Archive | noviembre 2009

VERANO 2009 (7ª parte): vacaciones en familia, del 22 al 23 de agosto

001_goloe_teloEl sábado se respiraba ese ambiente de paz y aire detenido típico cuando las vacaciones familiares se terminan al día siguiente. Mucha tranquilidad en casa y comida en el jardín. Las chicas y sus amigos iban a una fiesta en la playa por la tarde: querían volver pronto para madrugar y viajar en coche a primera hora del domingo. Mi marido se marchó a media tarde con mi suegro, de manera que me quedé sola con mi cuñado. Según mi marido, estando su hermano conmigo en casa se queda más tranquilo: no sé cuánto conoce a su hermano

*Cena a deshora

Como yo estaba en bikini, mi cuñado me ayudó a hacerle la cena a Lucas. Le acostamos pronto, porque estaba agotado de jugar todo el día anterior en el parque acuático. Cuando nos quedamos a solas, yo esperaba un ataque masivo por parte de José Luis. Me comió con los ojos un buen rato, me soltó varias de sus indirectas picantes, pero en general se comportó. A lo mejor resulta que mi marido sí conoce a su hermano, después de todo.

Me fui a la habitación, me duché y me puse cómoda para ver un DVD: “El lector”. Una buena película, muy dura, pero con una primera parte realmente erótica en la que empezaba a sentirme identificada con los sucesos de los días anteriores. Cuando estaba viéndola escuché a los chicos llegar de su fiesta e irse a la cama. No tuve que salir a decirles que no hicieran ruido para no despertar a Lucas, porque fueron realmente silenciosos.

Terminé la película y noté sensación de hambre. Lógico porque, después de la gran comida en el jardín, no había cenado. Me puse la bata de verano para salir a comer algo a la cocina. Justo delante de la puerta, me detuve. Me lo pensé mejor. Me quité la bata, y decidí salir tal como estaba: con un tanga amarillo muy fino y un top blanco de tiras. Por primera vez iba a hacer algo ilógico y fuera de lugar por puro morbo: el morbo de que alguien se levantase y me encontrase semidesnuda en el pasillo o la cocina.

Avancé por el pasillo. Nerviosa, tensa. Casi me parecía sentir frescor en mis nalgas por estar en tanga en mitad del pasillo. El top era tan fino que notaba erizarse mis pezones contra la tela, de tanta excitación. Esperaba que en cualquier momento se abriese una puerta y saliera mi cuñado, y me viera así vestida. Bajé las escaleras sintiéndome prácticamente desnuda, y llegué a la cocina no mucho más tranquila. Me calmé y abrí la nevera para beber algo.

Me sobresaltó ver por el rabillo del ojo que entraba alguien en la cocina. Me giré azorada y me encontré con uno de los amigos de mis hijastras: Fernando, el hermano pequeño de Malena. Mi primer pensamiento, instintivo, fue “tápate, que estás en tanga delante de un amigo de tus hijas”. Pero en seguida me vino un segundo pensamiento: si había salido de mi cuarto en tanga y top, a pesar de que había riesgo de encontrarme con alguien, era precisamente porque deseaba ese encuentro.

Aquello era precisamente lo que estaba buscando al salir en lencería de mi cuarto. Podría haber sido peor: podría haber entrado en la cocina mi cuñado, y eso sería peligroso de verdad teniendo en cuenta que mi marido no dormía en casa y que mi cuñado me desea realmente. Fernando era un chaval, apenas me conocía de unos días, me trataba con muchísimo respeto siempre, y no tenía que temer que se propasase.

- Perdón, me pareció escuchar a alguien… – el chico, sobresaltado, procuraba no mirarme.

- Sí, claro. Bajé a la cocina – yo me comportaba como si normalmente estuviera en tanga y top semitransparente cuando hablaba con los amigos de mis hijas – ¿Querías algo?

- Pues… la verdad que tengo hambre, pero no quiero molestarla.

- No, tranquilo. Te hago un bocata, ¿te parece bien? Así me tomo yo otro – abrí la nevera.

- Bueno… si no la molesto… – se le cortaba la voz: yo estaba de espaldas, y veía el tanga.

- No, que va. Siéntate. ¿De jamón y queso te va bien? – pregunté, agachándome en la nevera.

- Sí, sí… – balbuceaba, mientras se sentaba en el taburete.

Me agaché deliberadamente, tardando más o menos el doble de lo normal. Fue parecido a cuando serví el café a los amigos de mi marido. Pero aquel tanga era un tanga de bikini. El tanga de esta vez era un tanga de lencería. Aparentemente son iguales. Pero es muy diferente. Cogí los paquetes que necesitaba y una lata de Coca-Cola Light, notando que Fernando contenía la respiración. Casi podía escuchar sus pensamientos, porque sé perfectamente que pensaba que aquello era “demasiado bueno” para ser cierto.

Me acerqué a la barra donde estaba él sentado. Por algún motivo ya no temblaba de nervios, me sentía relajada, manejando la situación, totalmente controladora. Me di cuenta en ese momento de que el chico llevaba también poca ropa: una camiseta y un boxer, ambos blancos. Noté, sin querer mirar demasiado, que había erección debajo. También noté que mientras me acercaba a donde estaba él fue cuando se dio cuenta de que mi top era algo transparente.

-En la comida nos acabamos el pan. ¿Te importa que te lo haga con bollos dulces?

El dijo que no, claro. En ese preciso momento podría sugerirle la extracción sin anestesia de todas sus muelas, que tampoco le importaría. Los bollos dulces estaban en la estantería, junto a donde él estaba sentado, estante inferior. De manera que me agaché por segunda vez, en esta ocasión justo frente a él. Tenía una buena vista de mi escote, los pechos casi hasta los pezones. También tardé el doble de lo normal. Para cuando me levanté, su cara estaba totalmente roja. Aproveché el movimiento de levantarme, y me incorporé muy cerca de él. Sentirme a tan corta distancia no le tranquilizaba, precisamente.

Me quedé muy cerca: me puse a hacer el bocadillo en la propia barra donde Fernando se hallaba sentado. Estaba a menos de treinta centímetros de él, dándole conversación trivial sobre las vacaciones, mientras abría el bollo. Mis muslos desnudos rozaban con sus rodillas, porque estaba sentado en el taburete.

Él respondía con monosílabos. Creo que quería disfrutar cada momento de mi visión en tanga, oliendo mi perfume a tan corta distancia. Imagino que todos los días que pasó con nosotros, que me vio en bikini por la casa, pensaría o fantasearía en tenerme tan cerca. Estaba segura de ello por cómo me miraba en la cocina.

-¿Lo quieres con mantequilla?

-Sí, vale – el chico lo habría querido con una rata muerta con tal de seguir mirándome.

Volví al frigorífico, y tardé todavía más para sacar la mantequilla. El frío que salía de dentro hizo que los pezones se me endurecieran todavía más, un efecto secundario que no había previsto, pero que me venía de maravilla. Al volver junto al chico, no tardó ni un segundo en darse cuenta de que mis pezones parecían estar a punto de atravesar la camiseta. Pero yo, como si nada, me puse a untarle el pan con la mantequilla, muy despacio.

La mantequilla siempre me ha parecido un alimento erótico, quizás por culpa del cine. Por lo que fuera, me manché “accidentalmente” de mantequilla el pulgar izquierdo. Haciéndolo, recordaba el momento con la Nocilla y los chicos en la playa. Miré a Fernando directamente, con cara de normalidad, mientras lamía la mantequilla de mi dedo. El color rojo de su cara se acentuó. Y yo, digámoslo abiertamente, estaba cachonda. Por segunda vez desde que estoy casada sentí que tenía que contenerme para no echarme encima de un hombre. En este caso, de un chaval que, además, es amigo de mis hijas.

Terminé de hacerle la cena improvisada, y volví a dejar la mantequilla en el frigorífico. Tercera visión de mi culo con tanga. Para variar el programa, esta vez al acercarme me iba colocando el top, lo que hacía que se marcasen todavía más mis pezones.

Él estaba empezando a morder el bocata, pero lo que realmente se estaba comiendo (con los ojos) era a mí. Para rematarla, le ofrecí una servilleta de papel, que el aceptó, sin saber que nuevamente tendría que agacharme ante el. Esta vez me agaché durante menos tiempo, porque no hay excusa para tardar diez segundos en coger una servilleta. Pero como me había colocado el top, más abajo, esta vez por mi escote asomaban un poco las aureolas de mis pezones.

Me levanté, sabiendo que se quedaba con esa imagen, y le di las buenas noches.

Le di un beso cariñoso en la mejilla, arreglándomelas para que mis pezones duros, los mismos que había estado a punto de ver hacía dos segundos, rozasen su antebrazo. Podía notar su olor a excitación, pero también el mío, pues el tanga no es precisamente un gran aislante.

Me despedí y subí a mi cuarto.

Por supuesto, me masturbé. Esa noche le escuché ir al baño al menos dos veces.

Ese rato en la cocina con Fernando me descubrió habilidades que no había explorado antes.

Curiosamente, el “morbo doméstico” había resultado más sugerente que la “semana de chicas” con Laura.

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VERANO 2009 (6ª parte): vacaciones en familia, del 21 de agosto

milfLo ocurrido en la playa me provocó muchas sensaciones extrañas y nuevas. Los últimos días de las vacaciones en familia prometían ser mucho menos excitantes en cuanto a emociones de lo que había tenido hasta ese momento.

*Parque acuático

A mi hijo le encanta ir al parque acuático. No le llevamos mucho, porque hay que estar vigilante con él y es agotador, pero cuando sucede es toda una fiesta. Este verano se portó de maravilla, de manera que los últimos días de vacaciones familiares quería que fueran especiales. Por eso le prometí llevarle al parque acuático, y organizamos un pequeño día allí para toda la familia el viernes.

Para ese día en familia escogí el bikini blanco, que es de braguita brasileña por debajo, y es algo más tapado que el tanga, aunque por arriba es bastante exuberante con el corte de triángulos. A mi suegro, que vino con nosotros, le encantó la elección, a juzgar por las miradas de soslayo que me dedicaba cada cierto tiempo.

Entre todos los placeres acuáticos y atracciones del parque, la favorita de mi hijo es una que simula el descenso de un río de aguas bravas: una sucesión de tanques, unidos entre si por tubos descubiertos con aguas turbulentas, que se bajan de uno en otro sobre una colchoneta inflable, como si fueran los rápidos. Para él es el colmo de la aventura, a pesar de que debe usarla con supervisión de un adulto, porque bajar por los toboganes con el agua en cascada tiene un cierto peligro (la colchoneta se suele volcar en las paradas y la mayoría de los que la usan son mucho mayores).

Esa atracción me desagrada tanto como a él le gusta, porque en hora punta está muy llena de gente, y en cada tanque se forma un amontonamiento agobiante. Pero como es su favorita, me toca ejercer de madre estupenda y llevarlo río abajo, a pesar del sol de justicia y el calor agobiante de la sobremesa. Escogimos una colchoneta grande y con asas, para que yo pueda sujetarla. Yo, como la mayoría, bajo la atracción sin flotador, para poder sostener la de mi hijo cuando es necesario, pero a los niños les gusta tener su gran colchoneta.

Subimos una multitud de escaleras cargando con el flotador en forma de donut gigante, porque para poder descender por la atracción, lógicamente, hay que empezar muy arriba. En las escaleras, justo detrás de mi, subían tres chicos de unos 20 años cargando sus flotadores. Ya en las escaleras noté que se echaban miradas entre ellos comentando mi bikini, y soltaban algún soplido de aprobación a mi cuerpo. No decían nada entre ellos porque estaba Lucas delante, y eso me gustó: es evidente que a una mujer que lleva un bikini blanco como el mío le gusta que la miren. Yo lo llevo porque a mi me gusta. Pero ello no significa que los que me miran deban ser maleducados o molestar a mi hijo. Estos chicos me miraban, podía notar sus ojos resbalando por mis nalgas y muslos suavemente. Pero se mantenían en silencio, sin molestar. Y eso es especialmente morboso. No pude evitar recordar lo ocurrido en la playa el día anterior.

Llegamos al principio de la atracción y empezamos a bajar. Primer tobogán, primer contacto con el agua refrescante, y primer chapuzón al llegar al primer tanque, donde había ya un par de personas con sus flotadores, y apenas había espacio. Con tanta gente era algo agobiante y peligroso lanzarse, así que le expliqué a Lucas que íbamos a esperar siempre a que el siguiente tanque estuviera totalmente vacío para seguir lanzarnos por el tobogán de forma segura.

Como estábamos en el tanque esperando, provocamos algo de embotellamiento. Los chicos que habían subido mirándome el culo se lanzaron hacia nuestro tanque. El primero cayó con espacio libre. Pero al segundo se le enganchó la colchoneta en el bordillo del tobogán y se le volteó, viniendo a parar contra mí. Aunque no fue un choque fuerte, al ser piel con piel, yo en bikini y él en bañador, sintió pudor y me pidió disculpas. Yo sonreí levemente para aceptarlas, pues en esta atracción son normales los choques.

El siguiente tanque se vació y nos lanzamos hacia él. Al bajar por el tobogán sin flotador, se me metía la braguita entre las nalgas. Llegué al tanque y me la quité. Como el agua de los tanques apenas me daba por la mitad del muslo, los chicos desde el tanque de arriba me vieron sacándome de entre las nalgas la braguita, y uno de ellos silbó. Tardaron poco en bajar hasta nuestro tanque, y me di cuenta de que se les había ocurrido la estupenda idea de bajar con nosotros toda la atracción.

Un niño y cuatro adultos (los tres chicos y yo), con cuatro flotadores-donut en total, está al borde de la capacidad de esos tanques. Cuando el último chico llegó a nuestro tanque, estábamos realmente apretados. No mi hijo, que estaba sentado en su flotador, ya preparado en el tobogán, pero yo estaba apretujada contra el cuerpo de los chicos. Y esa era exactamente la intención de ellos. Notaba el roce de sus piernas con las mías, sus torsos húmedos rozando mis brazos. Empecé a sentirme un poco acosada, pero en seguida bajamos al tercer tanque.

Bajó mi hijo, yo detrás sin colchoneta, y en seguida bajaron los chicos. Ya apenas tardaban nada: venían justo detrás de mí. Otra vez mis nalgas quedaron al aire porque la presión había corrido la tela del bikini. Me lo coloqué, teniendo a los chicos justo detrás de mi espalda. Yo disimulaba, conversaba con Lucas fingiendo que no me enteraba de que los chicos estaban allí, comiéndome con la mirada y buscando el mayor roce posible. Ellos estaban nerviosos, apenas hablaban, pero reían mucho de chistes silenciosos que yo no escuchaba. Podía notar como intercambiaban miradas cómplices hacia mi cuerpo, y eso me provocaba sensaciones extrañas.

Un tanque más abajo, seguíamos apretados y ellos trataban de rozarse conmigo todo cuanto era posible sin parecer sospechoso. En un momento, cuando puse a Lucas en el tobogán preparado para bajar el siguiente tramo, noté un pequeño tirón en el nudo trasero de mi sujetador. Al momento me di cuenta de que alguno de los chicos había cogido sutilmente el cabo y bromeaba en silencio con los otros dos sobre el deseo que tenía de tirar de mi bikini y dejarme con los pechos al aire. Yo fingí no enterarme, y no fue a más.

En el siguiente tanque se repitió la situación, pero cuando bajamos hasta el último, la cosa cambió. El flotador de mi hijo se atascó un poco al final del tubo, que por algún motivo era más estrecho de lo normal: Yo lo desatasqué con mis pies y, al levantarme, el chico que venía bajando justo detrás de mí trató de frenar para no arrollarme. Se cayó de su flotador y vino de cabeza hacia donde yo estaba. Tropezamos y nos enredamos. Nos habíamos hecho un lío, y sus manos, casualmente, se “fueron” a mis nalgas. Me pidió perdón, pero no desperdició la ocasión al ponernos de pie de tocarme las nalgas un par de veces antes de desenredarse. Siguiendo su mirada me di cuenta de que, con el revuelco, tenía mi pezón izquierdo asomando fuera del bikini. Me lo coloqué, tranquilamente, y salí de la piscina, con Lucas de la mano.

Cuando volvía andando hacia donde estaba mi marido y mi suegro todavía me encontraba excitada. Era la segunda vez en dos días que alguien se excedía conmigo estando mi hijo presente, aunque en esta segunda ocasión ya no fueron sólo miradas y palabras, sino algo más físico. Debo confesar que en ambas sentí una excitación que no había sentido antes. Una turbación extraña, y la sensación de ser demasiado atrevida. Pero me gustaba.

Probablemente lo ha provocado mi nueva actitud.

Ya es oficial: soy una “madre sexy”.

*Post Data

Esta entrada del blog, y las siguientes sobre el Verano de 2009 tendrían que haber sido publicadas a finales de septiembre y principios de octubre.

A finales de septiembre tuve una experiencia que me hizo plantearme seriamente dejar aparcado el blog, a pesar de las ganas renovadas con las que volví tras el verano. En octubre sólo publiqué un Test que ya estaba programado hace dos meses.

 Ahora eso ya está superado, y aquí estoy para dar más guerra que nunca.

A pesar de que ahora estamos en noviembre, y resulta extraño hablar del verano, he querido colgar los textos atrasados igualmente, para todos los que me leéis.

Porque son importantes, y no quería que os los perdiéseis.

Un beso, Julia

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