Se quitó los cascos como un rayo, y minimizó el porno en la pantalla.

-       Perdone… ¿puedo ayudarla?

Me quedé un poco atontada. Por un lado, me molestó que me tratara de usted. Ni que tuviera la edad de su madre… Y por otro, no sabía si podía ayudarme. Recordé que estaba en un sex shop, rodeada de pornografía y títulos donde las palabras “polla” y “putas” eran de lo más suave, a punto de hablar con un dependiente que casi tenía edad para ser alumno mío. Pero me sorprendió que el chico parecía muy educado, y me trató de usted. Estúpidamente, yo esperaba que me atendiesen a base de insultos, o ver a alguien con cara de enfermo sexual. Pero el chico tenía pinta de ser muy agradable, y bastante tímido. Y desde luego, muy educado. No tenía la polla en la mano, pese a estar viendo porno, lo cual también me llamó la atención.

-       Pues no lo se… – bajé la voz en tono de confidencia – ¿tienes vibradores?

-       Ah… – puso cara de “ah, claro, vibradores… ahora me lo explico” – Sí, en el piso de arriba.

“El piso de arriba” sonaba a que el último vibrador se lo habían vendido a Escarlata O’Hara. Se levantó, y le seguí. Comprobé que había otro cliente más, mirando porno al fondo de la tienda, viendo una caja donde me pareció ver una fotografía de un caballo. No quise saber más, y subí la escalera detrás del dependiente. Fue muy caballeroso pasando delante: los verdaderos caballeros pasan delante, porque los que sólo fingen ser caballeros dejan a la mujer delante para mirarle el culo.

Arriba, había de todo. Muñecas hinchables bastante feas, algunos juguetes más cómicos que eróticos, y cuatro puertas, tres de ellas cerradas. Pensé, tonta de mi, que eran cuartos de baño. Pero nadie tiene cuatro retretes, y luego me di cuenta de que debían ser para ver películas dentro. Novata…

-       ¿Qué tipo de consolador estaba buscando?

-       La verdad, no lo sé. Soy nueva. – puse una de mis sonrisas encantadoras, y el chico también sonrió.

-       Yo también soy nuevo… Quiero decir, que nunca he vendido un consolador a una chica – el también sonrió. Me gustó, porque cuando pasas de los treinta te encanta que te llamen “chica”, y no “mujer” o “señora”.

-       Ah, claro. ¿Llevas poco trabajando en la tienda? – yo lo tuteaba.

-       Dos años – se me quedó mirando.

-       Ah… Entonces es que entran pocas mujeres.

-       Es usted la primera que he visto. Y no creo que el dueño haya visto muchas más. – se le fueron los ojos un poco hacia mi escote, pero se rehizo con rapidez – Bueno… esto es lo que tenemos.

Nos paramos delante de una estantería llena de falos plastificados y estuchados. Había un par fuera de las cajas, uno con aspecto muy realista. Se me fue la mano y lo cogí. Con la mano derecha, la mano en que llevo el anillo de casada. El chico se fijó en ese detalle. Estaba tan sorprendido que ya no se fijaba en mi escote. Seguramente pensaba en una cámara oculta o una broma de su jefe.

Con aquella polla de látex en la mano, y el chico mirándome, la excitación que me había producido el encuentro con mi vecino volvió. Me di cuenta de que la situación era muy extraña, morbosa, y bien pensado, era bastante caliente. Era obvio que al chico le daba morbo vender un vibrador a una rubia casada de buen ver. Se lo iba a contar a todos sus amigos: “ayer entró en la tienda una rubia con unas tetas…”. Mi vena juguetona se despertó.

-       A lo mejor es una pregunta tonta pero… ¿se pueden chupar? – le pregunté, agitando el vibrador.

-       ¿Ahora? – abrió los ojos como platos.

-       ¡No hombre!, me refiero a si se pueden meter en la boca sin peligro. Si la pintura es venenosa, o algo así. Como los juguetes de los niños, que algunos llevan pinturas tóxicas…

-       Ah, vale… – respiró, aliviado – Si, son totalmente seguros. – respondió, pensando que aquel pito de látex no parecía un juguete.

-       Bien… Es que estoy pensando en comprarme dos. Uno que vibre, y otro como este, con forma de polla, para metérmelo en la boca y chuparlo mientras me masturbo con el vibrador.

Supongo que fue demasiado. Una rubia treintañera y pija, con minifalda y escote, explicando que piensa meterse un consolador en la boca mientras se masturba, es mucho para cualquiera. El chico no podía estar más rojo, y yo no podía estar más cachonda.

-       Es que me gusta chupar mientras me corro…

Esa frase la dejé en el aire, con cara de total inocencia. Como si estuviese diciendo que me encanta la tarta de fresas, “anda mamá, déjame otro trocito”. El chico tardó unos cuantos segundos en decir algo. No creo que estuviese pensando qué decir: creo que no estaba pensando en nada.

-       Ah… claro…

-       Sí – sonriente, segura, y muy descarada – de soltera me chiflaban los tríos, pero desde que me casé… bueno, mi marido es muy clásico.

Yo mantenía la normalidad de la conversación, como si no fuese nada. El dependiente trataba de recuperar la normalidad, o algo parecido, pero se daba cuenta de que yo se lo ponía muy difícil con mi conversación, y además seguía teniendo la polla de goma en la mano. Trató de fingir, también él, que la conversación era totalmente normal. El frutero y la clienta hablan de peras y manzanas, pues el sex-shoper y la clienta hablan de orgasmos y tríos. Y ese intento de normalidad fue su error, porque se puso a tiro para enredarlo más en mi juego. Y yo estaba juguetona.

-       Vaya, pues que pena, ¿no? – preguntó, como si yo le estuviera hablando de que mi marido roncaba, en vez de decirle que a mi marido no le apetecía que me follasen otros.

-       ¡Buf! Imagínate… ¿Tú has hecho tríos? – como quien pregunta si tienes mascota.

-       Nooooo, que vaaaa – “qué más quisiera yo”, se leía en sus ojillos vidriosos.

-       Pues no sabes lo que te pierdes. Yo estaba enganchadísima. Hasta la boda, claro – “claro, claro, faltaría más”, él ponía cara de circunstancias – Y la verdad es que lo echo mucho en falta. No hay nada como tener dos pollas para ti, chupar como una loca…

Notaba que el chaval se estaba haciendo una composición mental, conmigo como protagonista. Le estaba dando tema para su próximo millar de pajas. Sus ojos estaban perdidos, imaginándome desnuda y con dos tíos. Se sinceró. Entró al trapo.

-       Pues a mi me encantaría – dijo, tajantemente.

-       Tienes que probarlo, sí.

-       No, no… Digo… Bueno, que si tuviera una novia que le gustaran los tríos, yo estaría encantado de la vida. – “y si fuera como tu…”, se le notaban las ideas.

-       Eso dicen todos, pero luego los hombres os volvéis muy posesivos. – le sonreí, muy coqueta – O más bien, yo creo que tú piensas en un trío con dos chicas. Como la película que estabas viendo. ¿No?

-       ¡Buenóooo! Eso ya sería la hostia – confesaba, con cara de “si hago eso puedo morir en paz”.

-       Es muy caliente. A mi me encantaba compartir a un chico…

-       ¿Pero también hacías tríos con otras chicas? – me interrumpió, cada vez más interesado en mí.

-       Si, claro. Pero es más fácil encontrar dos tipos con ganas de echarte un polvo, que una chica que te de morbo hacértelo con ella y compartir a un hombre. Aunque… – pausa dramática antes de soltar la bomba – tengo que decir que nunca he gemido tanto como cuando me lo ha comido otra mujer… ¡Y mira que yo grito mucho cuando me corro!

-       ¿Sí?

-       Uf… ¡te lo juro! Grito como una loca. Sobre todo cuando me follan a cuatro patas. Normalmente en esa posición, me tienes que tapar la boca, porque sino se entera media ciudad.

-       Bufff… – resoplando, tragó saliva, como reconocimiento de que se empezaba a poner muy caliente con la conversación – A mi me encantan las tías que gritan mucho.

-       ¿Ah, sí? –sonrisa amable y natural – Pues chico, si me oyes te encantaría. Por eso tengo que llevar dos vibradores. Si tengo una polla en la boca mientras me corro, hago menos ruido, ¿sabes?

Me reí bastante de mi propia barbaridad, pero el chico ya estaba lívido. No le corría la sangre. Pensé que ya era suficiente de hacerlo sufrir. Cogí un par de vibradores, empaquetados. Me llevé uno finito, de color rosa metalizado, y otro con forma de polla, de buen tamaño. Me despedí del dependiente con una sonrisa. Estaba segura de lo que pasaría en cuanto salí de la tienda: el chico iba a dar buen uso de una de las cabinas del piso de arriba, pensando en mí. Todavía me sorprende que no se olvidase de cobrarme. Un buen empleado.

Tengo que reconocer que después de la visita al sex shop, gasté la pila del vibrador pensando en el coqueteo con el dependiente, en cómo lo había puesto a tono con mi conversación un poco descarada. Porque, la verdad, no fui demasiado atrevida. Podría haber sido mucho peor. Los días siguientes, cada vez que había intimidad en casa, encendía el vibrador, me tumbaba, y recordaba la conversación, la mirada nerviosa del chico en mis pechos, los ojos como platos en mi mano con la polla de látex, los suspiros cuando me imaginaba con dos hombres a la vez. Y también imaginaba que, mientras coqueteaba con él, mi vecino Paco estaba delante, con un DVD porno en la mano, oyéndome decir todas esas cosas descaradas, calentándose también. Y también imaginaba una conversación aún más subida de tono, más caliente y evidente.

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Me sentía muy moderna por tener pensado ir al sex shop

1316a00ae686625f21a763b1b1e3c084225570e4Me sentía muy moderna por tener pensado ir al sex shop. Una mujer liberada. Dejé a Lucas en el colegio por la mañana, un día que tengo la mañana libre. Por la televisión he visto “boutiques” del sexo estupendas, donde unas dependientas majas y alternativas te atienden con un montón de juguetitos sexuales. Pero me parece que eso sólo pasa en las grandes ciudades.

En mi ciudad, que no es muy grande, solamente hay dos sex shop. Uno está en unas galerías comerciales del ensanche, entre un videoclub y una zapatería. Por fuera tiene pinta de que dentro se trafica con armas, y un rótulo de neón rosa fundido. Muy mal aspecto. Me acerqué hasta ese, porque el otro sex shop de la ciudad está a menos de un kilómetro de mi casa, en mi barrio, y me pareció demasiado arriesgado, por si me veían entrar. Al final, el aspecto de los dos clientes que vi salir me echó para atrás, y no entré.

Mientras conducía hacia casa me lo pensé, y me decidí a entrar en el de mi barrio. No tenía por qué ser especialmente peligroso. Aparqué en mi garaje, y me acerqué andando al sex shop, con dos o tres excusas pensadas por si me veía alguien conocido entrando a la tienda. El rótulo estaba mucho mejor arreglado, tenía mejor pinta desde luego, aunque con el escaparate totalmente cubierto por serigrafías, para que no se viese el interior. Parecía que no hubiese entrado nadie en los últimos cien años.

 

Entré al sex shop. Por primera vez en mi vida.

El corazón me empezó a latir tan fuerte que lo podía escuchar. Me sentí estúpida, como si estuviese haciendo algo malo. Cosas de la educación cristiana, supongo. Me acordé de lo que decía mi hermano cuando iba de chaval al videoclub de la esquina a alquilar películas “picantes”. Ni siquiera era pornografía, que no se podía conseguir en el videoclub, pero eran películas de “humor” donde aparecían mujeres desnudas. Y a él le daba muchísima vergüenza, porque el dueño del videoclub era amigo de nuestros padres.

Por dentro, el sex shop se parecía sorprendentemente a un almacén chino de barrio, largo y con dos estanterías a lo largo, hasta el fondo, otras pegadas a las paredes, y al fondo del todo, un mostrador de conglomerado muy alto. No vi a nadie. Entré dudando, con el corazón acelerado. Me quedé mirando un poster de una película porno donde un negro enorme, que la tenía enorme, se agachaba detrás de una rubita vestida con un uniforme de colegio parecido al de mis hijas. ¡Qué cosas ve la gente! Leí para mis adentros el título de la película… y me sonrojé.

Los títulos del porno los deben poner grandes poetas.

En las estanterías no veía nada más que cajas de pornografía, al menos en la parte cercana a la entrada: revistas, muchos DVD, y algún VHS. Había alguien agachado, con una caja en cada mano, comparando. Un hombre con la cabeza afeitada. La chaqueta de piel me resultó familiar, y me quedé parada mirándole sin pensar.

No reaccioné cuando me miró. No sé quien de los dos sintió más pudor al reconocer al otro. Abrió los ojos como platos, y creo que yo hice lo mismo.

Tardé como dos segundos en darme cuenta de que era Paco, mi vecino médico. Cuarentón, de los que se afeita la calva para ser atractivo, casado, padre de Marta, una amiga de mi hijastra Teresa. Me saludó con la cabeza, sin decir nada. Trató de esconder en el estante los DVD que tenía en la mano, y fue peor porque se cayeron al suelo cerca de mí. Una de las películas era la del negro y la colegiala que salían en el póster, o una muy parecida.

No supe qué pensar. Y tampoco sé por qué tendríamos que avergonzarnos. En los segundos que estuvimos allí mirándonos, poco a poco empecé a sentir más morbo por el hecho de descubrir que mi vecino consumía porno donde grandes pollas negras daban placer a actrices con aspecto de estudiantes.

También pensé en él, con su polla en la mano, viendo la película. Incluso tuve una milésima de segundo para pensar que resultaba curioso verle tan interesado en el porno de jovencitas, teniendo una hija. ¿Se habrá masturbado alguna vez pensando en hacerle a mis hijas lo mismo que el negro le hacía a la rubia? Lo curioso fue que esa idea no me escandalizó, sino que me resultó turbadoramente morbosa.

Sin pensármelo, como un reflejo que no se exactamente de dónde me venía, me acerqué. Me agaché. La minifalda se subió hasta descubrir por completo mis muslos, cuando recogí la caja de la película y se la di a Paco.

- ¡Hola Paco! – sonriente, fingiendo normalidad, como si estuviésemos en la frutería - ¿qué tal Marta?

- Eeeehhh… – él no sabía dónde meterse, con la cara totalmente roja, al escucharme nombrar a su hija.

- ¿Has visto ésta? – le pregunté con normalidad, mujer con mucho mundo, enseñándole la caja donde el negro se tiraba a la rubita como si fuera un par de zapatillas.

- Eeeennn… ¡No, no!, que va…

- Pues llévatela. ¡Tremenda! Pero bajad el volumen de la tele, porque la rubita chilla como una loca cuando se la mete por detrás.

La frase me salió de carrera, toda seguida, sin pensar. No sé cómo se me ocurrió, pero Paco se quedó helado. Está claro que no me imaginaba diciendo eso, pero es normal. Tampoco yo me imaginaba diciendo algo así. Me admiro de haber usado el plural (“bajad”), como sugiriendo que el porno lo veía con su mujer. Como las parejas modernas.

Él no fue capaz de decir más. Asintió con la cabeza, y murmuró algo de que tenía que marcharse. Yo me despedí de él, y Paco seguía mirándome como si lo hubiese soñado todo mientras me daba respuestas automáticas para intentar escabullirse. Se marchó pitando, sin llevarse nada. Pillado.

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Los primeros días me sentía como una obsesa

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Los primeros días me sentía como una obsesa. Pero ahora, la verdad es que me da morbo: me siento algo guarra, y eso me pone más cachonda. Nunca me hubiera imaginado a mi misma así. Me lo he hecho en el gimnasio, en el trabajo, en los baños de una cafetería, en casa de una amiga, en la piscina de la urbanización y en el cuarto de baño de mi hermana. Mi cuñado casi me pilla, y de hecho no se si me habrá escuchado gemir.

El otro día estaba de compras. Me estaba probando un camisón con transparencias en el pecho. Al mirarme al espejo, me gustó mucho. Se me veían totalmente los pezones entre el encaje azul celeste. Me acaricié sobre el encaje, y note que estaba caliente. Me estremecí. Si hubiese sido hace meses, no habría pasado nada. Pero ahora no puedo aguantarme. Metí la mano debajo de las braguitas y empecé a acariciarme. Noté que ya estaba muy mojada, el dedo entraba suave. Fue la última vez que me masturbé en un sitio público antes de tomar medidas.

“Voy a acabar rompiéndome la mano”, pensé al cabo de un par de semanas de pajillera. Los hombres, en su adolescencia, se acostumbran a masturbarse a diario. Nosotras no lo hacemos, y las que lo hacen no lo dicen. Yo siempre he pensado que es porque lo nuestro es más cansado.

Los hombres sujetan, sacuden, y ya está. Pero nosotras hacemos un esfuerzo físico tremendo para darnos placer, ya sea luchando con nuestros dedos contra el clítoris, o metiéndolos dentro. Es un trabajo duro, y es casi obligatorio. Aunque empieces acariciándote suave los labios humedecidos, eso te da mucho placer, pero al final siempre acabas necesitando más caña.

Para eso se inventaron los consoladores. Y yo necesitaba uno, teniendo en cuenta el trabajo acumulado de los últimos tiempos. Recuerdo que me habían regalado uno hace años, unas amigas, en un cumpleaños. Típica broma. Ni siquiera lo había probado. Y ya no sé dónde lo puedo haber metido. Seguramente lo tiré antes de casarme.

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Hasta ahora nunca me había masturbado fuera de casa

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Hasta ahora nunca me había masturbado fuera de casa. Lo había hecho en mi ducha, en mi bañera de burbujas, en la cama… pero nunca fuera de casa.

Hace unas cuantas semanas, estaba en el gimnasio, haciendo bicicleta. Llevaba mis mayas blancas y un top amarillo, con tiras finas, sin sujetador. A veces me gusta esa sensación de estar sin sujetador con una camiseta muy fina. Todos los hombres y la mayoría de mujeres me prestaban mucha atención.

Me di cuenta de un chico que me miraba especialmente. Sentado en la bicicleta horizontal, con una camiseta azul y pantalones pirata blancos. Tendría unos veinticinco años, moreno, con melena larga oscura, barba canalla de varios días y piel soleada. No dejaba de mirarme por el espejo. Me azoré, al principio estaba un poco intimidada porque miraba con mucho descaro. No apartaba la vista de mis pechos, ni aun cuando yo estaba mirándole a la cara.

Normalmente, no sudo mucho. Pero llevaba ya un tiempo en la bicicleta, y el sudor empezó a pegarme la camiseta mas a la piel. Me vi en el espejo y tenía los pezones completamente duros, y muy marcados. Incluso transparentaban las aureolas oscuras. El chico se levantó y se vino hacia mí. Mirándome a la cara directamente. Se paró y dijo:

- Perdona… ¿me puedes prestar la goma del pelo?

Yo tenía una goma amarilla en la muñeca. Me la quité y se la di. Él no dejaba de mirarme las tetas, casi relamiéndose. Estaba a menos de medio metro, y me miraba los pezones con total descaro mientras se ataba la melena oscura.

- Gracias… si quieres luego quedamos para devolvértela…

- Tranquilo, tengo más, puedes quedártela.

- Me gusta mucho tu camiseta…

- Gracias.

No supe que decir, pero noté la humedad al momento. El chico no dijo mucho más. Volvió a su bicicleta, y siguió comiéndome con los ojos otro buen rato. Luego se marchó al vestuario, saludándome con la cabeza al pasar cerca de mí. Pasó por detrás de mí, y se quedó un par de segundos mirándome el culo. Luego se quitó la goma del pelo, y me la devolvió.

En cuanto entré en mi cabina del vestuario, empecé a acariciarme pensando en el chico. Sus ojos mirándome, me imaginaba sus manos en mis pechos, abarcándolos mientras me los chupaba. Estaba tan caliente…

Me masturbé en la ducha. Dos veces. Me di tanta caña que al día siguiente me dolía la mano. Era la primera vez que me masturbaba fuera de casa. Desde esa vez, ha habido más. Incluso me he tenido que masturbar dos veces en el trabajo, en medio de las clases, metida en el baño.

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La bañera

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La bañera es uno de los objetos más poderosos en mi mente erótica. Creo que fue el primer lugar donde me sentí una adúltera. No había nadie más conmigo en aquella bañera, estaba yo sola, pero fue el primer sitio donde dejé de ser una casada con su vagina centrada en su marido para ser una mujer con la vagina libre.

Recuerdo llenarla por las noches, antes de que él llegase del trabajo y meterme con un buen puñado de sales aromáticas azules, el agua bien caliente. Normalmente ya estaba excitada al entrar, pero sino no tardaba demasiado en notar un dulce cosquilleo en mí. La primera vez que bajé mi mano para tocarme, me estremecí con sorpresa. Nunca desde casada me había dado sexo yo sola, pero tampoco nunca había sentido un escalofrío de placer semejante al poner mi dedo entre mis labios húmedos.

Una mujer casada tiene necesidades que su marido no tiene porque conocer.