El sábado se respiraba ese ambiente de paz y aire detenido típico cuando las vacaciones familiares se terminan al día siguiente. Mucha tranquilidad en casa y comida en el jardín. Las chicas y sus amigos iban a una fiesta en la playa por la tarde: querían volver pronto para madrugar y viajar en coche a primera hora del domingo. Mi marido se marchó a media tarde con mi suegro, de manera que me quedé sola con mi cuñado. Según mi marido, estando su hermano conmigo en casa se queda más tranquilo: no sé cuánto conoce a su hermano
*Cena a deshora
Como yo estaba en bikini, mi cuñado me ayudó a hacerle la cena a Lucas. Le acostamos pronto, porque estaba agotado de jugar todo el día anterior en el parque acuático. Cuando nos quedamos a solas, yo esperaba un ataque masivo por parte de José Luis. Me comió con los ojos un buen rato, me soltó varias de sus indirectas picantes, pero en general se comportó. A lo mejor resulta que mi marido sí conoce a su hermano, después de todo.
Me fui a la habitación, me duché y me puse cómoda para ver un DVD: “El lector”. Una buena película, muy dura, pero con una primera parte realmente erótica en la que empezaba a sentirme identificada con los sucesos de los días anteriores. Cuando estaba viéndola escuché a los chicos llegar de su fiesta e irse a la cama. No tuve que salir a decirles que no hicieran ruido para no despertar a Lucas, porque fueron realmente silenciosos.
Terminé la película y noté sensación de hambre. Lógico porque, después de la gran comida en el jardín, no había cenado. Me puse la bata de verano para salir a comer algo a la cocina. Justo delante de la puerta, me detuve. Me lo pensé mejor. Me quité la bata, y decidí salir tal como estaba: con un tanga amarillo muy fino y un top blanco de tiras. Por primera vez iba a hacer algo ilógico y fuera de lugar por puro morbo: el morbo de que alguien se levantase y me encontrase semidesnuda en el pasillo o la cocina.
Avancé por el pasillo. Nerviosa, tensa. Casi me parecía sentir frescor en mis nalgas por estar en tanga en mitad del pasillo. El top era tan fino que notaba erizarse mis pezones contra la tela, de tanta excitación. Esperaba que en cualquier momento se abriese una puerta y saliera mi cuñado, y me viera así vestida. Bajé las escaleras sintiéndome prácticamente desnuda, y llegué a la cocina no mucho más tranquila. Me calmé y abrí la nevera para beber algo.
Me sobresaltó ver por el rabillo del ojo que entraba alguien en la cocina. Me giré azorada y me encontré con uno de los amigos de mis hijastras: Fernando, el hermano pequeño de Malena. Mi primer pensamiento, instintivo, fue “tápate, que estás en tanga delante de un amigo de tus hijas”. Pero en seguida me vino un segundo pensamiento: si había salido de mi cuarto en tanga y top, a pesar de que había riesgo de encontrarme con alguien, era precisamente porque deseaba ese encuentro.
Aquello era precisamente lo que estaba buscando al salir en lencería de mi cuarto. Podría haber sido peor: podría haber entrado en la cocina mi cuñado, y eso sería peligroso de verdad teniendo en cuenta que mi marido no dormía en casa y que mi cuñado me desea realmente. Fernando era un chaval, apenas me conocía de unos días, me trataba con muchísimo respeto siempre, y no tenía que temer que se propasase.
- Perdón, me pareció escuchar a alguien… – el chico, sobresaltado, procuraba no mirarme.
- Sí, claro. Bajé a la cocina – yo me comportaba como si normalmente estuviera en tanga y top semitransparente cuando hablaba con los amigos de mis hijas – ¿Querías algo?
- Pues… la verdad que tengo hambre, pero no quiero molestarla.
- No, tranquilo. Te hago un bocata, ¿te parece bien? Así me tomo yo otro – abrí la nevera.
- Bueno… si no la molesto… – se le cortaba la voz: yo estaba de espaldas, y veía el tanga.
- No, que va. Siéntate. ¿De jamón y queso te va bien? – pregunté, agachándome en la nevera.
- Sí, sí… – balbuceaba, mientras se sentaba en el taburete.
Me agaché deliberadamente, tardando más o menos el doble de lo normal. Fue parecido a cuando serví el café a los amigos de mi marido. Pero aquel tanga era un tanga de bikini. El tanga de esta vez era un tanga de lencería. Aparentemente son iguales. Pero es muy diferente. Cogí los paquetes que necesitaba y una lata de Coca-Cola Light, notando que Fernando contenía la respiración. Casi podía escuchar sus pensamientos, porque sé perfectamente que pensaba que aquello era “demasiado bueno” para ser cierto.
Me acerqué a la barra donde estaba él sentado. Por algún motivo ya no temblaba de nervios, me sentía relajada, manejando la situación, totalmente controladora. Me di cuenta en ese momento de que el chico llevaba también poca ropa: una camiseta y un boxer, ambos blancos. Noté, sin querer mirar demasiado, que había erección debajo. También noté que mientras me acercaba a donde estaba él fue cuando se dio cuenta de que mi top era algo transparente.
-En la comida nos acabamos el pan. ¿Te importa que te lo haga con bollos dulces?
El dijo que no, claro. En ese preciso momento podría sugerirle la extracción sin anestesia de todas sus muelas, que tampoco le importaría. Los bollos dulces estaban en la estantería, junto a donde él estaba sentado, estante inferior. De manera que me agaché por segunda vez, en esta ocasión justo frente a él. Tenía una buena vista de mi escote, los pechos casi hasta los pezones. También tardé el doble de lo normal. Para cuando me levanté, su cara estaba totalmente roja. Aproveché el movimiento de levantarme, y me incorporé muy cerca de él. Sentirme a tan corta distancia no le tranquilizaba, precisamente.
Me quedé muy cerca: me puse a hacer el bocadillo en la propia barra donde Fernando se hallaba sentado. Estaba a menos de treinta centímetros de él, dándole conversación trivial sobre las vacaciones, mientras abría el bollo. Mis muslos desnudos rozaban con sus rodillas, porque estaba sentado en el taburete.
Él respondía con monosílabos. Creo que quería disfrutar cada momento de mi visión en tanga, oliendo mi perfume a tan corta distancia. Imagino que todos los días que pasó con nosotros, que me vio en bikini por la casa, pensaría o fantasearía en tenerme tan cerca. Estaba segura de ello por cómo me miraba en la cocina.
-¿Lo quieres con mantequilla?
-Sí, vale – el chico lo habría querido con una rata muerta con tal de seguir mirándome.
Volví al frigorífico, y tardé todavía más para sacar la mantequilla. El frío que salía de dentro hizo que los pezones se me endurecieran todavía más, un efecto secundario que no había previsto, pero que me venía de maravilla. Al volver junto al chico, no tardó ni un segundo en darse cuenta de que mis pezones parecían estar a punto de atravesar la camiseta. Pero yo, como si nada, me puse a untarle el pan con la mantequilla, muy despacio.
La mantequilla siempre me ha parecido un alimento erótico, quizás por culpa del cine. Por lo que fuera, me manché “accidentalmente” de mantequilla el pulgar izquierdo. Haciéndolo, recordaba el momento con la Nocilla y los chicos en la playa. Miré a Fernando directamente, con cara de normalidad, mientras lamía la mantequilla de mi dedo. El color rojo de su cara se acentuó. Y yo, digámoslo abiertamente, estaba cachonda. Por segunda vez desde que estoy casada sentí que tenía que contenerme para no echarme encima de un hombre. En este caso, de un chaval que, además, es amigo de mis hijas.
Terminé de hacerle la cena improvisada, y volví a dejar la mantequilla en el frigorífico. Tercera visión de mi culo con tanga. Para variar el programa, esta vez al acercarme me iba colocando el top, lo que hacía que se marcasen todavía más mis pezones.
Él estaba empezando a morder el bocata, pero lo que realmente se estaba comiendo (con los ojos) era a mí. Para rematarla, le ofrecí una servilleta de papel, que el aceptó, sin saber que nuevamente tendría que agacharme ante el. Esta vez me agaché durante menos tiempo, porque no hay excusa para tardar diez segundos en coger una servilleta. Pero como me había colocado el top, más abajo, esta vez por mi escote asomaban un poco las aureolas de mis pezones.
Me levanté, sabiendo que se quedaba con esa imagen, y le di las buenas noches.
Le di un beso cariñoso en la mejilla, arreglándomelas para que mis pezones duros, los mismos que había estado a punto de ver hacía dos segundos, rozasen su antebrazo. Podía notar su olor a excitación, pero también el mío, pues el tanga no es precisamente un gran aislante.
Me despedí y subí a mi cuarto.
Por supuesto, me masturbé. Esa noche le escuché ir al baño al menos dos veces.
Ese rato en la cocina con Fernando me descubrió habilidades que no había explorado antes.
Curiosamente, el “morbo doméstico” había resultado más sugerente que la “semana de chicas” con Laura.
–
Lo ocurrido en la playa me provocó muchas sensaciones extrañas y nuevas. Los últimos días de las vacaciones en familia prometían ser mucho menos excitantes en cuanto a emociones de lo que había tenido hasta ese momento.