Este tema también había salido en el Test:
“¿Y con qué edad chupaste por primera vez? -Año siguiente (17 años), al acabar el instituto, me dije que no podía despedirme sin hacérselo a un compañero por el que estaba coladita. No lo hice nada mal, y desde entonces es algo que hago particularmente bien.”
http://diariodeunaadultera.wordpress.com/2009/01/29/un-test-subido-de-tono
Al siguiente curso, con diecisiete, no podía despertar más envidias. Nuevo crecimiento de pecho, casi el definitivo. Nuevo ciclomotor, último modelo, de color verde ácido. Y mis fotos en algunas marquesinas, autobuses, anuncios en los periódicos locales y cuatro escaparates de la ciudad. Mis fotos también estaban en las carpetas de varios de mis compañeros. Además de ser rubia, tetuda y gilipollas, ahora era modelo. Las únicas chicas que me hablaban era aquellas que tampoco tenían complejos con su cuerpo, es decir Ana, una gran amiga que era muy hippie, y dos amigas más, Noelia y Laura, que eran las otras dos chicas populares del último curso.
Entendí entonces porqué las mujeres atractivas se amigan entre ellas: lo hacen por necesidad. Ellas eran morenas, así que seguí siendo “la rubia de las tetas”. Noelia era delgada y no muy tetuda, pero era alta y tenía una cara preciosa, así que no me envidiaba. Laura era más bajita, y casi tan dotada de pecho como yo, así que estábamos en familia. Ana era hippie, y aunque no era fea, tampoco era guapa, y no le importaba que la conocieran por ser mi amiga. Acabé la enseñanza secundaria siendo realmente famosa. Y me encantaba.
Había un chico que me gustaba mucho, pero nunca se había animado a nada conmigo. Se llamaba Esteban y era uno de los chicos estudiosos del curso, rubio de ojos azules y cara un poco aniñada. Me encantaba, pero no se daba la situación para estrechar contacto con él, porque pertenecíamos a grupos totalmente diferentes: él con sus amigos y yo con las tres chicas que me hablaban. Hay que decir que no tenía demasiada experiencia con chicos, aparte de un par de líos y de Manu, el amigo de mi hermana, y jamás había tocado siquiera a un compañero del colegio. Pero en mi clase se daba por hecho que yo debía ser una Súper Zorra y andar con cientos de chicos, porque estaba buena y eso es lo que se supone que hacen las tías buenas.
Teníamos un profesor muy moderno y didáctico, Jaime, que enseñaba Literatura. Me encantaba la clase, y él la daba muy bien. Se le ocurrió ponernos un trabajo para hacer por parejas, sobre la Generación del 27. En aquella época del C.O.U., hacer trabajos en grupo era algo poco habitual, al menos en mi colegio privado no era para nada normal. Pero a este profesor le gustaba “desmelenarse” y estar en la vanguardia. Como no nos poníamos de acuerdo en cómo hacer los grupos, Jaime decidió hacerlos de manera aleatoria: por orden alfabético. Y tuve la suerte de que me tocó con Esteban, que tenía el mismo primer apellido que yo (y supongo que lo seguirá teniendo actualmente).
En medio del pudor de no conocernos prácticamente de nada, que era común a ambos, decidimos quedar dos veces para hacer el trabajo: la primera en casa de Esteban y la segunda en mi casa. Decidí que tenía que aprovechar la ocasión para liarme con aquel chico. Para ir a su casa, me preparé bastante, con una minifalda cortita, camisa blanca ceñida y calcetines por la rodilla. Antes de salir de casa pensé que era demasiado evidente, así que me borré el maquillaje y me recogí el pelo en una cola. Como arme secreta, puse algunas de mis fotos más sugerentes en mi carpeta del instituto: fotos en la playa, de las vacaciones, en bikini, en ropa de salir y, sobre todo, las mejores fotos de la sesión en bikini que me habían hecho para la tienda de ropa.
Fue una tarde de tensión y trabajo. Estábamos en su cuarto. Yo me senté en su cama, y es evidente que eso le provocaba imaginaciones y calores. No dejaba de mirarme las piernas y el escote, pero desde luego no tenía pinta de ir a tirarse encima de mí. Sobre todo porque estaba su hermano mayor en casa, estudiando, y supongo que le daba corte. En un momento dado, me fui al baño, pero teniendo cuidado de dejar mi carpeta de clase encima de su cama, abierta justamente por el apartado donde guardaba mis fotos preseleccionadas. Al volver, me pareció evidente que las había estado mirando, pero no comentó nada, aunque me parecía ver en sus ojos un brillo diferente, y notarle más nervioso que antes. A pesar de todo, esa tarde trabajamos. De hecho, adelantamos prácticamente todo el trabajo ese día. Y a pesar de que no era necesario quedar un segundo día, ninguno de los dos hizo ningún comentario al respecto: ambos queríamos volver a vernos.
Esa segunda tarde fue en mi casa. Traté de quedarme sola, porque, para mí, esa tarde era “ahora o nunca”. No fue difícil. Mi hermana mayor no vivía en casa durante el curso universitario, mis padres trabajaban, y mi hermana pequeña estaba toda la tarde en clase de ballet, pero tuve que sobornar a mi hermano de forma indirecta: le había prometido regalarle por su cumpleaños un videojuego para su consola Nintendo, pero me sacrifiqué, cogí mis ahorros (tenía todavía algo de lo ganado con las fotos que me había sobrado del ciclomotor) y le dije que serían dos juegos. Le di el dinero y, como en aquella época, sólo se podían encontrar videojuegos en unos conocidos grandes almacenes, me aseguré con esa jugada que estaría fuera con sus amigos toda la tarde.
Al llegar Esteban a casa, yo estaba sola. Le abrí la puerta en zapatillas, con unos pantalones de algodón muy cortitos y una camiseta de tiras que dejaba ver el sujetador. Pasamos a mi cuarto, donde le tuve que pedir disculpas porque no había recogido un par de braguitas que estaban encima de mi cama (las había puesto yo misma allí, cinco minutos antes). Además, puse a la vista varias fotos mías en bikini, que normalmente no estaban tan visibles. Mientras mi compañero iba repasando, sentado en mi cama, que el trabajo estuviese bien, yo estaba tumbada bocabajo en el colchón, muy cerquita de él, meneando coquetamente mis pies descalzos en el aire. Esto le iba poniendo cada vez más nervioso. Se daba cuenta de que el trabajo estaba prácticamente terminado, que no necesitábamos una hora entera para rematarlo. Aunque la situación me resultaba morbosa y excitante, no tenía con 17 años la paciencia y capacidad de disfrute que tendría hoy en día. Digamos que me impacienté un poco, y pensé en cómo atacar.
-¿Te gusta mi cuarto? – pregunté, aparentemente despreocupada.
-Pues… sí, está muy bien – respondió, apurado, porque apenas habíamos hablado en la tarde en su casa de nada que no fuera relativo a García Lorca y la Generación del 27.
-No hombre… me refiero a si estás cómodo conmigo – dije, con más malicia.
Esteban no sabía como interpretar aquella pregunta. Dudaba entre qué responder, así que le orienté un poco. Era la primera vez que manipulaba una conversación para dirigirla hacia el erotismo, y resultó increíblemente fácil:
-Es que ya sabes… como tengo mala fama en clase, me llaman puta y cosas así, por las fotos en bikini y todo eso… ya sabes… a lo mejor estabas nervioso por si te voy a atacar o algo – le dije, con mucha normalidad, terminando la frase con una risa desenfadada.
-No mujer… Yo te veo normal – el chico empezaba a no saber dónde meterse. Parecía estar deseando que mi fama fuera cierta, y que me echase en sus brazos, pero era tímido, muy buen chico y no sabía cómo decírmelo. Así que le ayudé:
-Hombre, no me como a nadie… – mirada sostenida al chico, que estaba rojo como un tomate maduro – ¿O es que tú quieres que lo haga?
-Joder… no sé… – el chico estaba atrapado tras mi frase de película barata.
-A mi me apetece… ¿a ti te apetece? – diálogo de besugo, pero fue lo mejor que se me ocurrió. – Total… el trabajo de Literatura ya lo hemos terminado. Ahora podemos pasarlo bien un rato.
Hoy en día, soy consciente de que aquellas frases mías eran más propias de un mal burdel que de una seducción entre adolescentes. Pero la situación, desesperada, y mi inexperiencia, no me dejaban muchas posibilidades.
En vez de partirse de la risa con mi ridiculez, Esteban estaba visiblemente excitado, aunque los nervios le traicionaban, parecía haber decidido probar aquella situación, a ver qué sacaba de ella. Así que me acerqué, y me eché sobre él. Recuerdo vagamente todo lo que vino luego, con muy poca claridad. Creo que cuando una todavía está bajo el influjo de las hormonas de la adolescencia pierde capacidad de memoria. Nos enrollamos, eso sí lo recuerdo. Él era mucho más tímido que yo, así que en el fondo debió pensar que mi fama de pendón y chica-súper-experta debía ser cierta.
Como era habitual, Esteban se centraba en mis pechos. En aquella época, por lo que me contaban mis amigas, la mayoría de las chicas se dejaban tocar el pecho, pero sólo sobre la ropa, y sólo por sus novios. Tener la posibilidad de tocarme las tetas en directo, primero en mi sujetador, y luego directamente sobre mi piel, debió hacerle sentirse muy afortunado. Le pregunté si alguna vez le habían hecho una paja (yo ya sabía hacerlas, más o menos, y quería presumir), y me dijo que una vez, una amiga del pueblo, en verano. Así que le pregunté si se la habían chupado.
-Nooooooo, que va!! – me dijo, como si el sexo oral fuera algo mitológico.
Lo era. Hoy en día, parece que todo el mundo está muy avanzado. Pero sólo hace diez o quince años, el sexo oral en muchas provincias de España era un misterio: si alguien lo practicaba, desde luego era legendario. Y en dos chicos de 17 años era un sueño imposible, por supuesto. Pero aquel día yo tenía ganas de probarlo.
Me había documentado con una película porno que se había grabado Ana, porque sus padres eran de los primeros que tenían Canal Plus: un canal de pago que, en aquella época, era la única forma de ver pornografía en España en la televisión. Todo el mundo sabía que el “porno del Plus” se echaba los viernes por la noche. Aunque poca gente lo tenía, los chicos alardeaban de haber estado viéndolo y, de hecho, al parecer muchos adolescentes (y no tanto) miraban las películas sin decodificar, lo cual era todo un ejercicio visual. El caso es que Ana había grabado una película porno en una cinta VHS que ponía “Los problemas crecen” (era su serie favorita). Nos la habíamos visto varias veces. No nos excitaba, pero nos hacía gracia. Excepto el sexo oral: a mí, desde el principio, me dio morbo la idea de meterme una polla en la boca. Y más aún desde que se la había tocado a Manu.
Me acerqué a Esteban y le bajé los pantalones. Y luego los calzoncillos. Lo hice de una forma bastante rutinaria, desapasionada, pero ninguno de los dos estaba para sutilezas. No sé quien estaba más asustado, pero yo al menos sabía que una no se queda embarazada con el sexo oral (mito bastante extendido entre mis compañeras de clase). Fue la primera vez que vi una polla en persona, porque las “señoritas” hacíamos las pajas por dentro del pantalón (hay que ver que tonterías…). Me gustó lo que vi. No era tan grande como la del actor porno de la película de Ana, pero era más atractiva, lisa, y muy cálida.
Me la metí en la boca. Muy despacio. Y apliqué el sistema “caramelo de barra”: lamer suave, mientras la metía y sacaba de mi boca. Todo muy despacio. Esteban ponía los ojos en blanco, y repetía “Ay Dios” como si fuera la persona más religiosa del mundo. Yo estaba encantada, me gustaba notar la piel suave y el sabor un poco acre de la polla. Ni siquiera el olor me chocó. No paraba de lamer y chupar. Abrí la boca bastante, dejando la punta encima de mi lengua, y empecé a lamerle la punta de forma más activa. Fue ahí cuando se corrió, mientras resoplaba como si se hubiese quemado un dedo. Una cantidad respetable de semen salió disparada hacia mi boca y mi lengua. No me aparté, no tuve ese instinto (y quizás por ello sigue agradándome recibir el orgasmo en mi boca). Fue así, cortísimo. Pero muy morboso.
Ni que decir tiene que Esteban me pidió para salir. Estuvimos juntos una temporada. Él estaba encantado con mis mamadas, y aprendió a devolverme el favor. En los últimos meses de curso, existía la leyenda de que “Julia se la chupa a Esteban”. Pero esteban era un caballero, y callaba. El que calla, otorga. Sobre todo con la sonrisa de oreja a oreja que llevaba el chico todo el día.
ad.ultera@ymail.com
“Ay Dios” (Esteban dix it).
No hay otra manera de dejar un comentario donde no sea citando las palabras del buen Esteban. Me pongo de pie —y no sólo yo, te lo aseguro— ante la magnanimidad de este post.
¿Te acuerdas del altar? Cada vez tiene más elementos.
Más y más postales para la buena memoria.
T.
Creo que todos en el instituto hemos tenido compañeras como tu. Diosas que parecian inalcanzables y centro de atencion de muchos de nuestros juegos en solitario. Apuesto a que fuiste motivo de muchas “autosatisfacciones” de tus compañeros de instituto. Es mas, apuesto a que lo sigues siendo. Al menos para mi lo serias.
Un beso
Trota: si estás realmente dispuesto a pagar el altar, te puedo pasar el teléfono de mi decorador favorito… (es broma)
Txema: creo que sería un epitafio ideal para mi:
“Musa de muchas autosatisfacciones de instituto”.
Te recuerdo, por si no lo recuerdas, que soy profesora de adolescentes.
Digamos que el hecho de que se alivien pensando en ti lo das por hecho de sobra.
muy buena me gusto mucho